|
La
viudez en esta etapa de la vida
La muerte del cónyuge tiene
características particulares por el proceso de duelo en el adulto mayor y por el
impacto en las otras generaciones que conviven con el sobreviviente.
En este artículo nos
acercaremos a algunos aspectos elementales de la viudez y los cuidados a tomar
en torno a este natural, aunque impactante suceso.
¿Qué es el duelo?
Cuando los facultativos de la
salud mental nos hablan de “proceso de duelo”, se refieren a aquel estado
emocional, de pensamientos y de actividades en torno a una pérdida dolorosa por
ser ésta la desaparición de algo querido. Se trata, entonces, de una situación
concreta en si, y de la sintomatología en particular relacionada con esta
reacción.
El duelo se configura en
torno a un trauma de modo semejante al sufrido por una quebradura o herida
dolorosa. Como en las lesiones del cuerpo, las del alma también requieren tiempo
y cuidados para sanar. Transcurrido el proceso de recuperación, retorna al
interior el equilibrio normal, asumiendo la desaparición pero ya sobrepuestos al
impacto, como quien camina con una pierna que sufrió una fractura ya sanada.
El proceso del duelo
Podemos decir que el proceso
de duelo se inicia apenas enterada la persona de la desaparición de ese ser
querido. No importa cuán anticipada sea una muerte, la desaparición es lo que
afecta: que ese ser ya no esté allí.
La duración de este proceso
es variable según la persona. No existe un estándar que denote “normalidad”.
Como es lógico, dependerá de los recuerdos (internos y externos) vinculados a
quien desapareció, así como influye el nivel de impacto de la noticia y la
personalidad del deudo. Es absurdo pretender juzgar la sanidad de un duelo por
el grado de expresión emocional, si bien la negación (o sobredimensión) del
dolor de la pérdida sí denota una anormalidad preocupante. Otros factores que
debemos tomar en cuenta son las características de la persona desaparecida
(edad, sexo, rol, personalidad, etc.) y las características sociales en que
queda situado el deudo.
Siguiendo la línea de los
especialistas, podemos diferenciar cuatro etapas en el proceso de duelo.
La primera – “de impacto,
shock o perplejidad” – se produce apenas enterados la noticia de la pérdida.
Variando según las circunstancias arriba señaladas, la duración de esta etapa
puede variar entre minutos o días, e incluso hasta el medio año posterior a la
desaparición del ser querido. Es una lucha entre la aceptación de la noticia y
nuestra defensa ante el dolor. A diferencia del mismo proceso en edades menores,
en la tercera edad nos enfrentamos con una situación que no logramos comprender
y que, a un mismo tiempo, capta por entero nuestra atención. El consuelo es mal
recibido, tratándose de un proceso que debe operar en el deudo mismo.
La mejor actitud de quienes
le rodean es de una atención cautelosa: no obligarle a actividades que él
rechaza pero tampoco abandonarle al reposo absoluto.
Si pudiésemos entrar en la
mente del deudo, apreciaríamos una colosal lucha interna. Sufre pena y dolor,
pasa por momentos de incredulidad y de confusión. Su apetito se altera ya por
exceso o normalmente por defecto. Puede incluso experimentar náuseas e insomnio.
Cuando la desaparición ya fue
aceptada ingresa la segunda etapa, “de rabia y culpa”. El deudo experimenta una
angustia inconsolable, junto a manifiestos desórdenes emocionales. El
sobreviviente ha comenzado un proceso de búsqueda de quien desapareció. Y
expresa sentimientos por éste.
De modo progresivo ingresará
a la tercera etapa, que puede durar hasta dos años, conocida como “de
desorganización del mundo, desesperación y retraimiento”. Es la etapa donde el
dolor se prolonga y ocasiona consecuencias secundarias. El llanto y el pesar se
intensifican, mezclados con sentimientos de rabia y resentimiento. A causa de
esto, se desintegra del mundo, impidiendo su integración con el entorno, cuando
no incluso de formas no meditadas.
Durante esta etapa no es raro
que sueñe con el difunto, se aísle de su comunidad, gima o suspire
constantemente, y pase por períodos de hiper o hipo actividad, recorriendo
además los lugares vinculados al fallecido. Somatiza con vacíos de estómago y
pequeños tirones en la garganta o tórax. Se vuelve hipersensible a los ruidos,
se ausentan esporádicamente algunos rasgos de personalidad y padece ahogos y
boca seca.
Quienes conviven con el
anciano notarán sus sentimientos de preocupación, de una presencia del
desaparecido mezcladas a veces con alucinaciones visuales, táctiles o auditivas.
Para ser útiles al proceso, no debemos impulsar un cambio brusco de conducta o
la represión de su pesar. La experiencia de dolor y tristeza son parte del duelo
hasta que es capaz de enfrentarlos.
Finalmente, llega la cuarta
etapa, conocida como “de reestructuración del mundo, reorganización y sanación”.
Este proceso puede tomar dos o tres años. Ingresamos a un mundo de tomas de
conciencia y aceptaciones. El objeto de vacío se vuelve una ausencia presente.
Reaparece el equilibrio interior y los sentidos del existir. Junto con la
recuperación de la paz, vuelve a sentir los afectos cálidos de quienes le
rodean.
La elaboración del duelo
El duelo ha sido elaborado
cuando apreciamos la aceptación de la pérdida y el recuerdo del ser desaparecido
no provoca sentimientos de dolor. Es posible hablar abiertamente de la pena que
nos produce esa falta y reconocerla como algo natural es un buen auxilio
psicológico para la elaboración.
Las tareas que cumplimos para
llegar a concluir el proceso involucran la aceptación de la pérdida, el
posterior dolor y sufrimiento emocional y el ajuste de la vida integrándose a la
nueva realidad hasta volver a vivir la satisfacción y estabilidad. El deudo
finalmente retirará por si mismo la energía emocional del fallecido,
multiplicándola en otras relaciones con sentido, pudiendo amar otra vez, pero en
sentido más general.
En un artículo posterior,
trataremos las explicaciones del duelo y sus patologías. Pero antes,
trabajaremos la continuación puntual del proceso de duelo en la tercera edad.
Regresar a portada
»
|