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Psicología de los gestos

Entendido casi como lenguaje absoluto, el verbal es apenas un 10-15% de todo lo que comunicamos. Es decir, que las palabras formalmente dichas no expresan todo lo que decimos. Existe, además, el tono de voz, el ritmo, la actitud corporal, el vestir o el medio que empleamos para comunicarla, por dar sólo algunos ejemplos de lenguaje son verbales.

Si bien la mayoría de las personas logran descifrar y traducir estos gestos de los demás, la ciencia psicológica ha consagrado numerosos estudios al respecto.

Lejos de caer en banalidades o formulas frívolas propias de revistas del corazón, sí es posible reseñar brevemente algunas de las interpretaciones clásicas de la psicología gestual. De esta manera estaremos más concientes de todo cuanto decimos adicionalmente a nuestras palabras o bien aquello que probablemente también nos dice el prójimo. Repetimos, sin embargo, que se trata de un campo inexpresablemente complejo, de manera tal que la primera preocupación nuestra deberá ser no caer en simplismos infantiles a la hora de traducir gestos.

Las señales del cuerpo

Repasemos brevemente aquellas principales señales no verbales susceptibles de una traducción psicológica.

Diremos, entonces que acariciarse la quijada suele interpretarse como que la persona internaliza un proceso de toma de decisiones, lo mismo que si lleva las manos a sus mejillas. Inclinar la cabeza, en la misma línea, nos demuestra interés en lo que decimos.

Otros gestos, como entrelazar los dedos, denotan que se quiere expresar autoridad. Si vemos que la persona se sienta con las manos agarrándose la cabeza por detrás entenderemos que se muestra segura de sí misma y con sentimiento de superioridad. Gestos como frotarse las manos, mover rítmicamente los pies o golpear ligeramente con los dedos revelan impaciencia. Si observamos que en lugar de moverlos así, ha juntado los tobillos, entenderemos que siente aprensión. Una aprensión distinta a la que nos transmitiría verle con las manos agarradas tras la espalda. No costaría gran esfuerzo traducirlo como que siente furia, ira, frustración y aprensión. El cambio a verle de brazos cruzados sobre el pecho nos dirá, entonces, que probablemente se muestra en actitud defensiva.

Y del mismo modo, dar leves tirones o acariciarse las orejas al oído expresa un sentimiento de inseguridad en quien lo demuestra tanto como jugar con su cabello, que revela su falta de confianza en sí mismo. A su vez, el detalle común de comerse las uñas es interpretable como inseguridad o nervios. Las piernas cruzadas indolentemente, balanceándose ligeramente, nos dirán que se encuentra aburrida.

La desconfianza no es menos expresable. Quien mira hacia abajo nos dice que no cree en lo que escucha, así como apretarse la nariz se relaciona con una evaluación negativa de lo que se habla. Estos gestos inconscientes también operan sobre la zona de los ojos: frotarse o acariciarse un ojo refleja dudas. En la misma zona del rostro, tocarse ligeramente la nariz nos señala que la persona está dispuesta a mentir o sospecha que lo hacemos, duda o rechaza algo de nuestro discurso. Las manos en los bolsillos, caminando o en reposo, así como los hombros encorvados, nos hablarán, por su parte, de abatimiento en la persona.

En cambio, si quien se expresa muestra las palmas de las manos abiertas nos transmite sentimientos de sinceridad, franqueza e inocencia. Una actitud semejante a ver a una persona caminar erguida, que nos habla de su confianza y seguridad en sí misma del mismo modo que si llevase sus manos apoyándolas en las caderas, que nos sugeriría su buena predisposición para hacer algo.

Comprender para mejorar

Una mirada limpia, franca, serena, es el mejor aval de nuestro propio valer. Transmiten una sensación de estabilidad emocional, de seguridad, amistad, madurez y sinceridad. Esa misma mirada que sugiere tan nobles emociones también puede descubrir nuestro pesar, desconfianza, inquietud o tensión. Los ojos son un canal de comunicación invaluable, del que raramente nos valemos para expresarnos mejor.

Mientras mantengamos la conversación, sostengamos con dulce firmeza nuestra mirada en los ojos del otro. Ahorremos angustia a quien nos escucha no desviando la mirada, apoyándola en muchos puntos mientras hablamos o escuchamos. Esta mirada sostenida en el otro debe hablar de nuestro interés y simpatía por su persona: jamás debemos incomodarle mirando con detenimiento el estado de sus zapatos, dientes, camisa o peinado. La mirada debe ser racional, no lunática, por lo mismo, si bien el contacto visual no lo perderemos, no miraremos con enfermiza inmovilidad a los ojos del otro. Un buen recurso es mirar al entrecejo de nuestro interlocutor. De esta manera no percibirá el milimétrico cambio de punto de apoyo visual y evitaremos así nuestro cansancio psicológico.

Las manos, por su parte, juegan un papel complementario en la comunicación que es preciso resaltar. Cierta educación “formal” prescribe el mutismo gestual de las manos. Se dice que no debemos “hablar con las manos”. Pero pretendiendo moderar un abuso, se suprime un uso lícito. Los gestos con las manos tienen un valor tan importante que cualquier exceso es falta. Gimotear con ellas, acercarlas amenazadoramente al otros del otro o gesticular aparatosamente son excelentes ejemplos de lo que no hay que hacer. Sin embargo, un gesto amable, un énfasis en lo que decimos o un momento de complicidad con quien nos escucha puede ser potenciado enormemente gracias a un oportuno gesto con las manos.

Estos gestos, sin embargo, jamás deberán traducirse a tactos. El tacto implica un grado de cercanía que es fácilmente decodificable como una invasión a la intimidad. Sin violar la privacidad territorial podemos comunicarnos magníficamente. Evitemos, por respeto al otro y buen recuerdo de nuestra persona, tomar del codo a nuestro interlocutor, palmotear su espalda o amasar sus mejillas.

¿Esto significa que debamos esconder nuestras manos en los bolsillos? No. Al contrario. La psicología gestual es tremendamente compleja pero sumamente sensata en sus conclusiones. Las manos metidas en los bolsillos demuestran, precisamente, desinterés y desidia en la conversación. Nos resta expresividad, además de revelar una pésima educación.

Otros ejemplos de pésimo efecto en las expresiones no verbales son los movimientos nerviosos, como tamborilear con dedos, pararse y sentarse una y otra vez, mirar constantemente el reloj o cruzar y descruzar reiteradamente las piernas. Cada uno de estos gestos revela nuestro estado de ánimo más allá de lo que formalmente digamos con palabras.

Puntualizando, como arriba, que con censurar los excesos no proscribimos el uso de un gesto, diremos que no está prohibido ponerse de pie o sentarse. Lo que incomoda es la actividad nerviosa e inquieta de no quedarse en un solo punto. Una forma apropiada de sentarnos es hacerlo con tranquila dignidad, repartiendo nuestro peso equitativamente sobre el asiento.: sin prisas ni calmas enojosas. Una vez apoyados sobre el asiento no nos desparramaremos como una bolsa de agua, ni tampoco sostendremos tal tensión que demos la impresión de estar por saltar de allí y huir de la conversación.

Finalmente, recordemos que el mejor recurso es una mirada alegre y serena, un rostro serio y calmado. Exagerar la sonrisa o la seriedad nos resta confiabilidad y hasta pone en duda nuestra idoneidad mental. La mejor medida para los gestos es la natural razonabilidad de cada expresión, del mismo modo que escogemos las palabras y tonos adecuados en la comunicación verbal.

Ahora, a poner manos a la obra y comenzar a practicar, pulir y mejorar.

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