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¿Civilización sin religión?
Lo que hoy día se ensalza y proclama como civilización, lejos de ser verdadera
civilización no es sino una parodia o apariencia de tal. Dos elementos supone
esencialmente la idea de civilización: uno que ilustra la inteligencia, otro que
perfecciona la voluntad.
Los progresos de la inteligencia son muy importantes ya que impulsando el
adelanto de las artes y de las ciencias determinan un aumento de conocimientos
teóricos y prácticos. Aquellos ilustran la mente para mejor conocer la verdad;
éstos, aplicando a la práctica la verdad conocida, dan origen a innumerables
inventos que, utilizando las energías y propiedades de la naturaleza para los
usos de la vida, la hacen cada vez más cómoda y la sustraen a muchos
inconvenientes anejos al estado material de nuestra presente existencia.
El otro elemento de la civilización perfecciona la voluntad moralizándola, y
este elemento moralizador es sin comparación muy superior al que se reduce a
esclarecer la mente. El hombre es bueno o es malo, es mejor o peor, no por las
luces de su entendimiento, sino por la bondad de su corazón.
No puede haber verdadera civilización sin moralidad verdadera hasta el punto de
que ésta constituye el índice que marca el grado de civilización alcanzado por
un individuo y por una sociedad cualquiera.
Y ¿cómo conseguiremos que florezca y se conserve siempre lozana y pujante en el
corazón de los individuos y de las sociedades esa moralidad tan necesaria para
la verdadera civilización? La moralidad se obtiene y se acrecienta mediante la
Religión. Sólo la Religión puede comunicar al corazón humano el valor y esfuerzo
necesarios para mantener sujetas las pasiones, cuya rebeldía es incompatible con
el orden y la perfección. Esto que se ve tan diametralmente opuesto a la actual
liberalidad anti-represora de cuanto defecto, vicio o error colmen la existencia
de una persona es, guste o no, la verdad: no lograremos mantener viva una planta
alimentándola con fuego por mucho que así lo deseemos, y no mantendremos sana
una sociedad alimentada de defectos y vicios sin nunca corregir y, es mas,
alentados a aumentar.
Por todo esto decían hace ya por lo menos cincuenta años nuestros sacerdotes más
previsores que la educación totalmente laica a la que enviamos a nuestros hijos,
al excluir de sus aulas al único factor moralizador, la Religión, se halla
incapacitada para educar de verdad, para lograr lo que la sociedad hoy quiere
desterrar como si de un horroroso mal se tratara, y esto es: moralizar al niño,
para convertirlo en elemento apto para la civilización.
Por
eso nuestra actual sociedad descreída, al desviar sus rumbos por las regiones
del indiferentismo religioso y del ateísmo, se encuentra atacada por los
síntomas de una barbarie degradante y grosera que crece más y más cada día, de
la que no alcanzaron a librarla ni los progresos científicos de que se envanece,
ni los portentosos inventos tecnológicos que la deslumbran. Y a pesar del
altruismo y filantropía de que se jacta en ciertos sectores, a pesar de su
"humanismo" y su "espiritualidad", y de todos los eufemismos de que alardea, se
siente su corazón corroído por un salvajismo tan brutal como han dejado
patentizado los horrores del vandalismo y la muerte, de esa bomba de tiempo que
es cada país en el presente, apenas sostenido hoy por hoy por los palillos del
deseo de preservación que aún no caen pero que, en este camino, tarde o temprano
lo terminarán haciendo.
Y es que en esto nos hemos convertido por olvidar – e incluso odiar – a esa
moral que la Santa Iglesia tanto ha insistido – y con razón – en inculcar a la
humanidad desde sus comienzos. Hemos llegado a ser un simulacro de civilización
ante los ojos del público, ocultando en nuestro interior social la barbarie de
un vil salvaje.
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