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La presión arterial

La presión arterial es la presión que ejerce la sangre que bombea el corazón sobre las paredes de las arterias. Es esencial para que nuestros tejidos reciban de forma correcta y continua el oxígeno y los nutrientes necesarios para funcionar, así como para que los productos de desecho de nuestro organismo lleguen a los pulmones, riñones e hígado, encargados de eliminarlos.

Se mide en milímetros de mercurio (mm Hg) con ayuda de un tensiómetro. Aunque varía en función de la actividad que se realiza en cada momento, de la edad y de ciertas etapas de la vida (entre ellas, el embarazo), se considera que una mujer joven y sana tiene la tensión normal cuando se encuentra en valores que fluctúan entre 110 y 120 mm Hg de tensión máxima o sistólica (presión generada por los latidos del corazón) y de 70-80 mm Hg de tensión mínima o diastólica (presión de la sangre cuando el corazón está en reposo).

En el embarazo se altera la circulación de la sangre por los cambios que experimenta el organismo. Mientras la futura madre presente los niveles normales, el ginecólogo le tomará la tensión sólo en las revisiones prenatales (una vez al mes durante los primeros ocho meses y cada semana en la última etapa de la gestación). Si la tensión es demasiado baja (hipotensión) o demasiado alta (hipertensión), es necesario poner en práctica algunas medidas.

Hipotensión

La tensión baja no es una enfermedad, sino todo lo contrario. Refleja el buen estado del corazón, del sistema circulatorio y de la salud en general. Aunque no es peligrosa, es importante regularla, ya que unos niveles excesivamente bajos pueden reducir el aporte de sangre al futuro bebé y provocar un déficit en su crecimiento o un envejecimiento de la placenta. Además, aumenta la propensión a sufrir mareos (y en consecuencia, el riesgo de caídas). En definitiva: la madre no debe sentir miedo, pero sí tomar algunas precauciones.

Causas: durante la primera mitad del embarazo es normal que disminuya la tensión arterial, porque se produce un leve aumento del calibre de los vasos sanguíneos y, además, el cuerpo genera algunas sustancias con efectos vasodilatadores. La sangre circula con menos fuerza y, además, tiene que realizar un recorrido más largo. Ahora también tiene que ir a la placenta y al feto, y volver.

Síntomas: mareos, transpiración, pérdida de la visión y de la estabilidad (a veces incluso de la conciencia). También se puede sentir cansancio, aunque normalmente es consecuencia de una anemia.

Tratamiento: más que seguir un tratamiento (es preferible no tomar medicamentos en el embarazo), se pueden adoptar algunas medidas para sentirse mejor.

- A veces basta con tomar un café o una bebida cola (agitada para eliminar su contenido en gases) después del desayuno y antes de comenzar la actividad, para elevar la tensión a niveles normales.

- Es aconsejable nadar, caminar una hora al día o pedalear en una bicicleta estática que no ofrezca mucha resistencia, entre 20 y 30 minutos diarios, ya que el ejercicio activa el riego sanguíneo.

- Hay que descansar lo suficiente y encontrar al menos 20 minutos para acostarse en un sillón sin hacer absolutamente nada y desestresarse. Puede ser útil practicar algunos ejercicios de relajación.

Dieta: en principio, las mujeres hipotensas pueden comer prácticamente de todo, tratando de, como cualquier embarazada sana, seguir una dieta equilibrada. En su menú no pueden faltar fruta, verdura, legumbres, leche y proteínas. Aunque el café tenga efectos estimulantes, conviene moderar su consumo, así como el de bebidas carbonatadas (poco recomendables) y la ingesta de grasas.

Hipertensión

La tensión alta significa que la sangre viaja por las arterias a una presión mayor de lo
deseable para la salud. Como vimos, una presión arterial normal sería, entonces, de 120/80 (12/8). Por consiguiente, si una embarazada tiene su presión diastólica (mínima) igual o mayor de 90 mm de mercurio o si su tensión máxima (sistólica) es igual o superior a los 130 mm de mercurio, se considera hipertensa. La gravedad de esa hipertensión dependerá de las cifras y de otros síntomas asociados, como así también de la respuesta al tratamiento médico. En este trastorno influye la cantidad de sangre que bombea el corazón y el tamaño y estado de las arterias.

La hipertensión no tratada puede provocar insuficiencia renal en la madre e interferir en el aporte de oxígeno y sustancias nutritivas al futuro bebé, lo que podría llegar a ocasionarle retraso en su crecimiento y problemas de oxigenación.

Causas: se desconoce por qué se produce, aunque se sabe que ciertos factores ayudan a desencadenarla: herencia genética, edad, obesidad, sedentarismo, estrés, abuso del alcohol y exceso de sal en las comidas. En algunas mujeres, la placenta produce unas sustancias químicas que contraen los vasos sanguíneos y elevan la presión.

Síntomas: muchas veces, la hipertensión no suele presentar síntomas o éstos son muy imprecisos y sólo el ginecólogo los podrá identificar. De ahí la importancia de los controles médicos. En los casos más graves puede aparecer hemorragia nasal, palpitaciones y zumbido en los oídos.

Tratamiento: la hipertensión puntual por el embarazo puede controlarse con una dieta
equilibrada que ayude a mantener el peso, algo de ejercicio y un tratamiento farmacológico suave. Desaparece por sí sola después del parto. Las posibilidades de que se repita en el siguiente embarazo son las mismas que las de cualquier otra mujer que no la haya sufrido.

Si la mujer ya era hipertensa antes de quedar embarazada, conviene realizar un control más exhaustivo de su presión sanguínea, ya que ésta se irá descompensando a medida que avance la gestación. Debe tomarse la tensión semanalmente en el consultorio de su médico de cabecera y una vez al mes en sus controles prenatales, donde también se analizará la orina y se comprobará si existen edemas en manos, rostro y tobillos. En algunos casos hay que administrar medicación (diferente de la que se tomaba antes del embarazo) y guardar reposo. A veces es necesario provocar el parto en la semana 37-38 de gestación, siempre que la tensión esté estabilizada y la criatura totalmente madura.

Dieta: conviene consumir alimentos ricos en potasio (verdura fresca, fruta y cereales
integrales); pescados con alto contenido en ácidos grasos Omega-3 (atún, salmón, trucha) y frutas ricas en vitamina C. Las bebidas con cafeína, las grasas, alimentos picantes y las especias están totalmente desaconsejadas. Se debe reducir al máximo la ingesta de sal porque, además de subir la tensión, provoca retención de líquidos.

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