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Las cuatro manzanas

Una tarde, volviendo al bosque de regreso de una excursión, un caballero encontró sentado sobre un tronco a un joven campesino, que parecía cansado y triste. Se le acercó y le preguntó:

- ¿Qué te ocurre, buen hombre? ¿Qué haces aquí?

El interrogado levantó la cabeza, miró a su interlocutor y respondió:

- ¡Oh, señor! Estoy muy triste, porque me encuentro en un grave aprieto del que no sé cómo salir.

- ¿Es posible – exclamó el recién llegado – que a tu edad y buen mozo como eres tengas un problema tan grave que no puedas resolverlo? Explícame eso.

- Escúchame, señor – contestó el campesino –, y cuando te haya referido mi historia quedarás tan perplejo como lo estoy yo ahora.

- Bien – dijo el caballero –: cuéntame y veremos.

- Señor – comenzó tristemente el joven –, mi madre, que es ya viejecita, quiere que una mujer joven y bonita se case conmigo para que, cuando ella ya no esté en este mundo, tenga yo a mi lado quien me cuide y quiera.

- Todavía no veo dónde está ese gran problema. Porque en tal situación se encuentran, tarde o temprano, todos los hombres.

- Sí, señor, pero no todos los hombres se ven en la situación en que me veo yo. Tengo que elegir entre cuatro bonitas muchachas: las cuatro me gustan mucho; las cuatro me quieren y cada una de ellas aspira a ser mi esposa.

El caballero quedó silencioso, no ocurriéndosele qué solución podría sugerir al campesino.

Permaneció pensativo largo rato, al cabo del cual, volviéndose hacia el campesino, le dijo:

- Buen hombre, creo haber encontrado la manera de solucionar tu problema. Vuelve a tu casa y prepara una buena comida, a la cual convidarás a las cuatro muchachas. Al final de la misma ofrecerás a cada joven una manzana, sin olvidar poner al lado de cada plato un tenedor y un cuchillo. Yo observaré cómo comen la manzana y después te diré cuál es la muchacha que te conviene.

- Encantado con tu propuesta, señor – respondió el joven.

Llegada la noche, el invitado se dirigió a la casa del campesino. Estaba contento de hacer un favor a la anciana madre, al campesino, a una de las cuatro muchachas y también a sí mismo, pues se le ofrecía una espléndida comida.

A la hora convenida llegaron las cuatro jóvenes, ataviadas con sus mejores trajes, arregladas con el mayor cuidado y cada una más bonita que la otra. Hasta el buen consejero, tan astuto e inteligente, estaba perplejo ante la dificultad de la elección.

Al final de la comida, que transcurrió muy agradablemente, el campesino ofreció a cada muchacha una manzana, como habían convenido.

La primera cortó la fruta en cuatro porciones, comió una y dejó las otras tres en el plato.

La segunda también la cortó en cuatro partes y la peló de manera que junto con la cáscara quedó buena parte de la carne de la fruta.

La tercera, con una mueca de disgusto, dejó a un lado la manzana, diciendo:

- No me gusta esta fruta.

La cuarta muchacha cortó cuidadosamente en cuatro partes la manzana, la peló despacito, con mucho cuidado para no desperdiciar nada de la pulpa, y luego la comió toda con buen apetito, saboreándola como si se tratara de un manjar.

- Joven campesino – dijo entonces el caballero – ésta es la muchacha para ti, y te voy a explicar por qué: Como has visto, la primera no sabe hacer economía, pues tiró tres cuartas partes de la manzana, comiendo una sola. La segunda no es prolija, porque dejó una cáscara muy gruesa, desperdiciando gran parte de la fruta. La tercera es vanidosa, porque un fruto simple, sano y barato, lo cree indigno de ella. Por el contrario, la cuarta posee todas las cualidades que faltan a las demás: es cuidadosa, serena, sana y sierre está alegre y de buen humor; sabe gustar de las delicias sencillas que le ofrece la vida. Cásate con ella, amigo mío, y vivirás siempre feliz.

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