En
este artículo continuaremos con la segunda parte del proceso de recuperación del
fuego matrimonial, iniciado en el anterior trabajo “Cuando
el fuego se apagó”.
Una vez
que se han empezado a llevar a la práctica los puntos antes dichos, y que
seguramente ya han rendido algún resultado, trabajaremos sobre estos nuevos para
completar el entorno que favorecerá un deseo, una implementación y el éxito en
la recuperación de la relación.
Valorarse en las metas
Como
pareja y familia usted tiene expectativas, sueños… metas. Antes hicimos hincapié
en retomar aquellas actividades que nos revaloricen como individuos, y ahora es
tiempo de considerar aquellos anhelos creados en común.
Esas
metas no deben ser una causa de frustración más porque aún no se cumplen. Aún es
tiempo de involucrarse activamente en conseguirlas y ganar valor en ese camino.
Muchas expectativas pueden no ser realizables en el momento, pero de seguro, si
lo piensan, hay muchas cosas que se relacionan con eso, que sí pueden comenzar a
hacer.
Cuando
una pareja se mueve en conjunto para lograr algo, gana una comunión que le
ayudará a afrontar de una forma distinta los problemas que puedan surgir en
distintos ámbitos.
Así como
las metas personales le ayudarán en su autoestima, podríamos decir que la
autoestima de la relación también debe mejorarse, y junto con ella, recupera un
rumbo y un sentido. Los objetivos en común ayudan, además, a no sentirse
estancados, y recupera el deseo de hacer algo por alcanzarlos.
Cada paso
es un punto más cerca del premio. Y si el proceso es común, resulta ser una
estimulante forma de aprender a quererse mejor.
Sin
embargo, es importante considerar que estos objetivos no deben ser de una índole
únicamente laboral. Querer surgir es lícito y correcto, pero no puede serlo
todo. Si alguna vez ustedes conversaron de deseos conjuntos, llámense estos
viajar, hacer fotografías, aprender un idioma, o lo que sea que les mueva a
ambos, deben empezar a recorrer el camino para conseguirlo. Y si nunca lo
hablaron, es un momento muy bueno para empezar a hacerlo.
El
valor del deseo
Es el más
complicado de los puntos a tratar y uno de los campos que más se resienten en
una crisis de pareja: la vida conyugal. Basta mirar en derredor para encontrar
cientos de casos de personas que pasan por el enfriamiento, la distancia y hasta
la aversión hacia las relaciones maritales.
La razón
es sencilla: la sexualidad nos lleva a compartir lo más íntimo de nosotros
mismos, a entregarnos y dedicarnos al otro cónyuge. Si algo le resiente, no
querrá entrar en esta instancia y sentirá incomodidad.
Una
relación de mutuo estímulo comienza a girar entre esta falta de deseo de
intimidad y su autoimagen mutilada en un campo propio de la vida de esposos. El
círculo vicioso enfriará hasta congelar la relación, casi negando su feminidad o
masculinidad. O, como salida opuesta, llevándole por caminos equívocos para dar
salida a sus instintos.
Si valora
el lícito deseo, sintiendo que progresivamente puede ir compartiendo espacios,
momentos, sin expectativas, podrá con paciencia romper el círculo vicioso,
elevando su autoimagen y provocando deseos de compartir mucho más.
Valorar
el deseo significa estar abiertos a nuestras necesidades en la intimidad y dado
este paso, abrirnos a las de nuestra pareja. Se trata de partir desde el frío a
la tibieza y de allí al calor que debe encender la llama del hogar.
El
matrimonio está llamado a calmar esos ímpetus naturales, que traen sosiego a los
esposos y generan una mayor unidad entre ellos. Por eso, si bien este tema
requiere una mayor profundización en próximos trabajos, es importante comenzar a
considerar que si no se resuelven las dificultades que existan al respecto,
difícilmente la pareja volverá a funcionar completamente bien. Y es que si
quienes contraen el vínculo matrimonial han consentido tácitamente con ofrecerse
apoyo, prodigarse cuidados, amarse y permanecer unidos, pero con esta frialdad
transmiten rechazo, rabia o indiferencia, es difícil que la relación no se
resienta o encuentre herida.
Prueben,
si este es el caso, con empezar a buscar instancias que favorezcan el
reencuentro de su intimidad como matrimonio. Lean juntos sobre el tema, pasen
veladas a solas, sorpréndanse siquiera con pequeños gestos. No es tal vez
posible esperar que el cambio se produzca de un momento a otro, pero sí es
importante demostrarse mutuamente un deseo de restauración, y un intento por
lograrla.
Valorar lo que se tiene
Finalmente, el último punto para iniciar el cambio es el de valorar cada logro y
aquello que se ha alcanzado como don gratuito.
La vida
no es un incesante devenir de nuevas necesidades que asegurar para proseguir con
las siguientes.
La
tensión del éxito muchas veces se erige sobre los despojos de la familia.
Muchos, al triunfar se encuentran solos, con sus matrimonios y familias
destruidas.
Valorar
entonces lo que se tiene ahora es el modo de vida correcto. Cada aspecto de sus
vidas que ya han alcanzado ha de ser un momento de alegría que gusten de
resaborear una y otra vez. El matrimonio, los hijos, sucesos de la vida,
experiencias, siniestros superados, bienes, su amor, etc. Todo será una feliz
ocasión para alegrarse y recordar la historia familiar detrás de cada punto
donde se pose la vista o la memoria.
Esta
forma positiva de tomar los acontecimientos, permitirá que el valor de lo
logrado les anime a más, y también que el contento que experimentan le de un
sentido y un gusto a su vida actual. No vivimos en el futuro, sino en el
presente, y esta repetida premisa es más importante de lo que imaginamos. Así
como antes hablamos de halagar a la otra persona para valorarla y lograr que
repita aquello que nos agrada, también tenemos que valorar nuestra vida actual y
así lograremos que se repitan otros momentos de alegría conjunta.
Gran
parte de los problemas maritales se resuelven con un cambio de actitud, que
puede comenzar por cualquiera de los dos, o por los dos juntos. Es muy común
que, como una especie de “revanchismo”, no queramos ser nosotros quienes
iniciemos el cambio necesario para conseguir la mejoría. Pero esperar que el
otro lo haga es una actitud infantil que puede costarnos la felicidad y la
familia. Por eso, una vez que hemos detectado las fallas de nuestra relación,
hemos de avocarnos a remediar los escollos con toda la energía que podamos.
Puede ser difícil comenzar, pero una vez que nos hemos zambullido, el agua
otrora tan helada comenzará a parecernos agradable, y querremos continuar
nadando hasta alcanzar la otra orilla.
El cambio
de actitud que mencionamos acarreará sin dudarlo un cambio de actitud de los
demás. San Juan lo resumía de una bella forma, muy adecuada y clara para
terminar este pequeño trabajo: “Donde no hay amor, ponga amor y sacará amor”.