|
12 errores en la
discusión de pareja
Por: D. Alberto Donoso
Consejero familiar
La
rutina, contra lo que se piensa, no es el mayor enemigo del matrimonio. Lo es,
aunque sólo se sospeche, una mala calidad de comunicación, que no equivale a la
pérdida de toda privacidad personal o a una mal entendida franqueza.
Una mala educación consiste,
sobretodo, en el feo vicio de ignorar al cónyuge en cualquiera de los campos de
su actividad humana. Este hábito pernicioso creará mecanismos de cierre en el
ofendido que herirán al ofensor, generando nuevos círculos viciosos alimentados
por el rencor y mayor distancia entre ambos.
A modo de ejemplos de áreas
conflictivas, señalaremos doce errores de notable frecuencia en una discusión
matrimonial.
1) Descalificar
Cuando se discute, al menos
uno de los cónyuges se siente herido y presa de la ira. Con deseos de saciar su
cólera, desea herir al otro haciéndole sufrir un poco al menos, así como él
sufre. Se grita, se ofende, se descalifica, se burla, se remueven heridas. El
centro de la disputa queda focalizado en atacar y ganarle al otro. No se busca
primariamente encontrar una solución.
Este mecanismo excluye, por lo
tanto, cualquier opción cordial de escuchar al otro. Quien se hiere busca
venganza… y el círculo vicioso se crea. Los oídos se van cerrando y se siente
que cualquier grado de concesión es una forma de ser derrotado. Y en una guerra
nadie quiere perder.
Un buen mecanismo de defensa
de la pareja consiste, por tanto, en evitar descalificar al otro. Mientras menos
lleguemos a herir al otro, mayor disposición obtendremos para solucionar lo que
nos duele. Si el otro no se siente en posición de batalla, no tendrá problemas
en ceder o en mostrarnos su punto de vista y aclararnos, por ejemplo, un error
que nosotros mismos podríamos haber cometido.
2) Sólo el problema
El rencor y el dolor son malos
consejeros. En el momento de una discusión lo frecuente es que sólo venga el
recuerdo de qué es lo que odiamos en el otro, su pasado ofensivo y sus
costumbres irritantes. Por lo tanto, el detonante que hizo estallar en ese
momento pareciera ser en sí mismo el punto a debatir. Sería ridículo negar que
objetivamente ha ocurrido un “algo” que detonó esa bomba. Y pelearse durante
horas por la interpretación de ese “algo” no ayudará a nada más que a acumular
nuevas heridas y formas de agresión, física o psicológica.
Sin embargo, lo usual es que
sea el problema el protagonista de la discusión. Modificar este robo de
protagonismo puede contribuir a solucionar la riña.
Por ejemplo, desplazar la
atención, presentando el problema como si fuera real y buscando salidas o
soluciones al mismo. No importa si es real o no: quien cedió sabe que en algún
momento se aclarará todo y se suprimirán algunas medidas. Pero al menos no se
continuó con el desangramiento afectivo.
Otro mecanismo conveniente es
intentar enumerar las complicaciones o dificultades que se encontrarán en la
salida de un problema y valerse de las soluciones propuestas como espacios
apropiados para trabajar en equipo. La cercanía puede ser un primer paso para
sanar las heridas.
Una solución, sólo por
responder a un planteamiento particular, no implica que realmente sea la
respuesta a un conflicto real. La salida que se encuentre debe ser justa para
ambos, no sólo para el que grita más fuerte o hiere con más fuerza. El error de
ceder tempranamente es que, para ganar confianza como pareja los acuerdos mutuos
deben cumplirse con un cierre, y no sólo limitarse a aumentar un historial de
frustración que fácilmente se convierte en arsenal para cualquiera de los dos
agresores.
3) Ni el momento ni el lugar
Sin pedir un control que no
fue extraño hasta la generación de nuestros abuelos, es importante recomendar a
la pareja que procuren discutir bajo condiciones adecuadas. Una regañina a la
salida del trabajo, frente a los compañeros laborales o frente a la familia o
amigos puede llegar a ser más dañino por el lugar y momento que por el tema de
discusión en sí mismo.
De ser posible, ha de buscarse
un espacio de armónica intimidad lo más a la mano posible. Un lugar que propicie
la libre expresión de lo que se siente y la búsqueda de soluciones y arreglos
que lo superen.
Recordar, también, la pena que
siente quien se deja desbordar por la ira cuando recuerda el papelón que hizo
vivir a ambos cónyuges o el daño ante seres queridos es un buen aliciente para
evitar caer en esta tentación.
Una sugerencia interesante es
acercarse a un lugar abierto, con entorno natural, o bien un espacio de íntima
calidez que derrita el hielo que se instaló entre ambos.
4) El egotismo a descubierto
Un tema recurrente en
entrevistas con parejas en la falta de atención que sienten los cónyuges. Lo
curioso es que no pocas veces suele ser la primera vez que lo oyen de labios del
otro. Y es que al discutir con frecuencia nos encerramos en nosotros mismo, en
nuestros demonios y pasiones. Y nos cegamos y aturdimos respecto al otro. Ni le
oímos, ni vemos más que para medir el efecto de nuestro odio desbordante y la
rabia que nos da su torpe reacción.
A cambio, sostener una
discusión donde nos regalamos por entero al otro, en un acto de donación
conyugal digna del amante más perfecto, puede ser el comienzo de un gran cambio
en las cosas. Si bien acariciar al otro no es lo más indicado de entrada, sí lo
es cuando la intimidad y cercanía nos expresan mejor al concluir y proponer
salidas conjuntas. Mirar a los ojos. Escuchar sin interrumpir, respirar con
calma son señales muy bien recibidas por el otro, que apartan del todo el clima
de “guerra matrimonial” tan tristemente frecuente. Pusimos fuera toda muestra de
crítica o ánimo de herir.
Comos señaláramos arriba, se
trata de un momento adecuado y de un lugar conveniente. Por lo tanto, no es lo
más recomendable estar dedicados a otra actividad mientras se discute, ni
ocupados con otros temas en mente. Quien discute quiere decir algo. Y quien
responde quiere ser oído. ¿No es fácilmente predecible el feliz resultado de
darnos por enteros en ese momento de intimidad conyugal?
5) Dar un primer profundo
zarpazo
¿Qué se espera de la evolución
de una discusión cuando el primer acto es apuñalar donde más duela?
La secuencia de momentos es
fácilmente ilustrable. Del dolor abierto vendrá una respuesta cruenta y de esta,
la contrarespuesta. Las mentes cegadas por el rencor y el cuidado de no perder
encaminarán a una destructiva secuencia de puñaladas y acuchillamientos
emocionales. De allí no saldrá nada bueno. Apenas otra cicatriz en el historial
de dolores de la relación.
Sin embargo, ¿qué ocurriría si
por variar, si por intentar una forma distinta de comenzar a plantear un
problema o tema de discusión, se comenzara con un elogio del otro? Imaginemos la
situación. En lugar de abrir los labios para lanzar un zarpazo, elogiamos algo
del otro, comentamos un aspecto que nos gusta. ¿Eso abre o cierra a nuestra
pareja? Y luego, con cuidado de no concentrarse mas que en buscar una solución,
y compartida, vamos exponiendo los hechos sin intentar herir. ¿Quién negará la
buena disposición que encontraremos, el ánimo de ceder o de opinar que
generamos?
6) Ambiguos y mudos
No pocas veces, por evitar
empeorar más la situación, caemos en el corrosivo campo de los “no concretos”.
Señalamos que odiamos cosas, pero no las especificamos. No decimos ni qué es lo
que no nos gusta ni porqué no nos gusta. No alcanza con enumerar el listado de
cosas que odiamos del otro, con tanta precisión que ni un bisturí de disección
alcanzaría.
Un modelo constructivo es
abandonar el campo de lo no concreto y pasar a ser específicos. Si callar lo que
nos molesta empeora las cosas en lugar de mejorarlas, lanzar problemas sin
aclarar su naturaleza es igualmente mortal. Si queremos señalar algo que no anda
bien, indiquemos qué es lo que no va bien, porqué no va bien, cómo nos gustaría
que fuese, etc. De esta manera quitamos angustia al otro, pues le mostramos sin
dudas el centro de la cuestión, le ilustramos en cómo lo va haciendo mal y cómo
nos gustaría.
A continuación se puede
conversar en la búsqueda de salidas o intercambio de opiniones sobre el tema. Y
si aplicamos los consejos que vamos exponiendo en estas líneas, confíe el lector
en que se llegará a buenos acuerdos.
7) “Yo te acuso”
Muchos matrimonios, al
discutir, dan la impresión de maestros regañando a sus alumnos o de fiscales en
la Corte acusando a reos de los peores crímenes. Lejos de cooperar con un buen
desarrollo de la discusión, la actitud agresiva e intimidante cierra al acusado
a cooperar con el problema. Por el contrario, le coloca en la posición de quien
se defiende de no importa qué postura que ahora deberá sostener como suya.
Depurar nuestras palabras de
juicios de valor y acusaciones, del tono reprendedor y de cuchilladas
psicológicas abrirá a nuestra pareja a nuestro problema y a encontrarle
solución.
8) Disparar y huir
¿Qué cosa es más frecuente que
convertir una discusión - que no se quiere larga y enfadosa - en algo semejante
a un pelotón de fusilamiento donde descargamos toda nuestra ira y frustración
para luego huir, cerrando toda puerta nuestra espalda?
Si aplicamos las
recomendaciones enunciadas, lograremos evitar los errores y conducir el
encuentro en una búsqueda de soluciones. Sin embargo, forma parte del proceso de
pareja, darnos espacios a aclaraciones, a asegurarnos que nos hicimos comprender
y confirmar que comprendimos bien al otro, tal y como nosotros mismos quisimos
ser entendidos en nuestro punto de vista. El clima que queda flotando en el
ambiente tras haber mutuamente entendido que el otro nos interpretó
adecuadamente y que trabajaremos en el conflicto es un poderoso atractivo para
reencender la relación de pareja.
9) Todo a un mismo tiempo
No importa cuan largo sea el
prontuario de crímenes de nuestra pareja, listado que mantenemos con una
precisión que el mismo Satanás envidiaría de la cuenta que lleva por nuestros
malos actos.
Si lo que honestamente
deseamos es solucionar un problema y no solamente descargar nuestro odio contra
el otro, entonces aprenderemos a concentrarnos en un punto por vez. Es irreal e
inmaduro esperar cambiar toda una personalidad y toda una vida con el desarrollo
de una sola discusión.
Con calma, amor, paciencia y
buena voluntad lograremos más metas de las que esperaríamos desde nuestra oscura
aprensión. Y, de paso, nuestra pareja verá en nosotros mismos algunos cambios
que anhelaba, si acaso nosotros mismos pusimos buena voluntad.
10) Agresiones
Si realmente deseamos
conversar, el tono de voz alto e hiriente, casi a gritos, enerva y pone a la
defensiva al cónyuge, quien probablemente reaccionará con gestos de réplica
agresiva o descalificador hartazgo.
Como contraparte igualmente
perniciosa se encuentra la costumbre de algunas personas por encerrarse en el
mutismo o poner caras de rabia mal contenida aunque no digan nada al respecto.
Mantengamos un aspecto sereno,
abierto al otro, con un tono y nivel de voz agradable, midiendo mucho las
palabras y lo que decimos. Es un esfuerzo enorme, es verdad, pero sería muy
vergonzoso reconocer que lo que en verdad queremos no es solucionar un problema
sino maltratar al otro sin remordimientos.
Invitemos a nuestra pareja a
escucharnos, abriéndole las puertas para expresarse con la misma cordialidad,
donde la agresividad quede desterrada. Quienes aplicaron estas medidas dan
cuenta de los resultados asombrosos a poco de valerse de ellas.
11. Rencor
Suponiendo que la pareja
realmente desee superar todo cuanto le separa, para reencantar la relación que
un primer día les dio sentido a sus vidas y les condujo al altar a prometerse
eterno amor, es aquello que recomendaré: abandonar los rencores. Dejar de lado
esa incapacidad de no poder soportar haber sido molestado en algo.
No se trata sólo de practicar
la virtud cristiana, que a semejanza del buen Dios perdona culpa y delito,
derritiendo todo en Su Corazón Misericordioso. Si no hay misericordia en la
pareja no habrá Misericordia sobre ellos ni para con ellos. El rencor corrompe
el alma, como un gusano vil que pudre los mejores frutos del amor de pareja.
Allí queda la infame criatura diabólica, destruyendo todo buen sabor y recuerdo
feliz.
El rencor mancha todos los
momentos y no da paz al rencoroso sino hasta cuando puede descargar venganza
sobre el ofensor de su orgullo.
Muchas discusiones no se
tratan más que de ajustes de cuentas entre vicios. Y es muy fácil que la hoguera
de la discusión reviva y alimente a otras criaturas malignas.
Perdonar de corazón como
nosotros queremos ser perdonados, y olvidar las ofensas con la generosidad con
que querríamos ver olvidadas las nuestras, es el modelo más seguro y garantizado
de traer paz al matrimonio.
12.- Retorno a la zona oscura
¿Qué pareja no es
particularmente más vil e insidiosa que aquellas que recaen en una discusión que
dieron por superada? ¿Qué cónyuge no se ve presa de la mayor de las iras cuando
ve al otro incurrir en aquello, en precisamente aquello que se dio por entendido
y corregido?
Cuando la pareja aprendió a
cambiar sus modelos y formas de discutir, cuando comprendimos el fondo y la
forma de una buena y sana discusión, queda recomendar dos grandes medidas
preventivas:
La primera es conversar en
otros momentos, distintos a los de la discusión, el modo de seguir aplicando
algunas de las salidas que se encontraron a los problemas y las formas que a
partir de ese momento se aplicarán. Es muy importante que fuera de todo aroma de
guerra, se asienten los pasos a seguir y se recompensen los logros. Del mismo
modo, es vital que no se prolongue la discusión en el tiempo a causa de haber
quedado mal cerrada. Todo tiene reparación con buena voluntad sin necesidad de
mantener los sentimientos corrosivos. La experiencia de las parejas que
cambiaron de rutina avala la certeza de que con ganas y voluntad, se puede
superar todo.
La segunda, es más efectiva y
segura. La oración en la vida de pareja es tan importante como la convivencia
familiar o la vida de alcoba. Con oración, fe y humildad, y el deseo ardiente de
vivir como buenos hijos de Dios, con los auxilios y remedios de la Iglesia,
podremos avanzar con paso seguro, libres incluso de la acción perniciosa del
Enemigo del matrimonio y de toda felicidad humana.
|
¿Tiene
conflictos en su matrimonio? Si desea
oraciones
por
esta causa
ingrese
aquí, y en caso de querer mantener
correspondencia con nosotros para
comentar o recibir consejo
sobre su caso, nos agradaría recibir su carta.
Haga
click aquí para escribirnos. |
Fuentes
relacionadas:
|
|
El Círculo de Oro
Guía práctica para mejorar las
relaciones con su pareja y familia
Precio US$
4.50 |
Regresar a portada
»
|