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Voz de los sin voz, presentamos la tradición a la modernidad

Cómo cautivar a su público

No importa cuán preparados estemos, el temor a hablar en público es común a todos. Hablar a un grupo de extraños, tomar la palabra en un grupo numeroso o exponer a una audiencia un proyecto o idea suele ser una situación angustiante que paraliza nuestra vida social o incluso, como temor, nos impide concretar metas e ideales.

En respuesta a esta inquietud general y siguiendo las sugerencias recibidas, abriremos una sección destinada a ser, en alguna forma, una Escuela de Retórica moderna.

Antes de dar comienzo a nuestra columna, remarcaremos un concepto central: que a hablar se aprende y, como arte y ciencia, es posible aprenderlo y transmitir las técnicas necesarias, sus reglas y conceptos de perfección. Luego, en labios de cada uno, estará el resto del trabajo. 

Primer concepto: El afecto en el discurso 

Como discurso entenderemos no sólo a las palabras que emitimos con los labios. También forma parte de nuestro discurso las ideas, prejuicios, forma de expresión, lenguaje no verbal y los propósitos que queremos conseguir. 

El grupo al que se enfrentará no se compone de objeto. Son personas que sienten, viven, respiran y reaccionan. Por lo tanto, son impresionables desde muchos puntos de vista. Y cada uno de estos factores influirá en cómo responden a su discurso. 

Los auditorios son mucho más receptivos cuando la actitud del orador es cálida, alegre y amistosa. Una sonrisa, la amenidad en el tono de voz, el cuerpo mostrándose abierto y cercano, invita a recibirle con las misma disposición. El público se volverá cercano, cálido y alegre. 

La mejor introducción a un discurso, no importa que tan formal o técnico sea su escenario. Es una sonrisa… que será devuelta con otra, por la simpatía del público y con ella su buena voluntad para con el orador. 

Segundo concepto: Tensión y des-tensión 

Tensionar y des-tensionar forman parte del ritmo de nuestro discurso. No podemos, por tanto, mantener uniforme el grado de tensión. A veces es útil crear suspenso o captar el interés llevando a los auditores hacia un punto sorprendente o insospechado de lo que narramos. Otras, sin embargo, es importante destensar a los oyentes, especialmente cuando lo arduo del tema exija algún respiro. Sin embargo, no debe caerse en la tentación de provocar fuertes choques de temperaturas oratorias. Por ejemplo, pasar de un tema emocionalmente dramático y girar haciendo reír, por muy distinto que sea el tema de la humorada. 

Otra forma de tensión es la del mismo orador, ya sea en momentos previos al discurso o durante alguna dificultad encontrada durante el desarrollo de nuestra exposición. 

Así como con una sonrisa de entrada, el sudor frío y la tensión son una forma de presentarnos y preparar al público. Paulatinamente los oyentes pasarán de sentir lástima por usted a la desidia. 

Por eso es importante procurar el control de sí mismo. Si se encuentra dominado por la tensión, respire profundo, seguido, mientras exhala muy lentamente. Eso calmará sus nervios y alcanzará el aplomo que requiere ese momento. 

Otro buen recurso consiste en imaginarse a otra persona en nuestro lugar. Imaginarnos, por ejemplo, que actuamos un papel. Idealmente, asumiremos la idea de un papel o personaje que admiremos y que nos gustaría alcanzar en estilo. Pensarnos de otra manera, en otro contexto, reducirá nuestra ansiedad y nos dará aplomo y control. 

Cuarto concepto: Control y seguridad 

Si decíamos que un orador desarmado por su tensión, causa lástima y desinterés en los auditores, es aplicable la regla en su sentido opuesto: mientras más seguridad y aplomo demostremos, mayor será el interés y respeto que causemos al público. 

El orador - no importa cuán íntimos deseemos ser de quienes nos escuchan – es una figura de autoridad. Permanecer sentados o escondidos tras un podio, o temerosos de los oyentes, renuncia a su papel y deja de ser oído. 

Al tomar la palabra debemos hacer uso de ella, sin escondernos tras objetos ni tras una apariencia de temor a los demás. Sea directo, actúe de frente. Proyecte confianza en usted y en el público que le escuchará. 

Quinto concepto: Pensar antes de hablar 

Para lograr que su discurso sea claro y efectivo, debemos pensar y planificar muy bien lo que habremos de decir y cómo lo diremos.  

Cuando pensamos con claridad armamos nuestro discurso de una manera efectiva, que podremos controlar aún frente a las peores eventualidades. 

No importa cuan sólidos sean nuestros argumentos, ni el derroche de personalidad que despleguemos frente al auditorio: irnos por las ramas, abundar en razonamientos o brindar demasiada información pueden ser la clave de nuestro fracaso oratorio. 

Para enfrentar con éxito a un auditorio el mejor esquema consiste en preparar un presentación persuasiva, donde declaramos abiertamente el motivo de nuestra exposición, luego un desarrollo conciso y bien argumentado, y tras esa solidez, un cierre optimista, que deje buen sabor en el auditorio.
En términos de la retórica clásica: anuncio del propósito, explicación y resumir lo dicho.

 Sexto concepto: Simplicidad es efectividad

 Piense de forma efectiva: ¿qué resumiría la prensa o cualquier oyente de lo que a usted le oyó exponer? Para equilibrar su discurso asuma el menor nivel posible y la mayor distracción. Si logra exponer de manera tal que la persona menos preparada del auditorio pueda repetir correctamente lo esencial de su exposición, puede considerarla un éxito más allá de los aplausos que recoja.

 Para ajustar el lente de su discurso, recuerde que el público le oye y debe retener sus ideas sin toma nota de las palabras.

 Antes dimos la estructura retórica del discurso. Ahora recomendamos apenas tres o quizás cuatro puntos. Precisamente porque se apoyará en éstas pocas columnas, elija las mejores, las más convincentes y propóngalas de forma rotunda y bien ilustradas. Este ejercicio le ayudará, además, a despejar sus ideas y a descargar con mayor energía sus ideas, tornándolas fáciles de comprender y necesarias para explicar la conclusión que adelantó al presentarse.

 Preocúpese, por tanto, que los argumentos estén emparentados entre sí y que todos conduzcan a la misma conclusión. No basta con recortar: hay que apuntar y ajustar hasta que el discurso sea perfecto.

 Del mismo modo, pula su lenguaje eliminando todos los tecnicismos, modismo y palabras vulgares. Lejos de causar buen impacto, los tecnicismos y extranjerismos, así como vulgaridades o muletillas, causan sensación de desprolijidad y no cooperan con que seamos comprendidos si las personas no entienden lo que deseamos transmitir o les causa rechazo alguna expresión.

Séptimo concepto: humanizar el discurso 

La naturalidad, calidez y espontaneidad requieren mucha preparación ensayo y corrección. Pocas actitudes pueden ser más dañinas en un discurso que la naturalidad sin censura.  

Cuidaremos de este punto tomando nuestro discurso y grabaremos los principales puntos, analizando luego el largo de cada punto y los errores cometidos en cada uno de ellos. 

Una buena medida para tener en cuenta es no considerar más de 100 palabras por minuto después de haber eliminado muletillas y expresiones como “ehhh”, “este…”, “emmm…” y luego toda repetición innecesaria. Traspase, a continuación, todo lo “oido” al papel y vuelva otra vez a repetirlo frente a la grabadora, una y otra vez, hasta que “suene” espontáneo. Procure eliminar toda dicción que tenga sabor a literatura, que se parezca al lenguaje escrito, ya que sonará artificial, duro y fuera de contexto.

Cuando “se oiga” como una explicación coloquial, a la forma en que se la explicaría a un amigo o a alguien nada experto en el tema, su discurso sonará suelto y distendido. En ese momento tome una vez más lápiz y papel y condense el discurso, reduciendo aún más su explicación y tornándola progresivamente más sencilla, directa, persuasiva y despretendida. 

Al momento de exponer, evite empuñar un fajo de papeles donde lleve impreso el discurso. Eso asustará y desalentará al público. A cambio, tome tarjetas pequeñas, capaces de estar ocultas en un bolsillo de su traje, donde haya condensado su exposición en titulares simples, rotundos, escritos con letra de molde mayúscula y suficientemente espaciados como para permitir una lectura sin tropiezos. 

Octavo concepto: Deje que el discurso se proyecte a través de usted 

El discurso, ya lo hemos dicho antes, no consiste sólo en el repertorio lingüístico del que usted hace gala. Forman parte de su discurso todas las señales de la comunicación no verbal que enunciamos. Sin embargo, esto no significa que todo juegue en su contra: usted puede – y debe – valerse de todos estos signos para hacer más efectivo su mensaje.  

El modo de vestir, su aroma, su dominio de la escena, su postura corporal y, por sobre todo, el tono de su voz, serán los mejores aliados del conferencista. O sus peores enemigos. 

Un orador hábil hace uso de toda la variedad de matices de la voz y de los silencios. Hace uso de todo el potencial de su voz, dejándose oír por l último de los oyentes sin necesidad de apoyarse en aparatos electrónicos, procurando no sonar agresivo o descontrolado. Que posteriormente se valga de la tecnología le hará moderar la intensidad, pero no el potencial, que debe sonar poderoso y convencido de lo que expone. Para eso debe comenzar por corregir su modulación. 

La voz clara, bien temperada, remece íntimamente a sus oyentes, disponiéndolos a oírle con respeto e interés. Cuando cautiva a su público, le enamora de su discurso. Así puede coquetear con él, seducirlo. Puede servirse de un tono enérgico para asegurar un punto, un leve susurro para confiar un secreto, un silencio dramático para causar expectación de lo que dirá o simplemente, un ritmo rápido para sugerir urgencia o la emoción calma de quien desarrolla una conclusión rotunda. 

Noveno concepto: el discurso debe ser envolvente 

Si acaso con la voz ha logrado alcanzar a cada uno de los auditores, con la mirada corresponderá a la otra mitad de su envoltorio psicológico. 

Imagine que sus ojos proyectan haces de luz, de manera tal que con ellos logra usted bañar a su público, iluminándolo en la medida que va paseando sobre ellos su mirada. 

A unos les dirige la atención, llenándolos de luz y atención de manera tal que los demás quedan expectantes de recibir la misma participación de su presencia dominante. Así, irá tocando a cada oyente, intimando con él, haciéndole partícipe de su atención, tornando personal su exposición. 

Cuando acabe su exposición, cada oyente habrá sentido que el mensaje que usted traía era un mensaje personal para él. Se sentirá identificado con su postura, la comparta o no. Si sigue este consejo, comprenderá el funesto error de excluir con la mirada a zonas del público que habitualmente no miramos al tomar la palabra. 

Finalmente, es interesante destacar que al tiempo asignado para su exposición debería recortar al menos un cuarto de éste para ajustar su discurso. Es decir, que si cuenta con una hora de exposición - tiempo máximo para ser escuchado con atención por cualquier público – calcule su exposición para 45 minutos. De esta manera contará con un margen de libertad para hablar y para variar su discurso espontáneamente. 

Después de ensayar mucho, cuidar cada detalle, practicar los énfasis y el discurso, sólo queda grabar – en un lugar discreto pero siempre a la vista – el viejo aforismo retórico latino: “Præstate, dísete et tacete”. “Ponte de pie, habla y calla”

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