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Hacer un éxito del matrimonio
Las formas de trato que socavan la paz del hogar
Por: P. John A. O'Brien
Un campanillazo conminatorio, acompañado de golpes insistentes en la puerta,
interrumpió mi sueño. El despertador marcaba las dos de la madrugada. ¿Qué
traería a un visitante a la rectoría a esa hora? Me vestí rápidamente y corrí
escaleras abajo.
Me encontré con un hombre de mediana edad, pálido el rostro y los ojos
desmesuradamente abiertos. "Padre", me dijo, en tono suplicante, "¿querría usted
acompañarme a mi casa? He tenido un grave altercado con mi mujer. Me ha dicho
que ha terminado conmigo para siempre y que se marcha... ¡Sólo usted puede
salvar nuestro hogar! ¿Quiere venir?".
"En realidad nos queremos", continuó el hombre mientras echábamos a andar, casi
a tientas, por las oscuras callejuelas. "Nuestra vida sería todo lo que se puede
desear, si no fuera por nuestras explosiones de ira. Tengo mal genio. Me
enfurezco a la más leve provocación y digo cosas que molestan y lastiman. De
pronto nos encontramos peleando como perro y gato". Y luego agregó: "Nosotros...
¡que nos queremos tanto!"
Fue aquélla mi primera "llamada de enfermo", difícil por demás para un sacerdote
de 23 años, de reciente ordenación, carente de experiencia en el ajuste de
querellas domésticas. Durante una hora supliqué a la esposa que diera una nueva
oportunidad a su marido; la recordé el consejo del Maestro de perdonar tanto
como esperamos ser perdonados. Le recordé el solemne voto matrimonial que habían
hecho de permanecer unidos. Finalmente capituló y convino en dar a su
arrepentido esposo "una oportunidad más".
Hice entonces que se arrodillaran. Sosteniendo ante ellos un crucifijo, les hice
repetir conmigo: "Prometo solemnemente que bajo ninguna circunstancia diré
palabras duras, coléricas, agrias a mi esposa... a mi esposo. ¡Que Dios me ayude
a cumplir mi promesa!"
Sellaron su propósito besando el crucifijo y uno al otro. Fue ese un momento
decisivo en su vida conyugal. Reconquistaron la perdida felicidad del día de sus
bodas y la conservaron hasta el final de la jornada en la tierra.
Aquel episodio sucedió hace 46 años. Fue para mí una revelación de las causas de
las desavenencias domésticas, que poco a poco he confirmado y profundizado con
la experiencia. La costumbre de pronunciar palabras cortantes hace fracasar el
matrimonio más prometedor y convierte al amor en odio.
Desde aquella noche, a todos los novios les he dicho inmediatamente de celebrada
la ceremonia nupcial: "En esta ceremonia solemne, acaban ustedes de formular el
voto de fidelidad conyugal y sé que lo cumplirán. Hay otro voto, casi igualmente
importante para el mantenimiento de la felicidad. Titubeo un poco en sugerirlo a
una pareja que acaba de jurarse amor eterno. En ese voto está implícito el
segundo; pero no está de más hacerlo explícito. Prométanse que, por grandes que
sean las dificultades entre ustedes, jamás se dirán palabras agrias".
Los recién casados precisan una técnica que les permita conservar el esplendor
de su amor en medio de las ásperas realidades de un mundo difícil. Son muy pocos
los que se dan cuenta de que las palabras agrias son las termitas que socavan
los cimientos de un hogar feliz. No porque sean pequeñas las palabras que se
dicen con rapidez y se esfuman fugazmente, deja de ser destructivo el poder que
hay en el fondo de su encono. Son como bombas atómicas en cuanto a la violencia
con que destruyen el amor y la amistad.
"Podría perdonar fácilmente muchas cosas que mi marido ha hecho sin reflexionar
y que me han mortificado", me dijo una vez una esposa resentida, "pero aunque
alcance a vivir hasta los 100 años, nunca podré olvidar los insultos con que me
ha agraviado".
¿No se olvida pronto ese segundo voto de no proferir palabras coléricas? No;
porque las ocasiones de recordarlo son muy frecuentes. Cuando surge una
discusión, parece que las frases hirientes llenaran la boca, que es la puerta
del corazón, clamando para que se las deje salir a hacer daño. El problema
ocurre demasiado a menudo para que el remedio se olvide.
Cuando alguien dice que las parejas casadas por mí permanecen unidas, hay quien
alega que tal cosa se debe únicamente a que nuestra fe prohíbe el divorcio. Pero
la Iglesia no siempre prohíbe las separaciones; no son únicamente los divorcios
los que tengo que combatir, sino el quebrantamiento del matrimonio, el
alejamiento de los cónyuges uno del otro y el naufragio de los hogares por una
prolongada separación.
Hay quienes creen que un desahogo violento hace bien, que es algo así como una
"limpieza" para el alma y para el cuerpo. Los que así profesan admirar las
rabietas no han sabido interpretar las enseñanzas de la psicología ni de la
medicina. El perjuicio causado por un huracán emocional no sólo daña a la
persona contra quien arremete, sino también a la persona enfurecida. Se produce
una pérdida de adrenalina, un desequilibrio nervioso y el ataque de furia
debilita de muchas maneras al cuerpo, la mente y el alma. Desde luego, también
es malo "tragarse" un fastidio y mantenerlo escondido pero alimentándolo día a
día hasta que crece y se transforma en un profundo encono. Pero hay maneras de
disipar un malentendido o resentimiento sin necesidad de una erupción volcánica.
La gente, por lo general, acepta cualquier sugestión que se le haga en forma
amistosa, pero reacciona como un puerco-espín si se le grita. Una palabra
irritada provocó una disputa entre Diego y Edith, que llevaban sólo siete meses
de matrimonio. Cuando la reyerta terminó, quedó un clima de adusta tensión.
Marido y mujer permanecieron en obstinado silencio, cada uno esperando a que el
otro hiciera el primer sondeo de paz. Tres días llevaban así cuando Edith me
llamó para solicitar mi intervención.
"Los dos nos sentimos desdichados", me dijo, "y la situación se hace cada vez
más ridícula, si no trágica. Dos personas que viven juntas y no se hablan. Cada
una esperando que la otra corte el hielo. Y al pasar el tiempo, el hielo se hace
más consistente...".
"No he venido", les dije al llegar, "para juzgar quién tenía razón al comenzar
la disputa. He venido a decirles que están procediendo como niños malcriados y
no como personas mayores. La característica del adulto es que está siempre
dispuesto a poner en claro un malentendido, a decir "lo siento", "perdóname",
"olvidemos el incidente". Si permiten que continúen tales rencillas seguidas de
silencio mortificante, su hogar se hará añicos...".
Nuevamente, como antaño a la otra pareja, los hice arrodillarse y prometer
solemnemente que evitarían palabras coléricas y sellaron el pacto con un beso.
La técnica para evitar tales situaciones estriba en la observación de este
sencillo precepto: eludir las palabras agrias.
Refunfuñar es otra de las amenazas de la vida conyugal. Equivale a disputar en
tono menor y cuando se prolonga tiende a subir de tono hasta convertirse
finalmente en explosión de ira y/o rencor.
Otra amenaza contra la paz doméstica es el gesto ceñudo. La persona que se
amostaza fácilmente es parienta cercana del refunfuñón en su capacidad para
mortificar. El refunfuñón mortifica con su rezongo; la persona ceñuda con su
silencio. Hosca, displicente, se convierte en un balde de agua helada que se
vuelca sobre la alegría de la vida familiar. Como se limita a fruncir el ceño y
a tragar saliva, en vez de exponer francamente sus quejas, es con frecuencia más
difícil de tratar que el refunfuñón. Desarrolla fácilmente el "complejo de
mártir". Se cree incomprendida, despreciada, maltratada y se refugia en las
cuatro paredes sin puertas ni ventanas de su quisquillosa imaginación.
Los ceñudos llevan su matrimonio a la triste muerte por estrangulación,
agarrotados por sus imaginarios motivos de queja.
Entre las causas del encono que no se manifiestan abiertamente, ocupa un lugar
prominente las relaciones con los parientes políticos. No es cosa poco frecuente
que el cónyuge se sienta molesto por la intromisión desmedida de los parientes
del otro en el cuadro doméstico. Sin atreverse a criticarlos francamente, el
"damnificado" con frecuencia recurre al silencio torvo para mostrar su
descontento.
La segunda parte del voto o promesa de abstenerse de pronunciar palabras
coléricas es discutir las diferencias de parecer en forma serena y
amistosa. Pero ¿con quién puede hablar una esposa fastidiada? Pues... ¡con su
esposo! Marido y mujer deben comunicarse las quejas mutuas en tono cordial y
cariñoso, paradoja que encierra el precioso secreto de la felicidad.
Los psiquiatras están de acuerdo en cuanto al fecundo valor terapéutico de
confiarse a un oyente comprensivo. Constituye un catártico mental, produce
alivio emotivo, corta por las raíces los complejos que puedan estar germinando,
devuelve la paz al espíritu y restaura el aspecto físico externo. Las penas y
las quejas que se comparten son penas y quejas que se reducen a la mitad; las
que se ocultan, se duplican.
¿Es difícil cumplir el voto de abstenerse de palabras agrias? Miles de parejas
pueden testimoniar que no sólo es práctico sino relativamente fácil de cumplir.
Los hábitos de calma, consideración y bondad son tan fáciles de formar, si el
esfuerzo se hace desde el principio, como los hábitos de discutir, ofender y
mortificar. Lo importante es esforzarse desde el comienzo por adquirir los
hábitos buenos y así preservar de peligrosos escollos la barca matrimonial.
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Diez mandamientos para un matrimonio feliz
1. Harás que tu promesa de mutuo amor y fidelidad sea un voto a Dios válido
hasta la muerte.
2. Te abstendrás de toda palabra violenta, que hiere más profundamente que la
espada.
3. Respetarás la personalidad de tu cónyuge y no tratarás de dominarla ni
tiranizarla.
4. No permitirás que ningún pariente político intervenga en el manejo de tu
hogar.
5. Te abstendrás de beber cuando el alcohol pueda ser peligroso para cualquiera
de los dos.
6. Harás un presupuesto familiar y lo cumplirás.
7. Evitarás las mezquindades, rezongos, egoísmos, celos y falsa dignidad.
8. Aumentarás diariamente en consideración y afecto hacia tu cónyuge y
compartirás al máximo tus intereses y placeres.
9. Amarás a tus hijos como el don supremo de Dios y los educarás para que sean
buenos ciudadanos con firmes sentimientos de honor, respeto y justicia.
10. Te arrodillarás todas las noches para rezar con tu cónyuge y tus hijos,
sabiendo que la familia que reza unida, permanece unida.
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Fuentes
relacionadas:
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El Círculo de Oro
Guía práctica para mejorar las
relaciones con su pareja y familia
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