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¿Qué es la vocación matrimonial?
Por: D.
Alberto Donoso Caro
Consejero familiar
Llegada
la edad de las decisiones, con frecuencia nos preguntamos ¿qué me pide Dios?
¿Qué quiere de mí? Entonces redoblamos las súplicas al Espíritu Santo como
Samuel: “¿Qué quieres de mí?” (Sam. III, 1, 10-19,20)
Si acaso
nuestra inclinación no se marca por la vida sacerdotal o consagrada, ni a la
vida apostólica en medio del mundo, nuestro llamado es a la vida matrimonial.
San Pablo
nos enseña que el estado matrimonial no es cosa despreciable. Y a tal punto es
noble y hermosa, que Cristo por Su Iglesia la ha convertido en sacramento, en
una marca indeleble de consagración de vida. Tan sagrada como el sacerdocio. Y
recuerda al fiel: “más vale casarse que condenarse” (I Cor 7, 9). Así de
importante es vivir el matrimonio unidos por Cristo a través de Su Iglesia.
Pero esta
vida tan alta, tan noble y elevada, no puede concretarse sin pasar por etapas.
Sólo así avanzaremos a pie firme, sin temor a errar ni fracasar.
El primer
paso es el conocimiento de tu pareja. Mucho antes que considerar
cualquier cosa, debemos prestar atención a esto, que será la clave de una vida
entera de alegría o dolor: ¿es buen(a) cristiano(a)? La base de su vida, lo que
ordena sus decisiones son los principios. Y si están fundados en el vicio o el
error, mal caminará la cosa. Si no se vive de acuerdo con lo más importante,
¿cómo podrían marchar bien las cosas en el resto de los campos? Quizás alguna u
otra anden bien, pero con el tiempo toda la “casa” se teñirá del color de fondo.
Es imposible para una pareja vivir bien sin la gracia de Dios, olvidándose de
Él.
Y en el
mejor de los casos, en que uno de los dos viva una vida honorable, piadosa,
empapada del amor de Dios, los problemas no se superarán. Se querrá el bautismo
de los hijos, y se discutirá por eso. Los hijos crecerán viendo la piedad de uno
y la impiedad del otro, la caridad de uno y las pasiones impredecibles del otro.
Se discutirá por la educación cristiana y la recepción continua de sacramentos.
No verán a sus padres asistir a la Santa misa, ni orar juntos, el rosario
ausente de las manos paternas. Finalmente los pequeños se preguntarán ¿qué
sentido tiene vivir la fe si mis propios padres no a viven? De esas
contradicciones nace una angustia terrible que o culmina con una fe heroica o
bien, como más frecuentemente ocurre, con la apostasía calamitosa de los
sin-Dios.
El
segundo, es la amistad. Si esa persona que nos atrajo es digna de nuestra
intimidad, de un conocimiento más personal, comienza la amistad cristiana.
Amistad que es quererse bien hacerse el bien, desear lo bueno. Aquí tenemos el
segundo cedazo para ver los defectos y virtudes de quien queremos.
El
tercero es el pre-noviazgo, que es como la antesala del noviazgo, de ese
compromiso tan hermoso que culmina con la formación de una familia. Esta etapa
es demasiado importante como para no prestarle una atención especial.
Debemos
cuidarnos tanto de comenzar muy jóvenes e inmaduros como de enamorarnos mucho
del/la joven que creemos amar. Gustar y amar son cosas distintas. Es muy
elogiable que se rían juntos o que el otro se emocione con un dolor, pero otra
historia es que sea el amor verdadero que es la única garantía real de la
felicidad. Un pre-noviazgo muy largo es riesgoso y no asegura precisamente un
buen matrimonio.
Otro
aspecto importante es aquello que la sabiduría popular refranó en “cada oveja
con su pareja”. Es sumamente importante que nos fijemos en la semejanza con
nuestro “novio/a”. Cuando existen grandes diferencias de cultura, de fortuna, de
educación o de vida familiar es casi seguro que todo caminará a la ruina. Pasado
el burbujeo de las pasiones, los futuros quedarán verdaderamente “desnudos” ante
el otro, y si no tienen bases semejantes las distancias en gustos, sustentos y
hábitos terminarán por separarlos al no existir una reciprocidad mínima.
Finalmente, es determinante apuntar al dominio del mal carácter. Si cuando
estábamos conquistando - o siendo conquistados - nos permitíamos ese defecto tan
horrible, ¿qué decir de lo que será cuando el sacramento los una de por vida sin
poder separarse jamás del otro?
Olvidemos
el mal romanticismo, que para lo único que ha servido ha sido para destruir
familias, arruinar vidas y hacer sufrir a padres y a hijos… si se los permite.
Puede ser
“romántico” un amorío que lucha contra todo, como Romeo y Julieta pero de seguro
esa fuerza en contra de posiciones tan opuestas no asegura la felicidad. “Sentir
muchas cosas por el otro” tampoco es una señal importante, porque apagado el
volcán queda la verdad.
Recordemos, a propósito de las pasiones, una cuestión poco feliz. ¿Quién no ha
paseado alguna vez por una frutería? Las frutas, hermosas y apetitosas están
allí para que las tomemos y saciemos nuestro apetito. Pero entre ellas, hay una
fruta muy “popular” porque de tan apetecible, muchos pajaritos golosos
picotearon de ella, y más de algún cliente rebanó un trozo para probarla. Ni un
demente escogería ESA fruta entre todas las del canasto. Con seguridad,
tomaremos la fruta que más se asemeje a nuestro ideal de fruta. Una fruta que
por su perfume, color y todos los dones propios de esas frutas, sea la más
limpia de defectos de todas. Las palabras sobran.
La
tercera etapa es el noviazgo propiamente tal. La tradición cristiana lo
ha simbolizado bellamente con la entrega de un anillo, ese círculo perfecto que
como ese amor, no tiene principio ni fin, y que encierra todo dentro de sí.
Llegamos
así al compromiso matrimonial, ese momento tan emocionante y elevado en
que el señor cura, nuestro párroco o director espiritual nos da esa bendición
pidiendo que la gracia nos auxilie y fortalezca para llegar victoriosos al santo
matrimonio. Y viene, como n, la pequeña e íntima fiesta con que compartimos
nuestra alegría y hacemos pública nuestra decisión y promesa de llevar
prontamente a nuestra prometida(o) al altar.
Ser
novios, atención, no es lo mismo que ser esposos. No tienen el sacramento ni los
derechos que tienen los esposos. Es un período feliz en que nos preparamos apara
entregarnos mutuamente en cuerpo y alma al otro. Esta preparación vivirla con
nobleza, honor, pureza y mucho del más tierno y cálido amor. Si no mostramos
respeto y consideración por el otro, o si no nos hacemos respetar, mal irán las
cosas ahora que estamos pusimos el pan en la puerta del horno.
Es
menester recordar que la impureza, entre los muchos males que acarrea como la
torpeza mental - por predominar la carne sobre el espíritu – tenemos el fantasma
del aborto, que no deja de asolar a quienes no cumplen con sus deberes
para con Dios y para con su pareja. Tanto quien aborta, como quien cooperó o
acompañó la decisión, debe pedir en confesión el perdón a Dios por el horrible
crimen, y tras la absolución tiene que solicitar la remisión de la censura de
excomunión reservada al Obispo o a su delegado.
¡Cuántos
matrimonios arruinados antes de celebrarse por culpa de la pérdida de la
dignidad! La joven de novia pasó a ser la meretriz que satisface las bajas
pasiones del muchacho. Una prostituta que ni siquiera goza del pago por sus
servicios deshonestos. Una ramera ante los ojos del joven, que en el futuro
jamás podrá mirar sin celos a su esposa. ¿Y el? Una bestia impura que toma de la
flor su savia y la abandona en busca de otro volcán ardiente, con el que se
cebará hasta que se apague y vuelva a buscar otro más. Y de muchas vergonzosas
liberalidades deshonestas, ¿no es una verdad de vida que generalmente
desaparecen con el matrimonio?
Velar por
este punto tan escabroso es también asunto de los padres porque es su deber y
obligación por la que responderán el terrible día del Juicio.
Debemos
todos, amigos, padres, sacerdotes y los novios, procurar que el día del santo
matrimonio ese vestido blanco sea una fiesta revistiendo la gloria. Que vestirlo
sea una proclamación de cuándo vale esa mujer… y que no sea motivo de risas
disimuladas por la grotesca farsa.
Finalmente, recordemos que llegados al más emocionante, esperado y feliz de los
momentos esperados por los novios, ellos serán los ministros del sacramento,
por lo que deberán asistir dignamente al altar. Una confesión sincera y
dolorosa, con arrepentimiento y cargada de buenos propósitos dejará las almas
puras y dignas de ser esposos.
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En una
próxima edición hablaremos del matrimonio en sí mismo y de los cuidados y
remedios cristianos que tenemos para él.
Que Dios
bendiga a cada uno de quienes leyeron estas líneas y les fortalezca en sus
deberes de estado.
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