Antes que nada, es importante recordar que
no debemos tomar nunca asiento en la mesa
antes que lo hayan hecho los padres, o
cualquier persona de mayor respetabilidad
por edad o rango.
La regla anterior no tiene aplicación en
los hoteles y restaurantes, donde cada cual toma asiento
en la mesa desde el momento en que llega.
Mas cuando, mediante una invitación
especial, vayamos a comer a ellos en
compañía de amigos, debe observarse esta
regla y todas las relativas a los
banquetes, con las modificaciones que sean
propias del carácter más o menos serio de
la reunión, teniendo presente que entonces
la persona que ha convidado debe proceder
y ser considerada como si estuviese en su
propia casa.
Hemos de situarnos a una distancia
conveniente de la mesa, de manera que no
estemos ni muy próximos ni muy separados,
y daremos a nuestro cuerpo una actitud en
que aparezcan combinadas la naturalidad y
la elegancia, sin inclinarse hacia
adelante más de lo que sea absolutamente
indispensable para comer con comodidad y
aseo.
No se debe apoyar nunca en la mesa todo el
antebrazo, y en ningún caso los codos.
Algunos manuales de urbanidad permiten
esta última actitud en casos de mayor
relajamiento, pero es bueno acostumbrarse
a no caer en ella, particularmente en
ocasiones formales.
Es un acto de poca cultura, que da al
cuerpo un aire tosco y poco elegante el
dejar caer sobre las piernas una mano,
ocultándola así de la vista de los demás,
en tanto que se está haciendo uso de la
otra para comer o beber.
No nos reclinemos en el respaldo de
nuestro asiento, ni nos apoyemos en el de
los asientos de las personas que tengamos
a nuestro lado, ni toquemos a estas sus
brazos con los nuestros, ni estiremos las
piernas, ni ejecutemos, en fin, otros
movimientos que aquellos que sean
naturales y absolutamente imprescindibles.
El acto de levantar los codos al dividir
con el cuchillo la comida que se tiene en
el plato, o al tomarla con el tenedor para
llevarla a la boca, es singularmente
característico de las personas mal
educadas.
Jamás nos pongamos de pie, ni extendamos
el brazo por delante de una persona o
hacia las que se encuentran en el lado
opuesto, con el objeto de alcanzar algo
que esté distante de nosotros, o de tomar
o pasar un plato o cualquier otra cosa.
Valgámonos en todos los casos de los
sirvientes o de las personas que se
encuentran a nuestro lado, cuando éstas
tengan muy a la mano aquello que
necesitamos.
Para levantarnos, finalmente, de la mesa,
esperaremos a que se ponga de pie la
persona que la preside; a menos que por
algún accidente tengamos que retirarnos
antes, lo cual no haremos, sin embargo,
sin manifestar a los demás que la
necesidad nos obliga a ello. En los
hoteles y restaurantes, con excepción de los casos en que
nos encontremos en reuniones de
invitación, podemos levantarnos siempre
libremente, sin esperar a que otros lo
hagan primero, y sin excusarnos con nadie
cuando tengamos que hacerlo durante la
comida.