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La educación moral de nuestros hijos (segunda parte)

Cuando el niño está aun en la cuna, o comienza a andar, y mientras no es capaz de comprender las palabras moralizadoras de la mamá, la educación moral se reduce puramente a un adiestramiento de los hábitos. Este adiestramiento sólo alcanza un resultado mecánico: facilidad de repetición de un acto. Subrepticiamente se va creando en la inteligencia infantil, además de la clasificación material entre "actitudes que hay que adoptar" y "actitudes que hay que evitar" para conseguir la sonrisa materna, el secreto sentimiento de una necesidad o apetencia física, primer esbozo del sentimiento de la obligación moral de mañana. Ya el niño de pecho, y a continuación el chiquillo, saben exigir la repetición de actitudes a las que se han habituado. Esta fácil evolución del alma infantil desde esa misma actitud, es bien conocida. El niño es un fácil creador de ritos y si el educador no se cuida de variar el marco de sus actitudes, el niño terminará por convertir ese marco en una verdadera necesidad: ya no querrá, pronto, dormir, si no es en una habitación iluminada, o con la puerta abierta, o con su osito al lado. Del mismo modo, más tarde no admitirá que se modifique la narración de una historia cien veces repetida: "No, no es así". Esta disposición del alma infantil, que del gesto habitual saca una conclusión de su apetencia y luego la de su necesidad, hace que el niño adquiera la noción experimental de una "cosa que debe hacerse". Trátase, sin duda, de una necesidad puramente física, distinta de la necesidad moral de la obligación. No importa. El niño sólo a través de lo físico adquiere el sentimiento íntimo y la noción de las cosas que deben hacerse, a la vez que contrae un prejuicio favorable, una simpatía, una inclinación a admitir mañana este mismo sentimiento de necesidad bajo el punto de vista moral.

Hacia los tres años, cuando la inteligencia del niño se desarrolla, la mamá podrá recordarle que, obrar de cierto modo "agrada a mamá" o "a papá". El niño de pecho no hubiera comprendido este discurso. La segunda infancia es capaz de entenderlo; lo cual permite, desde esta edad, reforzar la educación moral. Es verdad que el niño, dueño ya de sus movimientos y tendiendo en consecuencia a una cierta emancipación, se siente más tentado por el mundo exterior a obrar a su talante. Por lo mismo, las posibilidades de la educación moral crecen paralelamente a sus dificultades.

A partir de los cuatro años, la educación moral podrá hacerse más objetiva y menos afectiva, al menos en apariencia. El recurso al deseo de agradar será, es verdad, utilizado con más eficacia, pero ha llegado ya la edad en que las fórmulas "esto es bueno", "esto es malo" comienzan a ofrecer al niño el sentido, muy vago aún pero real, de un juicio moral. En esa edad, el niño parece admitir la necesidad de ciertas conductas. Haciéndose eco de las conversaciones de los adultos, también él emplea dirigiéndose a sus hermanos y hermanas la expresión "hay que" o "se debe"; indicio en él de un comienzo de comprensión del sentimiento de obligatoriedad.

En las familias creyentes, el recurso a la voluntad de Dios refuerza esta impresión y este sentimiento naciente. El niño comprende a su modo, es decir, de una manera muy antropomórfica, el sentido de la palabra Dios. Representa a sus ojos una personalidad en la línea del padre y de la madre, pero superior aún y más poderoso.

A los tres años, y a partir de los cuatro sobre todo, viene la edad de las recompensas o de los castigos. Estos, en efecto, son una manifestación del mismo orden, pero más explícito y más expresivo, que la sonrisa de la mamá o el rostro severo sobre la cuna. A propósito de recompensas y castigos sería oportuno decir que tienen más importancia, porque el lento, pero seguro despertar intelectual del niño mismo le hace comprender y adivinar ya bastantes cosas. El adulto, especialmente debe tratar de adaptar sus actitudes pedagógicas al verdadero estado de ánimo del niño y a medir sus reacciones no por la molestia que le ocasiona personalmente determinado modo de obrar, sino por la gravedad de la falta moral en cuestión. Lástima que nadie obra así. Cuántas mamás se enfurecen al rojo vivo por la ruptura de un plato o por el vuelco de un vaso. A no ser que se trate de una desobediencia a una orden reciente, el niño no tiene responsabilidad alguna en este incidente, porque aún está lejos del dominio perfecto de sus nervios y de sus movimientos. Por otra parte, estas mismas mamás reirán a gusto con una impertinencia, si es ingeniosa o viene acompañada de una ingenua y graciosa inflexión. Con eso se falsea el juicio moral del niño.

En el mismo orden de ideas, importa alabar sólo el esfuerzo, no el éxito; censurar únicamente la falta y no la distracción. El niño sabe muy bien, a veces, que ha obrado mal y espera una reprimenda. Omitirla, sobre todo cuando sabe que lo han visto, es obrar desastrosamente. Felicitar a un niño por esfuerzos que no ha realizado, es peor todavía. El ideal es adaptar las recompensas y los reproches a los esfuerzos reales llevados a cabo u omitidos.

El juego, sobre todo en grupo, contribuye también a convencer al niño de la necesidad de reglas en la sociedad. Jugando, a instigación de su madre, con sus hermanitos y hermanitas, demasiado jóvenes aún para ser compañeros "serios", el niño conoce por experiencia que la falta de reglamento hace imposible todo juego. Con los tramposos, comprueba lo mismo. Esta persuasión tiene a nuestro parecer una influencia innegable sobre la formación de su conciencia moral. Ella hará que admita más fácilmente la necesidad de los preceptos para la vida social y el deber de observarlas.

La Iglesia católica sitúa el despertar de la conciencia moral personal hacia los siete años. Demuestra un conocimiento exacto de la realidad; tratándose, entendámoslo, de un simple despertar, no de la madurez. La madurez de la conciencia se adquiere en la juventud. Entre los siete y los diez años y en los años siguientes, el niño comprende poco a poco por qué tal manera de obrar es buena o mala en sí misma y no sólo porque suscita la sonrisa o la severidad maternas. Este desprendimiento de la moralidad pura de su contexto afectivo, sólo lentamente se realiza. La adolescencia, edad en que se adquiere una viva conciencia de sí mismo, le dará un impulso poderoso y decisivo.

Parece a primera vista como que estas reflexiones indican que el medio familiar y social proporciona la estructura completa de la moralidad sin la menor aportación personal. Mucha verdad es que el medio tiene una influencia enorme sobre nuestros juicios morales. Es un hecho bien comprobado que el ser humano admite o condena una costumbre, según provenga aquél de un ambiente primitivo, pagano, civilizado o cristiano.

Se trata, pues, de un juicio demasiado apresurado y excesivamente superficial. No hay ciertamente ideas morales innatas, como no hay conocimientos intelectuales innatos. Sin embargo, así como bajo el punto de vista intelectual el ser humano presenta una capacidad radical para comprender (cosa imposible al animal), del mismo modo en el plano moral posee una orientación innata que le hace simpatizar con lo que se le dirá que está bien y reprocharse lo malo que haya de cometer. La educación juega sin duda, en esto, un gran papel, pero parece que también ella encuentra su eficacia en ciertas propensiones y ciertas simpatías con respecto a sus enseñanzas fundamentales.

Para terminar, entonces, recordemos las grandes líneas de la educación moral: al adiestramiento de la primera infancia, a la imposición obligatoria de ciertas maneras de obrar, debe suceder, poco a poco, la afirmación de una ley moral exterior: "hay que" y el impulso a observarla: "debes". A lo largo de la infancia, los educadores deberán ayudar a querer: "Hagámoslo juntos"; más tarde, con la adolescencia y la juventud, vendrá la hora de "decídete sólo".

Hay una cosa que, según creemos, resaltará de esta exposición: el papel eminente del educador en la formación de la conciencia moral y las posibilidades que tiene, especialmente la mamá, para realizarla. Pero es necesario saber jugar bien estos triunfos: con exactitud de juicio, dominio de nervios y de impresiones, sentido de la oportunidad.

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