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Los
Doce Meses
Leyenda eslava
Por Alexander
Chodzko
Hubo una vez una
viuda que tenía dos hijas: Helena, la única hija que tuvo con su marido, y
Marouckla, que la había tenido con su primera esposa, antes de que esta muriera.
Ella amaba a Helena, pero odiaba a la pobre huérfana porque era mucho más linda
que su propia hija.
Marouckla no pensaba en lo bonita que era, y no podía entender por qué su
madrastra se enojaba apenas la veía. A ella le tocaba hacer los trabajos más
pesados. Limpiaba los cuartos, cocinaba, lavaba, cocía, tejía, traía el heno,
lechaba a la vaca, cortaba la leña, y todo sin ninguna ayuda.
Helena, mientras tanto, no hacía más que vestirse con las mejores ropas e ir de
una diversión a otra.
Pero Marouckla nunca se quejaba. Soportaba el mal temperamento de su madre y
hermana con una sonrisa en sus labios, y la paciencia de un cordero. Pero este
comportamiento angélico no las suavizaba. Se fueron volviendo más tiránicas y
gruñonas, y a medida que Marouckla crecía en belleza, aumentaba la fealdad de
Helena.
Entonces la madrastra decidió librarse de Marouckla, porque sabía que mientras
ella permaneciera allí, su propia hija no conseguiría pretendientes. Provocó
entonces hambre, todo tipo de privaciones, abusos y cualquier cosa que sirviera
para hacer que la vida de la muchacha fuese miserable. Pero a cambio de ello,
Marouckla se volvía cada vez más dulce y encantadora.
Un día en medio del invierno Helena quiso algunas violetas
- Escucha - lloriqueó a Marouckla - debes ir a la montaña y encontrarme
violetas. Quiero ponerlas en mi vestido. Deben ser frescas y de dulce aroma, ¿me
has escuchado?
- Pero, mi querida hermana, ¿cuándo has visto violetas creciendo en la nieve? -
dijo la pobre huérfana.
- ¡Criatura desgraciada! ¿Te atreves a desobedecerme? - dijo Helena. ¡Ni una
palabra más! Si no me traes algunas violetas del bosque de la montaña, te
mataré.
La madrastra también agregó sus amenazas a las de Helena, y con vigorosos
empujones hicieron salir a Marouckla afuera y cerraron la puerta tras ella. La
pobre chica hizo su camino hacia la montaña sollozando. La nieve era profunda, y
no había trazas de ningún ser humano. Largo tiempo caminó sin dirección, hasta
perderse en el bosque. Tenía hambre, temblaba de frío, y rezó pidiendo la
muerte.
De pronto vio una luz en la distancia, y trepando hacia ella alcanzó la punta la
montaña. Sobre el pico más alto ardía un gran fuego, rodeado por doce bloques de
piedra sobre los cuales se sentaban doce seres extraños. De ellos los tres
primeros tenían el cabello blanco, tres no eran tan ancianos, tres eran jóvenes
y hermosos y el resto era aún más joven.
Todos estaban sentados en silencio mirando el fuego. Eran los Doce Meses del
Año. El gran Enero estaba sentado más alto que el resto. Su cabello y bigotes
eran blancos como nieve, y en su mano sostenía una varita. Al comienzo Marouckla
tuvo miedo, pero después regresó su valor, y acercándose dijo:
- Hombre de Dios, ¿puedo calentarme con su fuego? Estoy congelada por el frío
invernal.
El gran Enero levantó su cabeza y respondió:
- ¿Qué te trae aquí, hija mía? ¿Qué estás buscando?
- Busco violetas - respondió la doncella.
- Esta no es la temporada de violetas. ¿No ves que hay nieve por todas partes? -
dijo Enero.
- Lo sé bien, pero mi hermana Helena y mi madrastra me han ordenado llevarles
violetas de su montaña. Si regreso sin ellas me matarán. Les ruego, buenos
pastores, que me digan dónde puedo encontrarlas.
El gran Enero se levantó y fue hacia los Meses más jóvenes y, poniendo su varita
en sus manos, dijo:
- Hermano Marzo, toma el lugar más alto...
Marzo obedeció, moviendo su varita al mismo tiempo sobre el fuego.
Inmediatamente las llamas se elevaron hacia el cielo, la nieve comenzó a
derretirse y los árboles y arbustos empezaron a florecer. El pasto se volvió
verde, y entre sus hojas aparecieron algunas flores. Era primavera, y los prados
estaban azules con violetas.
- Reúnelas rápidamente, Marouckla - dijo Marzo.
Alegremente se apresuró en juntar las flores, y teniendo pronto un gran manojo
en sus manos, les agradeció y corrió a su casa. Helena y la madrastra estaban
impresionadas al ver las flores, y el aroma con que éstas llenaron las
habitaciones.
- ¿Dónde las encontraste? - preguntó Helena.
- Bajo los árboles en la ladera de la montaña - dijo Marouckla.
Helena guardó las flores para ella y su madre. Ni siquiera agradeció a su
hermanastra por las dificultades que tuvo que tomar.
Al día siguiente, quiso que Marouckla le trajera frutillas.
- Corre, le dijo - y tráeme frutillas de la montaña. Deben estar muy dulces y
maduras.
- ¿Pero cuándo has oído que las frutillas maduren en la nieve? - exclamó
Marouckla.
- Cuida tu lengua, gusano. No me respondas. Si no traes mis frutillas, te mataré
- dijo Helena.
Entonces la madrastra empujó a Marouckla hacia afuera y cerró la puerta. La
desdichada joven hizo su camino a la montaña y hacia el gran fuego alrededor del
cual se sentaban los Doce Meses. El gran Enero ocupaba nuevamente el lugar más
alto.
- Hombre de Dios, ¿puedo calentarme con su fuego? El frío invernal me congela -
dijo ella, acercándose.
El gran Enero levantó su cabeza y preguntó:
- ¿Por qué has venido? ¿Qué buscas?
- Busco frutillas - dijo ella.
- Estamos en medio del invierno - replicó Enero - y las frutillas no crecen en
la nieve.
- Lo sé - dijo tristemente la muchacha - pero mi hermana y madrastra me
ordenaron llevarles frutillas. Si no lo hago me matarán. Les ruego, buenos
pastores, que me digan dónde encontrarlas.
El gran Enero se levantó, cruzó hacia el Mes que se encontraba en la posición
opuesta, y poniendo la varita en su mano, dijo:
- Hermano Junio, toma tú el lugar más alto.
Junio obedeció, y movió la varita hacia el el fuego. Las llamas se elevaron
hacia el cielo. Instantáneamente la nieve se derritió, la tierra se cubrió de
verde, los árboles estaban vestidos con hojas, los pájaros comenzaron a cantar y
muchas flores adornaron el bosque. Era verano. Bajo los arbustos había
ramilletes de flores estrelladas se convirtieron en frutillas maduras, e
instantáneamente cubrieron el suelo, haciéndolo parecer como un mar de sangre.
- Reúnelas rápidamente, Marouckla - dijo Junio.
Alegremente ella agradeció a los Meses, y habiendo llenado su delantal corrió
feliz a su hogar.
Helena y su madre se maravillaron al ver las frutillas, que llenaban la casa con
su deliciosa fragancia.
- ¿Dónde las encontraste? - preguntó Helena.
- Justo en medio de las montañas. Las que se encuentran bajo las hayas no están
mal - respondió Marouckla.
Helena le dio algunas pocas a su madre y se comió el resto. Ni una le ofreció a
su hermanastra. Y ya cansada de las frutillas, al tercer día decidió que ahora
quería unas frescas manzanas rojas.
- Corre, Marouckla - dijo - y tráeme manzanas rojas y frescas de la montaña.
- ¿Manzanas en invierno, hermana? ¡Las árboles no tienen ni hojas ni frutas!
- Ve inmediatamente - dijo Helena - y a menos que traigas las manzanas, te
mataré.
Como antes, la madrastra la arrojó rudamente afuera de la casa. La pobre chica
fue llorando a la montaña, cruzó la profunda nieve, y alrededor del fuego
encontró a los Doce Meses, donde como siempre estaban sentados y, sobre la roca
más alta, se hallaba el gran Enero.
- Hombre de Dios, ¿puedo calentarme en su fuego? El frío invernal me congela -
dijo ella acercándose.
El gran Enero levantó su cabeza:
- ¿Por qué estás aquí? ¿Qué buscas? - le preguntó.
- Busco manzanas rojas - respondió Marouckla.
- Pero es invierno, y no es estación de manzanas rojas - observó el gran Enero.
- Lo sé - respondió la joven - pero mi hermana y madrastra me han enviado a
recoger manzanas rojas de la montaña. Si regreso sin ellas, me matarán.
Como antes, el gran Enero se levantó y fue hacia uno de los Meses mayores, a
quien entregó la varita, diciendo:
- Hermano Septiembre, toma tú el lugar más alto.
Septiembre se trasladó a la roca más alta, y movió la varita sobre el fuego.
Hubo un resplandor de llamas rojas, la nieve desapareció, pero las descoloridas
hojas que temblaban en los árboles fueron enviadas por un viento frío en grupos
amarillos hasta el suelo. Sólo unas pocas flores de otoño eran visibles. Al
comienzo Marouckla buscó en vano por manzanas rojas. Entonces espió un árbol que
crecía a gran altura, y de sus ramas colgaba la brillante fruta roja. Septiembre
le ordenó que las juntara rápido. La chica fue pronto a sacudir el árbol.
Primero cayó una manzana, luego otra.
- Eso es suficiente - dijo Septiembre - apresúrate en regresar a casa.
Agradeciendo a los Meses, volvió a casa alegremente. Helena y su madrastra se
impresionaron de ver las frutas.
- ¿Dónde las recogiste? - preguntó la hermanastra.
- Hay más en la punta de la montaña - respondió Marouckla.
- Entonces, ¿por qué no trajiste más? - dijo Helena enojada. - Debiste
comértelas en el camino, niña malvada.
- No, querida hermana, ni siquiera las he probado - dijo Marouckla. - Sacudí el
árbol dos veces. Una manzana cayó cada vez. Unos pastores que allí había no me
permitieron sacudirlo otra vez, sino que me dijeron que regresara a casa.
- Escucha, madre - dijo Helena. - Dame mi abrigo. Iré a buscar algunas manzanas
yo misma. Podré encontrar la montaña y el árbol. Los pastores podrán gritarme
que pare, pero no me iré hasta haber sacado todas las manzanas.
Contra el consejo de su madre, ella se puso la capa y el sombrero e inició el
camino a la montaña. La nieve cubría todo. Helena se perdió mientras vagaba sin
dirección. Después de un tiempo vio una luz sobre ella y siguiendo esa
dirección, alcanzó la punta de la montaña.
Había un fuego llameando, los doce bloques de piedra, y los Doce Meses. Al
principio tuvo miedo y dudó, pero luego se acercó y calentó sus manos. No pidió
permiso, ni siquiera dijo una palabra.
- ¿Qué te ha traído por aquí? ¿Qué buscas? - dijo el gran Enero severamente.
- No estoy obligada a decírtelo, viejo barbagrís. ¿Cuál es tu negocio? - replicó
desdeñosamente, dando la espalda al fuego y yendo hacia el bosque.
El gran Enero frunció el seño, y agitó su varita sobre su cabeza.
Instantáneamente el cielo se cubrió de nubes, el fuego bajó, la nieve cayó en
grandes copos y un viento helado azotó a la montaña. En medio de la furia de la
tormenta, Helena tropezó. La capa no le abrigaba, y tenía entumecidos los
miembros.
La madre se quedó esperándola. Miraba por la ventana, y también desde la puerta,
pero su hija no regresaba. Las horas pasaron lentamente, y Helena no regresó.
- ¿Puede ser que las manzanas la hayan encantado fuera de su hogar? - pensó la
madre. Entonces se abrigó y decidió ir a buscar a su hija. La nieve caía en gran
cantidad, cubriendo todas las cosas. Por largo tiempo vagó sin dirección. El
viento helado golpeaba a la montaña, pero ninguna voz respondió a sus gritos.
Día tras día Marouckla trabajó, y rezó, y esperó, pero ni la madrastra ni la
hermana regresaron. Se habían congelado en la montaña.
La herencia de una pequeña casa, un campo y una vaca fue para Marouckla. Con el
tiempo un honesto granjero se casó con ella y vivieron sus vidas feliz y
pacíficamente.
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