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Formación religiosa en la infancia

A vosotros, buenos padres de familia, van dirigidas estas líneas. No paséis sobre ellas rápida mirada. Vale la pena que os detengáis un momento y consideréis lo que aquí queda escrito. Se trata de la educación de vuestros hijos. No hay padre de familia que no diga lo mucho que ama a sus hijos. Lo creemos. ¡Cuántos esfuerzos se hacen por ellos! ¡Cuántos trabajos!

Se les envía desde pequeños a la escuela; se los instruye; hacen progresos en las ciencias; saben incluso más que sus padres en algunas materias.

Pero sus hijos crecen. Y he aquí que llegado el tiempo del mayor desarrollo, si no ya mucho antes, cuando las malas inclinaciones comienzan a manifestarse, los padres que tanto embeleso tenían por sus hijos, como si les cayera un velo de los ojos, recién comprenden que sus hijos no son lo que ellos se imaginaban, sino que ven ahora en ellos un no sé qué que no es bueno. Sus hijos, antes sumisos, ahora son rebeldes. Antes en sus ojos brillaba la encantadora inocencia; ahora la refinada malicia. ¿Por qué este cambio?

Nosotros les dimos educación, dicen los padres. Nosotros hemos puesto nuestros hijos bajo la dirección de hábiles maestros. No comprendemos la causa de este cambio. Pero ¿dónde está la causa de este mal? Debiéramos buscarla para destruirla.

Nadie ignora que el mal ejemplo es el maestro que enseña al joven a obrar mal. Y, este mal ejemplo, ¿no se encuentra también por desgracia en la misma familia? Sobre el buen ejemplo hay mucho que decir. No nos conformamos aquí con preguntar: ¿Se procura que los ejemplos que nuestros niños y jóvenes reciben en el hogar sean siempre buenos?

Además, para formar hombres íntegros, hombres virtuosos, no basta la instrucción de la escuela, ni es mucho todo el cuidado de los padres. La educación de la conciencia de vuestros hijos, padres de familia, no la hace el estudio de las letras, ni de las ciencias; la verdadera educación tiene muy distintos principios.

Pero ¿dónde iremos a buscar esos principios en que se funda la recta moral, esos principios que forman la humana conciencia?

¿Queréis saber dónde? Lo diré sin rodeos: en la doctrina cristiana. Es la única que forma y orienta con normas seguras de conciencia. La doctrina cristiana es la única que señala el mal y que nos lleva como de la mano hacia el bien. La única que da vigor al espíritu humano para resistir y vencer el mal. La única doctrina que nos indica y proporciona medios para vencer y dominar nuestros ímpetus y pasiones. La única doctrina, en fin, capaz de transformar un hombre y hacer que, abandonando los vicios, llegue a la más alta virtud.

Esta doctrina , padres de familia, es el mejor preservativo y el mejor sostén para vuestros hijos. Esta doctrina se debe enseñar o procurar que ellos la conozcan. De otro modo seréis culpables de esta omisión funesta ante Dios y ante vuestros hijos.

Sin la instrucción religiosa, vuestros hijos marcharán por el mundo, desorientados, sin un norte y sin una guía, como marino sin brújula, abandonado en medio del mar.

El catecismo es el compendio de esa doctrina salvadora. Si queréis, pues, padres de familia, bien a vuestros hijos, y deseáis que en las luchas de la vida conserven siempre altas sus frentes y no manchen vuestros nombres, enseñadles ahora el catecismo. Enseñadles a comprenderlo y a llevar a la práctica sus enseñanzas. La enseñanza integral del catecismo inserta en la personalidad de nuestros hijos, es la mayor herencia que puede dar un padre a sus niños, y el mejor medio de hacer de ellos futuros hombres de bien, felices y fuertes ante las circunstancias e incluso adversidades que Dios estime necesario enviar a sus vidas.

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