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La infancia católica

He aquí al Divino Redentor, rodeado de gentes de todas clases y condición. Entre la multitud, pequeñas cabezas se le acercan tranquilas, alegres y confiadas. Los labios del Creador sonríen y resuenan las palabras eternas: “Sinite parvulos venire ad me” (Marc. X, 14).

Muy cerca de los pequeños, las madres piadosas alargaban sus brazos con los más pequeños entre ellos, rogando al Salvador que derramase sobre sus tiernas crismas la bendición eterna. Las más agraciadas obtenían, para júbilo que remontaría generaciones, que las Divinas Manos se posasen sobre sus cabecitas y la mirada que en un segundo obró la conversión de Pedro, iluminase la fresca alma del infante.

Los más grandes de los hermanitos caminaban con paso seguro, abriéndose camino hasta el Señor. Ningún respeto humano les intimidaba a procurarse un lugar cerca de Aquel que derramaba paz en sus corazones con la sola compañía.

Los apóstoles, celosos de la majestad y tiempos del Señor, pero con la visión aún turbia respecto a Él mismo, no tomaban muy bien estas manifestaciones de cariño. Si podían, les apartaban del Redentor, o acaso les regañaban luego por el infantil atrevimiento. Nuestro Señor Jesucristo mira a sus discípulos con sereno reproche: “Dejad que los niños vengan a Mi”. ¡Es de imaginar las caritas radiantes al escuchar cómo les defendía el Hijo de Dios!

Dos mil años después, las divinas palabras resuenan en el aire, vibrantes y cálidas. Y tan severas como terribles fueron entonces. Y resonarán con el mismo vigor hasta la consumación de los siglos.

“Sinite parvulos venire ad me et ne prohibueritis eos talium est enim regnum Dei”, repite incesantemente el Señor por labios de Su iglesia. “Dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis porque de los que son como éstos es el reino de Dios”, repite el Cuerpo Místico de Jesucristo en boca de sus ministros.

¿Acaso no es éste una de las recomendaciones más frecuentes de la historia de la Iglesia? “Enviad a los niños a Catecismo”, “Bautizadlos tan pronto como podáis”, y los padres y padrinos retrasan culposamente estas fuerzas salvíficas para el alma de los niños. “Instruid a los pequeños en la sagrada doctrina, evitadles la ignorancia, hacedles gozar de los beneficios de la vida de fe y, por amor de Dios, no les escandalicéis”, y los labios de los responsables de los pequeños se apresuran a tartamudear mil sucias razones, como si el tiempo, las oportunidades, las modas, los colegios, las amistades y un largo etcétera pudiesen excusarles de su primer deber como padres y responsables de sus almas, por las que responderán ante Dios mismo. Ante ese Dios que tanto les ama y que amenazaba con penas tan terribles a quienes escandalizaren a uno de sus pequeños diciendo que más le valdría al culpable amarrarse una piedra de molino al cuello y arrojarse al mar que enfrentar su Justa Cólera.

Hoy, como entonces, es el mismo Jesús que dice a los padres: “Sinite parvulos venire ad me”. ¿Y que responden los padres? ¡Ay! ¡Cuánta diferencia con esas primeras madres! Ellas resistían las oposiciones de los apóstoles con tal de llevar a sus hijos hasta Jesucristo Nuestro Señor.

Y hoy, ¿qué sucede? Pues que los apóstoles no sólo no se muestras opuestos, sino que invitan a las madres a llevar sus hijos al Dulce Redentor. Pero los padres se cierran en un frío silencio y las madres, algo menos indiferentes, ponen un débil empeño para cumplir lo que se les reclama.

El sacerdote, apenado, repite en esos hogares llamados cristianos, las mismas palabras de su Señor: “Dejad que los niños vengan a mí”. Y los padres ya no responden con palabras, sino con hechos: “No queremos, no nos interesan distracciones, no nos preocupamos que nuestros hijos vayan hasta ti”. Parece rudo, pero con estas mismas palabras muchos padres y madres responden al mismo Jesús.

Alegan que no tienen tiempo, que sus hijos deben estudiar y cumplir con sus deberes escolares, que acaso las nuevas amistades no ven bien tanta religiosidad en el hogar, que con la fe vivida a su manera les basta, que cumplen con un par de obras de solidaridad social.

Ellos no piensan que recibir el Catecismo será en su propio provecho y en el de sus hijos. No lo piensan porque no lo saben. Porque ellos mismos son ignorantes, porque desprecian la instrucción religiosa de sus hijos. Pasan por alto una verdad demasiado elemental como para que la más analfabeta de las madres o el más rudo de los padres no lo tenga en cuenta: sin instrucción religiosa es casi imposible obtener buenos hijos.

Ninguna habilidad natural ni conocimiento técnico ni destreza física puede producir frutos morales elevados y sostenidos por una recta doctrina. Los vicios y las bajas inclinaciones, el egoísmo, el individualismo, el orgullo y la sensualidad serán sus gusanos corruptores que más tarde o más temprano engendrarán esos monstruos hogareños que un día - con dolor - encuentran sus padres durmiendo bajo el mismo techo.

Una recta instrucción religiosa de la mano de una cristiana formación moral es capaz de poner a la sociedad en su punto. ¿Acaso existe una obra de solidaridad más importante que ésta, capaz de hacer rendir miles de consecuencias materiales e intelectuales como hijas del amor de Dios?

Cuando los pequeños comienzan a distinguir entre el bien y el mal obrando en consecuencia, con libertad, concientes del mérito del bien y la malicia del pecado, comienzan a hacer actos propiamente humanos. Poseen “libre albedrío”.

Que los padres, entonces, no traten ya a sus pequeños con una sobreprotección enfermiza, tan contraria al amor de Dios. Hay madres que no quieren que sus pequeños crezcan, y les tratan como a infantes aún cuando la barba y la melena les impiden mirarlas de frente.

Si ya a los siete años un niño goza de esta madurez, que reciba el trato de un hombre. Un hombre pequeño, no instruido del todo, pero hombre al fin.

Como las palabras del Redentor, los principios del buen educador no pasan con los caprichos de las modas o las sensibilidades de las épocas. Un buen educador tiene esto por regla: excita, deja obrar, guía, corrige. Y por esa regla han de conducirse los padres si quieren ser buenos formadores. Que se enseñe, entonces, a los niños ya maduros a usar de la razón y de la libertad. Proporcionados a su tiempo y particularidades, pero sin eximirles de nada. De acuerdo con sus capacidades, hemos de educarles, esto es, a gobernarse a sí mismos.

Formarles cristianamente no se limita a apurar, por las noches, al niño para que rece sus oraciones. Esto si acaso al menos esa piadosa costumbre se conserva. Los padres deben mostrar en su propia conducta el resplandor de la fe cristiana, ser modelos vivos de una vida ejemplar. Con su propio ejemplo enseñan lo que ni mil palabras lograrían. Para bien o para mal.

A los pequeños debemos inspirarles desde muy temprano el recuerdo de que Dios es nuestro Padre, que es el proveedor de todo, que nos ama muchísimo y que goza cuando los pequeños rezan bien sus oraciones. Demostrémosle con ejemplos, la fealdad de un niño rezando de mala gana y aquellos que rezan bien porque aman a Dios, como aquellos que cuando se olvidan de bendecir los alimentos paran de comer para reparar su falta y continúan alegres con su comida. O de aquel que obligaba a su madre a recordarle cuando se olvidara de las oraciones.

Viendo a los pequeños obrar con piedad, les felicitaremos calurosamente, especialmente cuando observemos que brotan actos desde él mismo, imitando nuestras obras de piedad o creando nuevas formas de agradar a Dios.

Ocurrirá, por supuesto, que el niño o niña no quiera rezar. Queda en los padres, entonces, examinar si acaso el pequeño se encuentra cansado, excitada su atención con otro asunto, si las palabras que usamos – o los medios – no habrán sido duros con él. Eso, si no fueron los malos ejemplos de los padres los que llevaron a sus hijos a ese estado. Pero cualquiera sea el motivo, nada justifica abandonar la oración. Actuemos con dulzura, entusiasmo, ganas de que esos niños se acerquen a Jesús.

Dirán algunos que los padres, para entonces, se encontrarán cansados por las labores del día, y que su ánimo no es el mejor para invitar a los niños a la oración. ¿Qué hacer? No desesperarse. No perder el ánimo. Primero debemos cumplir con los deberes propios de cada estado comenzando por los principales, que son formar cristianamente a los hijos; el resto lo hará el Señor.

Las oraciones que sean pocas, pero bien rezadas. El padrenuestro, el Avemaría, el Ángel de Dios. Aquí no importa la riqueza teológica de cada oración. Lo que importa es que sea bien dicha, con las manos juntas, de rodillas, frente a una imagen sagrada y con los padres dando con su ejemplo el modelo que los pequeños deben seguir. Siendo modelos en todo son el camino que llevará a los niños hasta Jesús y se cumplirá el llamado del Redentor: “Sinite parvulos venire ad me”. Y los padres bien pueden cobrar, a su muerte, el merecido premio.

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