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¿A quién pertenecen los hijos?

Aún humeantes las cenizas del siglo de los derechos humanos y de la paz de naciones, elevamos una pregunta a la voz de las nuevas generaciones: ¿a quien pertenecen los hijos?

Dejando a un lado las enfermizas pretensiones de los dictadores de minorías perversas, preguntamos una vez más, a los padres y madres de familia: ¿a quien pertenecen los hijos?

Las mentes más brillantes de la Antigüedad se lo preguntaron, y con precisión filosófica respondieron: “no es al padre, sino a la madre que pertenecen los hijos”.  En verdad, ¿no es la madre quien les sufre y contiene durante tanto tiempo en su seno? ¿No es la madre quien le nutre con su propia sangre, primero, y luego con la leche misma de su seno? La personas civilizadas, ¿no consideramos a hijo y madre como una misma cosa?

Veamos con detenimiento a una madre. Ella ama a su hijo ya desde antes que su retoño la conforte con sus mimos y sonrisas.

Los mismos griegos, preguntándose sobre los hijos se decían: ¿Quién ama más a los hijos? ¿el padre o la madre? Y la segura respuesta de sus pensadores era “la madre”. “La madre”, contestaban sus luminosas inteligencias, “es quien les tiene con dolor. Ella ve en su criatura un poco de sí misma y por ser de su propia carne y sangre, le tiene por un todo digno de amor y protección”.

Hoy en día, los mismos naturales intelectos se perderían en una enmarañada red de aclaraciones, precisiones y atenuaciones para no herir sensibilidades, evitándose así que por responder con univocidad, se les tenga por venales discriminadores sin tener en su filosofía viso alguno de tan feo vicio.

Pero volvamos un poco cerca del calor de esta madre. Le contemplamos con todo ese amor y cuidado que sólo ella puede brindar a un hijo. El padre, cercano y vigilante, les protege y envuelve con un amor que sólo un padre puede dar. No hay sacrificio ni dolor que él quiera ahorrarse por su esposa o sus hijos. ¿No es verdad que, considerado así, también podría exigir una segunda naturaleza de pertenencia de sus hijos?

No, declaramos. Con todas estas consideraciones, no es cierto que los hijos pertenezcan ni a la madre ni al padre.

Entonces, ¿de quien son?, se nos preguntará. Los hijos, respondemos, son de Dios y sólo de Dios. Habíamos topado, antes de llegar a este punto, con la cumbre más alta del pensamiento antiguo, pagano y natural.

El aguijón de la muerte nos separa temporalmente de quienes más amamos, por muy grande y ardiente que sea nuestro amor. No existe amor paterno o materno capaz de unir el alma con el cuerpo de la criatura muerta y traerla otra vez a llenar el hogar con el alegre ruido de sus pasos y risas.

¿Quién no se conmueve al releer a aquella madre que baja hasta el umbral de su casa, cargando el cuerpecito de su hijita muerta, que nos relata el magistral “Los Novios”, de Manzoni? Ahí la recordamos con vívida fuerza, vistiéndola con la pureza del blanco y besándola hasta colocarla sobre el coche mortuorio para que los enterradores la conduzcan a la tierra consagrada para su descanso. La muerte ha separado de la carne su alma infantil y luego cada hermana seguirá los procesos que cada uno bien conoce.

A las madres preguntamos: ¿recuerdan la primera vez que estrecharon en sus brazos a esa mínima criatura que generosamente anidaron en un vientre lleno de amor? Los padres, ¿recuerdan el gozo inenarrable que sintieron la primera vez que esos ojitos se posaron sobre los propios y una pequeña primera sonrisa les iluminó el rostro? Esos bracitos tiernísimos abrazando el cuello paterno, los labios diminutos apretándose contra la materna piel de quien le protege, ¿por qué se nos aparece tan digna de amor y nos llena de alegría? Por el alma. Es por el alma que gozamos de la vida y por ella vivimos la amabilidad, el contentamiento, los consuelos. Sin el alma, sólo tenemos muerte y corrupción. Podredumbre.

Pero, ¿de dónde viene el alma? El alma cristiana vuelve sus ojos hacia sus primeros padres, en esa línea ininterrumpida de progenitores que nos prepararon el mundo y a los cuales nos obligamos a responder su legado transmitiéndoselos a las nuevas generaciones. Ellos nos hablan de quienes somos y hacia donde vamos. Es hacia los primeros padres, decíamos, que dirigimos nuestra mirada. Y antes que ellos, hacia el polvo inerte del cual se formara aquella estatua perfecta y a aquel Soplo que infundiese vida a la materia inanimada. He aquí el primer hombre y con él, el alma, la vida.

¿De donde procede el alma, entonces? No es, ciertamente, una emanación del alma de los padres ni una parte espiritual de éstos. El alma proviene de Dios mismo. Es una creación inmediata de Dios, quien la saca de la nada por un acto de su amor omnipotente en el momento mismo en que se forma el primer núcleo de vida en el vientre materno. Esa alma es la parte principal de la pequeña criatura que nos es confiada. Sin esa alma esa materia no sería sino un puñado de materia inanimada, putrefacta. Un cadáver.

Incluso ese mismo cuerpo, en cuanto sustancia que forma al hombre, también pertenece a Dios. Un artista, por muy necio e inexperto que sea, conoce el fruto de su arte, sabe bien de la obra de sus manos. Pero los padres, ¿qué saben de la formación de sus hijos? Sobre el pequeño retoño ignoran casi todo. No saben ni sus formas ni calidad de sus miembros. Ignoran la salud que gozará o la conformación de su carne. Desconocen los talentos y cualidades que poseerá y aún las funciones más sencillas de su cuerpo o alma. Ni siquiera los conocimientos científicos más generales son conocidos por la mayoría de los padres. ¿Quién sostendría que los padres son los autores de aquella obra magna de la naturaleza que es un pequeño bebé? ¿Con cuántas células le dotarán? ¿Qué cantidad y forma de huesos, tejidos, músculos, nervios, fluidos y proporciones le otorgarán?

Miguel Ángel se inmortalizó por su Moisés. ¿Quién le restaría gloria por la grandeza de su estatua de mármol? Sin embargo, ¿qué es un trozo de piedra tallado al lado de un niño vivo? Esa criatura, diremos ahora, pertenece a Dios en cuerpo y alma.

Pero hasta aquí seguimos el discurso meramente natural. Alcanzamos - hasta aquí - el techo máximo de lo que la pobreza intelectual humanista podría alcanzar, por muy cristiana que quiera nombrarse.

Hay algo más, muy superior, que hace pertenecer a Dios a los hijos: que ellos, además de personas, son cristianos.

Recibieron de Dios, por lo tanto, no sólo el cuerpo y el alma. Recibieron también, por medio del Santo Bautismo, la gracia santificante. Las aguas salvíficas pedidas por sus padres en representación del pequeño bebé, le consiguieron la amistad de Dios. Y este don procurado por sus progenitores, es tan grande, tan superior a toda vida natural, tan inmenso, que la inteligencia humana jamás alcanzará a comprenderlo por sus propias fuerzas.

Volvamos la mirada a la madre, a quien contemplábamos al comienzo de nuestras líneas. ¿Qué le diremos a ella?

La madre siempre será la persona más digna de amor, más querida y venerada por el hijo. A ella le redirá su amor y respeto. Jamás será “suficiente” el amor que le brinde. Su padre, vigilante, recibirá todas las pruebas posibles de devoción y obediente solicitud. A ellos les recubre la gloria dorada de haber sido cooperadores íntimos de la omnipotencia divina, que les invita por puro amor a co-participar de la gestación de la vida de un hombre. Tan alta y magnífica es esta invitación que no podría quedar, de ninguna manera, en un mero acto civil, consentido por el capricho del legislador del momento. Mucho menos podría ser un acto animal marginado de toda ley o moral. No. Es tan alta y suprema la efusión del amor generoso de un Dios que bien podría prescindir de nuestra cooperación para la generación humana, que fue elevada a Sacramento por el mismo Dios. Así elevó a la mujer a una dignidad que aclaman y celebran los mismos ángeles.

Ella, la madre, será ante los ojos del Creador, una hermosa y fértil tierra en la cual el Divino Amor deposita la semilla fecunda de la especie humana, hecha a Su imagen y Semejanza y redimida por la efusión cruenta de Su propia y Divina Sangre.

La madre, a imagen del Espíritu de Dios, nutre con su propia sangre y leche al hijo que le ha sido confiado, formándole con su carne y su aliento. Su dolor, sacrificio y amor le llevará con seguridad a buen término, hasta la tierra prometida desde las angustias del vientre.

Los hijos, diremos una vez más, son de Dios y a Dios pertenecen. Y si Dios les quiere para Sí, para que Le conozcan, sirva y amen con todo el corazón, fuerzas y entendimiento, los padres no podrían negarlo sin cometer un delito de la mayor gravedad posible, pues se comente contra la Voluntad del Divino Creador.

Este pensamiento, que los hijos son de Dios y a Él pertenecen, sirve de gran consuelo a tantos padres necesitados, temerosos de forjar familias numerosas en prole, ya que podrán susurrar, con el pequeño hijo entre brazos, acaso dormido o sonriendo al ver a su padre o madre: ¡Pequeño tesoro mío! ¡El buen Dios que te ha creado, pensará también en ti!

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