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El amor a los padres

El progresivo desarrollo de la civilización fue uniendo a los hombres en torno a los hogares y éstos forjaron uniones que dieron en villorrios, pueblos y ciudades. Y las alianzas entre éstas, dieron lugar a reinos y de éstos hasta imperios. Pero el alma de este progreso estable de la civilización siempre estuvo en el hogar, espacio indudablemente material pero por sobretodo espiritual donde se ven satisfechas tanto las necesidades corporales como las afectivas y las espirituales.

Ese hogar, íntimamente unido a nuestra identidad, no es, por tanto, sólo la legítima reunión de bienes materiales, ni altas concepciones estéticas ni sanos requerimientos sociales. El hogar se compone, esencialmente, por personas que en íntima relación se entregan en conocimiento, comprensión y afecto, intercambiando amor de unos para otros.

El hogar, diremos, se compone primeramente por el padre (pater familias), instrumento de Dios por el cual el Divino Creador se sirve para proveer de bienes materiales y espirituales a quienes fueron puestos a su cuidado y protección. De aquí su función esencial, su parte en la familia, esto es, el patrimonio.

Por el padre, verdadero impulsor de la prosperidad material y espiritual de su familia, responsable de acrecentar el patrimonio en los tiempos, recibiendo de sus antecesores un precioso tesoro que le obliga a transmitir a sus sucesores con la gloria o vergüenza que marque su sello de vida.

Ese padre, al que admiramos y servimos, es modelo de imitación como Jesucristo Nuestro Señor nos dio respecto a Su Padre. Por amor gozamos satisfacción de servirle con todo el amor que nuestra gratitud pueda retribuir sus esfuerzos y desvelos. Por ese mismo amor tenemos la caridad de soportar los defectos y carencias que le desmejoran ante los ojos de Dios y cooperaremos en su crecimiento y perfección, sin despreciarle y rebelarnos, comprendiendo y lamentando los efectos del pecado.

Sin embargo, no todos los hijos sirven a sus padres por amor. Muchos le sirven por temor servil, y eso, por decir algo en su favor. Son muchos, lamentablemente los que les sirven protestando de sus órdenes a viva voz o acumulando íntimo resentimiento. Y el gusano corrosivo les mueve a obrar con mala voluntad, a dar respuestas bruscas, a mirar a su padre como un rudo juez o un crítico inspector de sus obras. No abren sus almas a sus padres, no se franquean con ellos, no les conceden la menor confianza.

Junto a él, legítimo jefe del hogar, respira al unísono nuestra madre, alma de ese hogar. Nunca, como hijos, podríamos profundizar como corresponde en lo mucho que nuestra madre ha hecho por nosotros.

Ella fue quien nos aceptó y acogió en la seguridad de su seno. Ella protegió nuestros primeros días, formando con su sangre y su propia carne nuestro cuerpo diminuto. Se privó de placeres y sufrió tantos sinsabores y restricciones. Sufrió con alegría los dolores del parto y entre lágrimas y risas nos envolvió con cuidado y nos dio el primer alimento de sus pechos. Tuvo coraje y valor para traernos al mundo muchas veces con riesgo de su propia vida o salud. Limpió nuestro cuerpo y formó nuestra alma, nos envolvió con ternura y nos llevó, junto a nuestro padre, a la vida verdadera en el momento glorioso del bautismo, reflejo fiel de un amor ardiente que no quiere privarnos - ni retardarnos - de la gracia y auxilio divino.

Junto a nosotros pasó sus días y de noche, a hurtadillas, espiaba para ver si respirábamos nuestro cálido aliento. Pasaba las horas interpretando lo que deseábamos y sentíamos, cuando la pobreza de nuestro lenguaje no daba a entender con palabras o conceptos lo que pasaba en nosotros. Lloró con nuestros llantos y rió con nuestras risas. Nos vistió de escolares y velaba por nuestros estudios y su corazón volvía a su pecho cuando nos veía regresar. Escuchaba con atención nuestro día y preguntaba, callando muchas veces sus preocupaciones o regalándonos sus consejos e ideas. ¡Cuántas veces sus manos vinieron en nuestro auxilio para cumplir con nuestros deberes colegiales! Su corazón supo comprender nuestras penas, tantas veces fue nuestra cómplice comprensiva o nuestra benévola juez interviniendo ante nuestro padre las veces que merecíamos un justo castigo por nuestras travesuras y primeras fechorías.

Después de nuestros fracasos fue la impulsora que depositaba siempre su confianza en nosotros y ella fue nuestra íntima confidente cuando nuestro cuerpo y alma despertaba a la madurez como la edad despierta en nuestros cuerpos juveniles. Al mirarnos veíamos en sus ojos sus esperanzas para nuestro futuro, viéndonos prosperar en nuestros trabajos y estudios o acaso al servicio divino como sacerdotes o religiosas. Ella fue nuestra aliada en el momento del matrimonio y como abuela recibió con nuevas lágrimas, pero de alegría, al retoño que continuaba la raza familiar.

Nuestros padres han sido todo eso para nosotros y mucho, muchísimo más que ignoramos y que ignoraremos hasta el día del Juicio.

Dice la tradición de aquel mal hijo desgraciado que, corrompido por sus vicios y los estragos del alcohol, clavó su puñal en el pecho materno para arrancarle el corazón. Pero el golpe, por gracia divina, no dio en su lugar. El puñal rajó y abrió la carne materna y la sangre se mezclaba con los dolores. Y mientras ella ocultaba sus dolores miró a su hijo, con aquella mirada que sólo una madre puede tener, y viendo el daño que su hijo se había hecho con el movimiento del cuchillo, se olvidó de lo propio y preguntó, con angustiada insistencia: “dime hijo mío, ¿te has herido? ¿te hiciste daño?”…

Y con la tradición recordamos con horror del viejo refrán español: “Cuantas veces se sabe que una madre que fue capaz de alimentar a sus nueve hijos, entre todos no fueron capaces de alimentarla a ella”. Quien recorre los hogares de caridad, mudos testigos de esta vergüenza, palpa con su propia experiencia la existencia de tantas madres y tantos padres que al atardecer de sus vidas fueron abandonados - o casi - por sus hijos y nietos, nutridos en el pasado con amor y preocupación.

Con cuánta caridad manda la Sagrada Escritura: “Honra a tu padre y a tu madre y vivirás largos y felices años sobre la tierra” (cfr. Luc. II, 51; Eph. VI, 1-3).

Los hijos cristianos no nos avergonzamos de la ancianidad, ni de la pobreza, ni de ningún sinsabor fruto del pecado original. Por el contrario, nos honramos sirviendo a nuestros padres, remediando la pobreza, paliando los estragos de la enfermedad, superando las penurias de la ignorancia, consolando a los dolientes, etc. No perdemos el tiempo, sino que en verdad lo ganamos a nuestra gloria y felicidad, preparando nuestra estadía eterna al cerrar los ojos al mundo.

Es de dulce caridad - reparadora ante Dios de tanto abandono y egoísmo con que se hiere al Divino Corazón - acompañar a nuestros padres en su vejez, aliviándolos en sus achaques, retribuyéndoles el amor que nos regalaron ya desde antes que nosotros pudiésemos responder con afecto semejante. Cualquier demostración de amor por nuestros padres siempre será muchísimo menor que las innumerables demostraciones que ellos emplearon en acariciarnos, cuidarnos, acompañarnos, protegernos, proveernos de todo cuanto estaba a su alcance brindarnos, y así, por donde paseemos la mirada de nuestras consideraciones.

Junto con los cuidados en la carne, tenemos por sobretodo los del espíritu. Refresquemos sus días con nuestra conversación y con cuanto alegre su alma. Acerquémosles los consuelos de un sacerdote o religioso, regalémosles la compañía de personas sagradas y espirituales. Procurémosles el auxilio de los sacramentos con que la Iglesia consuela a Sus hijos que se preparan a vivir la vida eterna.

Que la ternura en nuestros cuidados no les falte jamás, honrando sus consejos y siguiendo sus ejemplos ya desde antes de su partida. Y cuando el Señor haya acogido su alma y su cuerpo haya dormido en la tierra a la espera del reencuentro del ama, pongamos sus retratos a nuestra vista.

Y si algún alma cristiana desea honrarles y devotarles mayor afecto y consideración, puede copiar estas luminosas palabras iluminadas de celo pastoral – aplicables a ambos padres - que escribiera el gran Obispo chileno, Monseñor Don Ramón Ángel Jara en el álbum de la señora argentina Elisa Alvear de Bosch:

“Hay una mujer que tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor, y mucho de ángel por la incansable solicitud de sus cuidados; una mujer que, siendo joven, tiene la reflexión de una anciana, y en la vejez, trabaja con el vigor de la juventud; una mujer, que si es ignorante, descubre los secretos de la vida con más acierto que un sabio y si es instruida se acomoda a la simplicidad de los niños; una mujer que, siendo pobre, se satisface con la felicidad de los que ama y, siendo rica, daría con gusto sus tesoros por no sufrir en su corazón la herida de la ingratitud; una mujer que, siendo vigorosa se estremece con el vagido de un niño, y siendo débil, se reviste muchas veces con la bravura del león; una mujer que, mientras vive, no sabemos estimar, porque a su lado todos los dolores se olvidan; pero, después de muerta, daríamos todo lo que somos y todo lo que tenemos por mirarla de nuevo un solo instante, por recibir de ella un solo abrazo, por escuchar un solo acento de sus labios.

De esa mujer no me exijáis el nombre a mi, si no queréis que empape con lágrimas vuestro álbum, porque la vi pasar en mi camino.

Cuando crezcan vuestros hijos, señora, leedles esta página, y ellos cubriendo de besos vuestra frente, os dirán que un humilde viajero, en pago del suntuoso hospedaje recibido, ha dejado para vos y para ellos un boceto de su Madre”.

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