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En qué consiste la elegancia

Por: D. Rafael Etcheverría

Lo que vestimos habla por nosotros. Expresa nuestros valores, nuestra forma de sentir y de ver el mundo. El vestido nos habla de donde venimos y hacia donde vamos. Vestimos para seducir, para impresionar, para allanar caminos. El vestido simboliza miles de aspectos que no requerimos decir con palabras… o lo refuerzan.

El vestuario ha sido desde tiempos inmemoriales un recurso tan grave e importante que se dictaron leyes regulando el porte de piezas, colores y accesorios para asegurar la exclusividad de uno u otro estamento social. El vestuario nos indica una profesión, estado, origen o forma de vida. Paganos o civilizados, los pueblos encontraron en el vestir un universo de recursos en el que volcaron lo divino y lo humano.

La elegancia, entonces, no es un asunto pasajero, subjetivo o un fútil dictado de la moda. La elegancia es sinónimo de buen gusto. Y el gusto se educa, se refina. Se trata de discernimiento. Elegancia proviene del latín 'eligere', saber elegir. Implica, por tanto, un discernimiento, una inteligencia capaz de separar lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo y cada oposición de términos que supongan perfección y buena salud interior.

La elegancia saca con naturalidad lo mejor de nosotros mismos. No se trata ni de una construcción artificial de nosotros mismos, ni de una ostentación de nuestros instintos primitivos. La elegancia supone resaltar o atenuar nuestra naturaleza, atendiendo a los principios superiores que nos proyectan hacia lo magnífico. Una magnificencia que se manifiesta formal e informalmente, ya sea en compañía de otros o de nuestra propia conciencia.

Saber escoger, decíamos antes, revela nuestros principios y valores. Podemos simular, como con las palabras, otros valores, pero en definitiva, la impresión del conjunto, revela la mentira o la verdad tanto como el vicio o la virtud. El pudor es servido con homenaje por la hipocresía, que, avergonzada de su fealdad, imita al pudor. Así también con los vicios apenados ante el resplandor del bien.

La elegancia y su valor

El discernimiento de la elegancia habla de nuestro buen gusto. Ese “sano paladar estético” nos ayuda a favorecer nuestra persona y entorno. Un favorecer que jamás es sinónimo de llamar la atención. No nos “inventa” otra persona distinta a quienes somos física y psicológicamente. Respeta nuestros gustos y aficiones.

Este lenguaje no verbal habla por nosotros bajo una lengua que, como la música, puede ser comprendida por todos. Habla de nuestra discreción o chabacanería, de la cultura, refinamiento, posición económica, limpieza, sencillez, etc. Por lo tanto, no se trata sólo de agradar a los demás, sino de reflejarnos a nosotros mismos. En consecuencia, la elegancia es permanente, nos acompaña a todos lados y en todas las situaciones. Podemos ser elegantes a cualquier hora, formales e informales, trabajando o divirtiéndonos, en casa o en público.

Tal elegancia debe ser coherente con todo nuestro ser. Aún quienes se disfrazan de elegantes deben tener en cuenta esta cuestión. Una persona elegante goza de ese prestigio e influencia sobre los demás porque expresa su buen gusto en sus modales, gestos, palabras, su modo de oír, de comer y beber, su pulimiento que evita estridencias y cosas fuera de lugar

Discernir es pensar. Distinguimos posibilidades, las evaluamos y optamos por la mejor. Ser elegantes es ser buenos electores. Y a ese fin contribuiremos recordando algunos principios elementales de la elegancia en el vestido.

La elegancia y el vestido

Para conservar la elegancia, es preciso apuntar siempre mas arriba. Siguiendo este principio, jamás erraremos si atendemos dos reglas: respetar la constitución física personal, y respetar la mayor comodidad posible dentro de las alternativas a seleccionar.

La elegancia en el vestir femenino

El mayor riesgo de la mujer es la moda. Año tras año, los caprichos y extravagancias de los dictadores de las modas, imponen estilos y formas que es imposible que favorezcan a todas las mujeres, ni consideran las constituciones físicas, personalidades y oportunidades del vestir.

Sin embargo, dentro de la gama de ofertas en tiendas, hay muchas oportunidades de sacar su eterno femenino. Podemos, sin perder el estilo contemporáneo, relucir la belleza natural de cada mujer, contribuyendo a resaltar todas sus cualidades y disimular los defectos. Guiada por la elegancia jamás deberá sufrir los insultos o disparates con que la moda pasajera querrá desmejorarla.

En vestuario femenino, la primera regla será escoger adecuadamente no sólo la prenda en oferta, sino la compra en sí misma. Comprar siempre prendas elegantes sí, pero sobretodo que por su largo, amplitud, color, material o precio, resulte cómodo de llevar.

A continuación, escogeremos siguiendo los siguientes criterios: si cabe dentro de lo actual, si se adapta a nuestras formas actuales, si cumple la necesidad del momento, si es atractivo, bello digno y elegante.

Contrario a lo que nos dicen los dictadores de modas, el verdadero encanto de la mujer, lo único que la hace dueña de si misma y verdaderamente independiente es el pudor. Un pudor que no es mojigatería, sino el donaire de quien respeta la intimidad, que no muestra lo inconveniente, que no se rebaja a un objeto, que reserva al ser amado lo que no debe ser compartido so pena de rebajar el valor de la dueña.

Esta elección es elegante. Ese amor que sólo se da a quien ama. En consecuencia, será elegante (elegible) una prenda con escote (mas femenina) pero que guarde las proporciones. Seleccionaremos las piezas más femeninas, coquetas si se quiere según la ocasión, pero que no escandalicen por sus dimensiones y ceñidos.

El escándalo en el vestir es señal de mal gusto, de poca cabeza. Una mujer que atrae por su escándalo, deja por nada la inteligencia, la feminidad, el dominio de si y cualquier virtud que la eleve como ser humano y que la distinga como mujer. Llamar la atención quebrantando lo delicado y femenino no es elegante. Romper el respeto a nuestra edad y condición tampoco es elegante. Mujeres ya maduras vistiendo como díscolas adolescentes o adolescentes en la flor de su edad, avejentadas con trajes maduros son atentar contra la elegancia. Tener independencia es poner limites como ser elegante es con belleza cuidar nuestra dignidad.

Aprender a elegir

Las dificultades contra la elegancia no pasan solo por la moda. Así como con el tiempo nos fuimos educando en el gusto musical, literario o culinario, hasta poder distinguir la calidad y el valor de las cosas, en el vestir se educa el gusto.

Aquí señalaremos brevemente las pautas generales para generar ese encanto irresistible que se crea en torno a una persona elegante. Y ese poder es infinitamente superior al impacto temporal y subjetivo de una prenda escandalosa.

La elegancia en el varón

Todo lo dicho arriba es válido en el varón, aplicadas las consideraciones puntuales. Es válido lo dicho el escándalo, la desconsideración por la edad o condición, la higiene y la selección de proporciones y colores.

Si bien el traje no es la única prenda elegante, sí es la que mejor servicio presta al hombre. Deberemos seleccionarlo siempre de colores neutros. Si escogemos con rayas, que sean verticales y de un color al tono del teñido predominante. Jamás escogeremos tonos disonantes o multicolores.

El complemento necesario será una corbata adecuada. El buen gusto de un hombre se revela en su criterio de selección de corbatas, y en su madurez respecto a esta prenda. Un hombre elegante comprende que el uso de la corbata es esencial y que es un signo de buen gusto por excelencia, digan lo que digan los dictadores de la moda. Un hombre elegante jamás usa traje sin corbata.

La corbata nunca debe sobrepasar la altura del cinturón (de uso inexcusable y sin hebillas extravagantes), cuidando además que la sección más delgada no sobrepase la sección delantera más gruesa. El nudo debe ser proporcional al cuello de la camisa y al ancho de la corbata. Un cuello pequeño merece un nudo pequeño y viceversa. Debemos preocuparnos de que el nudo quede bien ajustado y unido al cuello de la camisa. Si no soportamos una corbata con nudo bien ajustado y sin mostrar el botón de la camisa es preferible abandonar la idea del uso de un traje antes que soportar el triste espectáculo del desarreglo.

Al seleccionar camisas, la preferiremos sin botones en el cuello si escogemos para usar con corbata. Si seleccionamos una corbata estampada, tomaremos una camisa lisa, evitando combinar los estampados de ambas telas.

Una camisa elegante no permite que los botones se abran, por lo que las escogeremos suficientemente holgadas sin llegar al desarreglo. El cuello y los puños deberán lucir limpios y bien planchados.

Evitaremos relojes modernos o deportivos por causa de sus alarmas, tan insidiosamente molestas en una reunión o evento. Un traje elegante exige un reloj sencillo, de manecillas. Apenas en ocasiones informales o encuentros deportivos está permitido usar los aparatos plásticos.

El pantalón ordena los colores de las medias y de los zapatos (siempre limpios), que escogeremos a tono con éste. Un buen pantalón luce estirado y llega a la altura del tacón del zapato. Jamás combinaremos cuadros con rayas.

El cuidado de la higiene es igualmente importante en el hombre como es en la mujer. Nuestro corte de cabello debe ser adecuado a nuestra edad y condición, manteniéndolo siempre limpio, sin grasas ni pegamentos.

Las manos, como los dientes, estarán cuidadosamente aseadas, repitiendo las operaciones de limpieza a lo largo del día. El cuidado del aliento jamás será excesivo.

Finalmente, recordemos que, de acuerdo a la psicología del color, hay ciertos parámetros que pueden ser tenidos en cuenta en el momento de la selección de prendas.

Así, el negro se relaciona con la elegancia pura, pero por su fuerza y energía, lo vinculamos con el liderazgo y don de mando, por lo que resultaría inadecuado en circunstancias que requieren cercanía y acuerdos, como una reunión de trabajo o una entrevista para solicitar empleo.

El azul marino, en cambio, se mantiene a la cabeza de la elegancia cotidiana. Nos habla de buen gusto, de madurez y serenidad de ánimo. Transmite la autoridad implícitamente, genera respeto y confianza. El azul sería, por la solidez que le relacionamos, el indicado para vestir en reuniones de trabajo o entrevistas y sumamente apropiado para dirigirnos a un público masivo.

Esta ventaja de prestigio no lo conserva el gris, que transmite en mayor medida el equilibrio y la madurez, pero tal serenidad no genera empatía sino, mas bien, se asocia con la gran eficacia del portador.

Las nuevas opciones de la moda nos traen ahora los colores pastel. De éstos podemos decir que como compensación de restarnos profesionalidad y madurez, nos inspiran tierna dulzura.

Del mismo modo, el color púrpura, genera una sensación intimidante, de distancia. Dentro de la misma gama, el rojo cubre las sensaciones de atrapar la atención, de atrevimiento y sensualidad. Y finalmente, el blanco denotará pulcro refinamiento, pureza interior.

La elegancia y la educación

Poco serviría seguir las normas del buen gusto en el vestir si las ropas no visten a una persona elegante en su conducta. Y si se ha atacado y desmejorado el vestir, tanto más se desmejoró la buena educación.

Recordemos, para concluir estas líneas, las notas que demuestran una educación, principiando por la puntualidad. Sabido es que no hay peor desconsideración que llegar tarde a una cita. Pues adelantarse también es una descortesía. Una conducta elegante responde a las circunstancias, por lo tanto, tomaremos todos los cuidados para llegar a tiempo. Un buen margen es ingresar al punto de encuentro unos diez minutos antes y esperar hasta quince o veinte minutos de retraso respecto a la hora fijada, en el caso de que no tengamos noticias de nuestra cita. De aquí que comprendamos el valor de adelantarnos a un problema y avisar con tiempo los inconvenientes. A la cita llegaremos compuestos en aspecto físico y cuidado de la ropa.

Sea cual sea la situación en que nos encontremos, nuestra voz debe mantenerse temperada. Un tono de voz estridente, elevado (ni para reír) o demasiado bajo, rápido o lento no son signos de buen gusto ni de mínima cortesía.

La elegancia se refleja en la expresión. Un rostro elegante no es grave ni bufón. Es distendido, alegre con seriedad. Esta moderación nos permite mostrar la diferencia entre nuestras alegrías, penas, enfados y sorpresas.

Acompaña al rostro un carácter dominado, que evita los excesos y arrebatos. Siempre nos manifestaremos con cortesía, comprendiendo que los insultos y quejas nada solucionan, sino que entorpecen y dificultan la búsqueda de salidas, siquiera por la oposición del ofendido y por tener que desandar el terreno perdido.

Finalmente, es preciso recordarnos que todo lo anterior se puede cumplir si y sólo si nos cultivamos a nosotros mismos. Es nuestro deber mínimo estudiar y leer constantemente. Llegará un punto en que nosotros mismos nos exigiremos llegar más allá de nuestros límites y tener una mirada superior de las cosas.

Respecto a hábitos, diremos que el chicle queda desterrado de cualquier situación de convivencia con los demás, a excepción de circunstancias de extrema confianza entre adolescentes. Fumar o beber podemos siempre que la circunstancia lo permita. En el caso del cigarrillo, preguntaremos primero si a alguno de los presentes le molesta. Evitaremos fumar en lugares cerrados, tirar las cenizas al piso o sobre la ropa, utilizar papelitos como cenicero y echar bocanadas de humo en el rostro de los demás. No fume antes de encontrarse con alguna persona, para evitar el hedor del tabaco, excepción hecha del aroma de la pipa. No se fuma antes de las comidas, sino que esperaremos a concluido el postre y que se retiren los no fumadores, o bien nos retiraremos nosotros.

Obviamente usted puede saltar todas estas consideraciones y rebelarse contra la elegancia, pensar que decide por si mismo y a la moda. Tiene toda la capacidad de hacerlo. No tiene, a cambio, el derecho a hacerlo, porque su propia perfección está en juego. Puede decidir no ser elegante, sumergirse en los rebaños de la moda, ofender el buen gusto y quebrantar los mandamientos. Es su decisión. A fin de cuentas, nadie le puede forzar a ser buscado y reconocido por su cultura y elegancia.

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