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La sal y la luz

De toda la doctrina expuesta por Jesús en el sermón de la Montaña, ningún punto es aplicable a los esposos con tanta propiedad como este: “Vosotros sois la sal del la tierra. Y si la sal se hace insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? No vale ya para nada, sino para ser arrojada fuera y pisada por los hombres”

“Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad puesta sobre un monte no se puede esconder. No encienden una antorcha y la colocan debajo de un celemín, sino sobre un candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. De tal manera ha de brillar vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro padre que está en los cielos” (Math., V, 13-16; Marc., IV, 21 y IX, 49; Luc., VIII, 16, 34 y 35, y XI, 33)

Los esposos han de ser la sal de la tierra y la luz del mundo. ¡Que idea más bella y exacta!

¿Para qué sirve la sal? La esposa lo sabe mejor que nadie. El esposo lo valora como ninguno. Sirve para dar sabor y conservar los alimentos.

¡Que insípida resulta la comida que no tiene sal! Por exquisitos que sean los manjares y por muy esmerada su preparación, desagradan al paladar, se comen a disgusto. La sal les da el tono agradable.

La sal del hogar han de ser los esposos con la dulzura, virtud y sabiduría. Y sabiduría es precisamente eso: apreciar el sabor de las cosas.

El padre es por su naturaleza más áspero, seco, rígido; abandonado a sí mismo resultaría duro, inflexible. Necesita algo que le de tono de suavidad y dulzura, algo que condimente su vida, que produzca en él los efectos de la sal. Necesita a la esposa, que sazone su vida con la delicadeza, la dulzura, la virtud. Necesita atenuar el sabor del mundo y saborizarse con el sabor del hogar.

La madre es por su naturaleza más dulce, indulgente, generosa; entregada a sí misma resultaría permisiva, manipulable. Necesita algo que le de tono de firmeza, de sano rigor, algo que conserve los principios paternos, que produzca en ella los principios de la sal. Necesita al esposo que sazone su vida con tierna severidad, con fuerza y virtud. Necesita acentuar el sabor del mundo y atenuar la suavidad del hogar.

Los esposos se saborizan e iluminan mutuamente y ambos son la sal y la luz para sus hijos, hermanos, padres y sobre todos cuantos se extiende la familia.

Son la brisa que disipa la nubes y la tormenta que limpia los aires; sus sonrisas desarrugarán las frentes, sus palabras suaves o duras allanarán las dificultades, sus miradas cargadas de amor y protección alentarán el camino y cargarán de optimismo y fuerza para seguir adelante;  sus actuaciones virtuosas les elevarán de la tierra y les llevarán hacia Dios en las buenas y malas horas de la vida. El otro encontrará agradable la vida precisamente por nosotros.

Pero si los esposos se desequilibran y pierden la dulzura, la suavidad, la amabilidad; si dejan que se desaten los nervios y se tornan irascibles, intolerantes; si se pasan el día gruñendo y, suprimida la sonrisa, solo tienen malas caras, entonces, ¿Quiénes saturarán de amabilidad el hogar? ¿Quienes serán allí el centro de atracción, la fuente del bienestar, el lazo de unión? ¿Quién será la fuerza de gravedad que atrae a todos con deseos de apegarse al hogar y esperar el retorno cuando se alejan de éste? ¿Quién dará a los corazones de los hijos los toques de delicadeza, bondad y ternura, de impulso, ánimo y fortaleza que han de tener en ellos en todas las edades?

Si se olvidan de Dios y no cultivan la piedad; si no cumplen con exactitud los mandamientos y no son la encarnación de la virtud, ¿Quién espiritualizará el hogar arrancándolos del materialismo absorbente o del espiritualismo neopagano? ¿Quien santificará a los suyos y contrarrestará las tentaciones mundanas? ¿Quién les preservará del pecado y les apartará del peligro?

Porque éste es el otro oficio de la sal: preservar de la corrupción.

Pero, ¿pueden esposos frívolos, mundanos, disipados, inmaduros, preservar al matrimonio y a sus hijos de la corrupción del pecado? ¿No será muchas veces ella con su ligereza e irreflexión, causa más o menos directa de que resbalen y falten? ¿No será otras muchas veces él con su intolerancia y dureza, causa más o menos directa de que se desesperen y falten?

Poco sirve lamentarse - ya tarde - de los desastres de nuestra familia, de su destrucción y fracasos.

Para llevar a un alma por el camino de la virtud hace falta mucho tacto e interés; para que se deslice por la pendiente del pecado basta dejarle la puerta abierta, y si además se le empuja…

Los padres que no son virtuosos y sacrificados no solamente no frenan, no sujetan, no encauzan, no preservan, sino que con su mal ejemplo, empujan.

Por eso Jesús, al decirles que sean la sal de la tierra, añade que sean luz del mundo.

Sazonarán la vida de los suyos y preservarán de la corrupción del pecado iluminándolos. No se trata de desesperar a los nuestros. Se trata ante todo de conducir e iluminar.

En la época de Jesús no existían los medios de iluminación artificial de que ahora disponemos; lo corriente era poner en medio de la habitación un candelero y sobre él una antorcha.

Así han de lucir en medio del hogar, de manera que resplandezcan por la virtud y al contemplarle los suyos, imitándoles, caminen hacia la Luz.

Algunos dirán que su esposo o esposa son un poco fríos en religión, excesivamente entregados a las preocupaciones de la tierra, a los negocios, a los entretenimientos, a las modas, a los deportes… Les hablamos de sus deberes religiosos y se disgustan: les instamos a que sean mejores cristianos y no hacen caso… pero nos ven un día y otro rezar al levantarnos y al acostarnos, enseñándole a nuestros hijos, recitando todas las tardes con ellos el santo rosario, acercándonos a comulgar con frecuencia sin que nos detenga el madrugar, ni el frío, ni razón alguna de comodidad; todo ello con la mayor naturalidad, la amabilidad más exquisita, el ardor más irresistible en cada deber conyugal, sin la menor falta de ánimo, sin la menor protesta, sin la más mínima acritud de trato, sin actitud de reto ni reproche, con la amabilidad más seductora, en definitiva con nuestro ejemplo, q conseguirá lo que no logramos con nuestras palabras, sobre todo, si el otro observa que al volver de comulgar somos más condescendientes, más amables, más cariñosos, más esmerados en hacerle feliz, más sacrificados. Pero si transmitimos lo contrario cuando regresamos de comulgar, si después de tantas muestras de piedad y devoción, comenzamos a dar gritos y a rabiar, si nos mostramos más fríos y egoístas, más insufribles y recriminadores, echaremos por tierra toda nuestra labor y juzgarán nuestra piedad como una molesta rutina, como una práctica inútil y estéril cuando no una cosa odiosa y destructora.

Otros también verán esta incongruencia, diciendo o pensando “qué carácter el de su esposo o esposa, es agrio y su trato es áspero; no sabe tener una palabra agradable, se impacienta e irrita por nada o no sabe complacer a los demás, enfadándose por todo cuanto no resulta a su parecer”.

Ya intuimos el remedio, pero conviene insistir en él. Si a su aspereza respondemos con nuestra aspereza, a su cara con nuestro ceño fruncido, y a sus palabras duras con otras tantas palabras duras. Si a su distancia respondemos con nuestra lejanía y a su frialdad replicamos con nuestro trato frío. Si sus expresiones odiosas y fuertes encuentran respuestas más odiosas y fuertes, si a sus reproches y reclamos replicamos con los nuestros y cada cual lucha por imponer su meta, sea discutir más o acabar a cualquier costo - con indiferencia o con ofertas enervantes y ridículas - y si cuando eleva el tono de voz tratamos de imponernos gritando más, no conseguimos sino empeorar más la situación, hacemos imposible la comprensión y convertiremos la familia en un avispero, especialmente en los casos innobles en que alguno de los dos toma a los hijos como escudo y armamento, involucrándolos en la inquina paterna. Pero si cualquiera sea la conducta del cónyuge, conservamos la paz y dominamos los nervios, si a sus bravatas callamos y al hablarle lo hacemos con dulzura, si, no obstante su actuación hiriente, nuestro proceder es cariñoso, ¿podrá permanecer mucho tiempo insensible?

Nuestro ejemplo influirá poco a poco en su conducta, e irá limando las aristas agudas de su carácter y alisado las asperezas de su trato.

¿Y con los hijos? Por delante de las palabras de los esposos debe ir su conducta, y antes de urgirles el cumplimiento de un mandato o inducirles a la práctica de una virtud, frente a sus ojos debe brillar el buen ejemplo.

¿Queremos que no se dejen llevar por la pereza al levantarse de la cama? Madruguemos nosotros más que ellos; que no nos vean vencidos por el mismo defecto; que si uno ya partió a su trabajo no encuentre el día al otro aún en cama.

¿Queremos que sean trabajadores y aprovechen el tiempo? Que nos encuentren siempre ocupados. Si perdemos el tiempo en ocupaciones frívolas u ociosas, si se dan cuenta de que nada podemos por nosotros mismos y confiamos a los demás que lo hagan por nosotros, si nos ven ansiosos por preocupaciones mundanas, ellos también malgastarán el tiempo y no se esforzarán y se harán unos vagos. Pero que el tacto no corrompa su carácter y por evitar el ocio no vean en sus padres de esos sujetos ansiosos, incapaces del descanso y las entretenciones sanas, del arte y de tiempos de respiro. Nada más ajeno a la virtud que aquellos niños y jóvenes que perdieron el aroma de sus años ocupados en vivir etapas que aún no corresponden a su estación.

¿Queremos que sean puros? Que vean en nosotros la imagen de la pureza. No dejaremos entrar en casa publicaciones o programas escandalosos ni consentiremos vestidos deshonestos ni posturas inmodestas. Jamás nos presentaremos a ellos en estado intemperante, o con vestidos impropios.

La fruta debe preservarse del clima inhóspito y de las caladuras de los animales e insectos para conservarse pura y exquisita, así se hará valiosa. La fruta reseca por el sol sin medida, picada por cuanto animal quiso probar de su carne y zumo, es una fruta de poco valor. Que nuestros hijos cuiden la tersura de su pureza, así valgan tanto que pocas bolsas puedan pagar por ellas su precio. Así cada cual encontrará su par, de su misma valía y honor.

Un día, el glorioso Cardenal Cisneros - de santa memoria – sorprendió en los claustros de la universidad de Alcalá a un grupo de estudiantes que discutían apasionadamente sobre cuál sería el mejor predicador de entonces. El sabio Cardenal escuchó las opiniones y dirimió la cuestión diciendo: “El mejor predicador del mundo es Fray Ejemplo”.

La sal y la luz del mundo, de la familia, han de ser los padres. Y su ejemplo la música e inspiración de todos. Predicaremos con el ejemplo: “que brille la luz de tu vida de tal manera, que los tuyos vean tus buenas obras y den gloria al Padre que está en los cielos”.

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