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El rey que vino del mar
Leyenda dinamarquesa
Hacia
mucho tiempo que Dinamarca se hallaba sin rey, puesto que por un lado la
saqueaban continuamente las flotas de los vikingos, que habían convertido en
fortalezas y refugios las islas del Báltico, y por otro la anarquía devoraba al
país, entre los abusos de los señores y el pillaje a que se habían acostumbrado
los hombres del pueblo.
Hasta que, de pronto, cierto día, vieron todos avanzar hacia una de las playas
una magnífica nave procedente de los madres del Norte. Hinchada por el viento la
impelía una gran vela roja y cuadrada. El barco llevaba tallada en la proa una
enorme cabeza de dragón y sus costados estaban adornados con guirnaldas de
flores y espejos.
Al fin quedó varado en la playa, y cuando todos esperaban ver saltar en tierra a
la tripulación, ni un solo hombre apareció a bordo, con gran asombro de los
marineros y campesinos de todas partes que, temerosos, lo contemplaban desde
lejos, abandonando sus habituales trabajos, alarmados al creer que llegaban los
vikingos.
Enterados del hecho los señores, enviaron allí un grupo del ejército para que
hiciera frente a los supuestos invasores. Pero fue en vano el pretender luchar.
Nadie respondía desde el barco a los desafíos, denuestos y flechas, por lo que
furiosos los soldados, empuñando sus hachas, se lanzaron al abordaje.
¿Y qué vieron entonces, estupefactos? Ni un solo hombre. Únicamente, junto al
mástil, un niñito casi desnudo estaba recostado sobre una gavilla de trigo.
Y, en torno suyo, grandes montones de joyas, riquísimas armas de oro, escudos de
bronce, corazas, trompas y cuernos de marfil, etc. Parecía aquello el botín de
un combate o un saqueo.
Los guerreros cogieron cuidadosamente al niño, que creyeron les enviaba el
cielo, y lo pasearon en triunfo por entre la multitud que les esperaba, no
sabiendo si había que huir o luchar. Entonces los señores se reunieron en
consejo y acordaron proclamar como su rey a aquella criaturita enviada del cielo
para traerles la paz.
Como símbolo llamaron a aquel niño "Skiold", que significa "escudo".
Skiold fue en su larga vida un rey modelo, que llevó la felicidad al país.
Cuando murió, y en cumplimiento de su propio deseo, su cuerpo fue colocado en el
mismo barco en que había llegado y que aún se conservaba.
Luego, impulsado mar adentro, fue confiado a los vientos para que le hiciera
regresar al reino de donde había llegado, una vez cumplida su misión en
Dinamarca.
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