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Confiar en Dios
La
confianza es una entrega sin reservas a la acción de la Providencia Divina, es
un abandono de sí mismo y de nuestros medios para esperar únicamente en la
Bondad y Sabiduría del Sagrado Corazón.
La Confianza es más que un acto simple de fe, es una fe inconmovible, tan firme
que nada, ni las mayores tormentas y huracanes podrían hacerla tambalear, aunque
su única base sea la de creer en un Dios que no vemos y que en ocasiones
pareciera – solo pareciera – darnos la espalda y olvidarse de nosotros, en un
Dios que aparentemente contempla indiferente el triunfo del mal, en un Dios que
pareciera sordo a nuestros llamados de auxilio cuando nuestra barca perece,
cuando todo conspira en nuestra contra.
La confianza roba a los Sagrados Corazones sus mayores y mejores gracias, de las
que casi se podría decir que guardan para estas almas valerosas e intrépidas.
Porque si obran de la más magnífica manera con almas que guardan reservas en su
entrega y amor, tratándolas como no se comportaría ni el más generoso y paternal
de los reyes, ¡cómo no hemos de esperar que el Rey de Reyes trate aún más
regiamente, aun más generosamente a quienes se abandonan a su protección!
Si este Rey soberano lo abandonó todo, lo entregó todo, no ahorró ningún
sacrificio ni humillación para rescatar a sus súbditos de la vergonzosa
servidumbre del Príncipe de las Tinieblas, para vencer aún a la propia muerte,
todo por amor a nosotros, ¡cómo no habremos de confiar en Él, si no pudo hacer
más para demostrarnos Su amor!
Pero a pesar de que contemplemos esta entrega sin reservas, este holocausto
divino, guardamos reservas respecto a Su amor, dudamos de su bondad y sabiduría.
Un acto de confianza debe “desconfiar” de dos factores: de sí mismo y de los
medios... ¡locura para los ojos y los corazones del mundo!
Para una cultura hecha toda en base al culto de sí mismo y de los medios
todopoderosos de la técnica y de los conocimientos omnisapientes de la ciencia,
¿no es la mayor de las insensateces?
Desconfianza de sí mismo, al contemplar nuestras múltiples limitaciones e
imperfecciones, y desconfianza de los medios al ver la finitud de sus
resultados, y la improbabilidad siempre presente de sus logros.
Ciertos siempre de que nosotros y los medios que empleamos lo conseguiremos
todo, y venceremos todos los obstáculos, vemos derrumbarse una y otra vez estas
torres de Babel modernas.
Hagamos de cada acto una entrega perfecta de nosotros, por amor de Dios,
valiéndonos de todos los talentos que el Señor depositó en nosotros y contando
con todos los medios que la prudencia nos muestre, pero que este acto sea un
acto principalmente de confianza en Dios.
La historia está repleta de hechos grandes y pequeños en los que por cortos e
insuficientes que fuesen los medios, por toscas y poco preparadas que fuesen las
personas, los resultados brillan en el firmamento de la gloria.
La Israel perdida y sometida que volvía los ojos a su Señor y brillaba por sus
victorias; doce rudos pescadores a la conquista del universo; sangre de vencidos
por el Imperio que se volvió su ruina y que regó las bases de un nuevo Imperio
que abarca hasta los últimos confines del Universo y que reina no sólo sobre los
cuerpos de sus hijos sino aún sobre sus propias almas; un puñado de hombres que
cruzan un océano desconocido y otro puñado que se lanza a la conquista temporal
y espiritual de un Continente desconocido, venciendo imperios y domesticando a
la misma naturaleza; otros puñados de hombres enfrentando los diferentes ataques
que el mal ha lanzado contra la Cristiandad... Pero no sólo las grandes gestas
brillan por el poder de Dios, sino que el obrero, el ama de casa, el empresario,
la autoridad, el militar, el médico, el religioso, entre otros, ¿no ven día a
día la impotencia de sí mismos y de sus recursos, y la Omnipotencia del Creador
que los sostiene?
Dios se complace en mostrarnos nuestra impotencia orgullosa para regalarnos con
infinita generosidad si nos ve humildes y confiados...
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