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La educación moral de nuestros hijos (primera parte)
Explicamos
en este artículo algunos fundamentos e importancia de la educación moral en la
infancia, y en el próximo artículo hablaremos sobre el desarrollo de dicha
formación moral según la progresión de edad de los niños.
Lo más importante en la formación infantil es la educación del alma. Los
verdaderos educadores, dignos de este nombre - ¿pero cuántos son? - son aquéllos
para quienes cuenta el alma del niño. Para estos, lo que importa, en esta joven
vida que se les confía, no es solamente la fachada que se abre al mundo, sino
las disposiciones interiores, lo que, en el propio destino, no es conocido más
que por la conciencia y por Dios.
La educación moral del niño es cosa que importa. Así pues, vamos a tratar de
explicar la forma en que despierta y se construye el sentido moral del niño.
Al nacer, y durante sus primeros años, el niño de pecho y el pequeño se hallan
desprovistos de todo sentimiento de moralidad. Se contentan con vivir y ceder a
sus naturales impulsos, sin freno personal alguno. Si se les abandonara a sí
mismos, obrarían pura y simplemente como bien les pareciera, acapararían sin
remordimientos los cuidados de los demás, se harían con todo lo que les
agradara, devorarían todo lo que les pareciera apetitoso... Así sus actitudes
estarían dictadas por la necesidad de afirmar su personalidad y buscar el placer
sensible. ¿No viven hoy de esta manera, más o menos, los niños que han
domesticado a sus padres en una sociedad tendiente al permisivismo absoluto?
De ordinario, los que rodean al niño, preocupados de la propia comodidad, o
solícitos por su educación, se oponen a la realización de ciertos deseos suyos
instintivos y le imponen ciertas interdicciones o cierta disciplina. Así ocurre
especialmente con la madre. Para conseguir el bebé o del niño que se abstenga de
ciertas actitudes molestas, la mamá pone una cara severa o levanta el dedo; por
el contrario, sonríe al niño que obra según sus deseos y le manifiesta su
contento. De este modo, inconscientemente quizá, pero real y eficazmente, con
habilidad o torpeza, va transfiriendo al niño las bases de su concepción moral.
Durante meses y años, estas reacciones maternas - y no dejemos de incluir las
paternas y las familiares - permitirán al niño levantar una escala de valores:
por un lado, las actitudes que atraen aprobación; por el otro, las que provocan
una reprimenda o un castigo.
Ahora bien, la primera y principal necesidad del niño es la del amor materno,
garantía de seguridad, fuente de toda comodidad y toda alegría. A ella busca
antes que nada; llegará a privarse de un objeto codiciado por evitar el reproche
materno, hará algo que le desagrada para obtener su aquiescencia. El hecho es
que en el niño de seis meses la afectividad adquiere un lugar primordial y
constituye el instrumento necesario y eficaz de los primeros rudimentos de su
educación moral. Gracias a este mecanismo efectivo, es posible enseñar al niño,
desde su más tierna edad, que hay actitudes prohibidas y otras que se aprueban.
Primera clasificación de las acciones humanas, importantísima en verdad, que
poco a poco se irá enriqueciendo.
Para conseguir una buena y estable estructuración de la personalidad moral
infantil, importa muchísimo que la mamá no sea caprichosa. Si la mamá cambia
constantemente, según su humor, sus mandatos y sus prohibiciones, si permite lo
que hoy ha negado o niega hoy lo que ayer permitió, el niño se encuentra
despistado en esta serie de contradicciones. Su cabecita se forja una idea
caótica de la moral.
También tiene importancia que la mamá recalque con la mayor claridad posible, en
sus conversaciones y en su manera de aprender o de animar, la neta diferencia
que hay entre lo que simplemente no es admitido o por las costumbres y
convenciones o por el bien parecer de la sociedad, y lo que es contrario a un
precepto moral. Dar la mano derecha y no la izquierda, pedir perdón al pasar por
delante de alguien, apartarse para sonarse, hacerlo con poco ruido,
evidentemente son convencionalismos. Estos modos de obrar tienen sin duda un
fundamento social: se trata de la delicadeza y del respeto de los demás. Pero
semejantes actitudes no merecen en modo alguno una calificación idéntica a las
que consisten en mentir, robar, destrozar los bienes ajenos por envidia o
cólera. No hay por qué decir que el niño que miente, roba, destroza o hace una
escena, no incurre en modo alguno en la misma responsabilidad a los tres o cinco
años que a los diez o más. Hay madres de familia que no siempre hacen esta
distinción necesaria y se inquietan demasiado por ciertas actitudes de sus hijos
de corta edad. Si bien es verdad que no debe exagerarse su responsabilidad,
importan mucho para su porvenir moral, apartarlos en cuanto sea posible desde
los primeros años, de estos comportamientos a los que no deben habituarse en
absoluto. En cuanto al modo de reprender estas acciones, podríamos llamar
"malas" a las recién mencionadas, y en cambio tratándose de actitudes sociales
nos limitaríamos a decir "los niños que quieren ser corteses siempre saludan al
llegar a un lugar", por ejemplo.
Esta señal de aprobación o de reprobación materna ofrecerá al niño los primeros
elementos de su juicio moral. Gracias a ella podrá ir catalogando poco a poco
las diversas maneras de obrar: "malas", "inconvenientes", "convenientes" o
"buenas". La eficacia de una actitud así no se limitará a estas adquisiciones
intelectuales. La necesidad primordial del niño de hallarse en buenas relaciones
con su madre le impulsará muy a menudo a adoptar las actitudes que agradan a
aquélla y a evitar las que le desagradan. De ese modo, se irá acostumbrando poco
a poco a obrar bien y sus hábitos le servirán de fuerza real para la conducta de
su vida.
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