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Bailando con Dios

Por: Alejandra Sánchez

A muchos nos resulta difícil la idea de poner nuestras vidas en manos de alguien más, incluso cuando ese alguien es nuestro Padre todopoderoso, que nos ha llamado a dejar nuestros pesares en sus manos. La posibilidad de hacerlo resulta maravillosa. Sin embargo, el cómo, es la parte que suele complicarnos.

La siguiente analogía le dará una idea más concreta de cómo y por qué es importante permitir que sea Dios quien cargue nuestras aflicciones.

Nuestra relación con Él es muy similar a un baile. Imagínese que se halla en un pista de baile, la música comienza y de pronto tanto usted como su pareja quieren guiar al otro. Cuando esto sucede ni los más expertos logran ejecutar un baile con gracia, los movimientos se vuelven toscos y forzados, los tironeos van y vienen. No hay fluidez. Tarde o temprano uno de los miembros de este dúo se dará cuenta de la situación y permitirá al más experimentado tomar el liderazgo, éste le mostrará los pasos a seguir a través de pequeñas acciones. Quizás un tironcito al brazo o una palmada en la espalda...de pronto y gracias a estas pequeñas “pistas” la danza comienza a fluir, los dos cuerpos se mueven con gracia, al compás de la música y en la dirección adecuada.

Nuestra relación con Dios debería ser como un baile, donde nuestro Padre es el líder y nosotros - menos entendidos - nos dejamos guiar por El poniendo atención a todas las señales que coloca a nuestro paso para poder ejecutar la danza de la vida con fluidez. Para lograrlo debemos entregarnos por completo a Dios, colocando toda nuestra voluntad y deseos en sus manos. Puede que la danza no sea siempre la misma, habrán ritmos nuevos, ritmos inesperados y quizás algunos que desconocíamos por completo, pero si dejamos que Dios sea nuestro instructor, finalmente danzaremos con gracia y liviandad.
 

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