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El tesoro de la intimidad

Una de las pruebas más claras de la autenticidad del amor matrimonial – como expresión superior a la más ardiente amistad – son los espacios de intimidad. Una intimidad desconocida a los volcánicos furores de las relaciones forjadas por los aguijones de las pulsiones carnales o el prurito festivo de las relaciones por diversión y camaradería.

Por esta razón, quienes saben de amor, le buscan o poseen, atesoran sobre muchas, la joya preciosa de la intimidad. Joya tanto más preciada cuanto suele ser, probablemente, la más evasiva. Joya tanto más valiosa cuanto quienes la poseen ven que todo se torna posible. Joya luminosa y vivificante, sin la cual aún entre pasiones, confianzas, fidelidades y risotadas, reina en verdad la más auténtica soledad. Joya tanto querida y valorada cuanto confía a los felices poseedores el secreto y garantía de un matrimonio unido hasta la muerte,

Indagar entre los matrimonios fugaces, entre divorciados, separados, noviazgos deshechos y proyectos frustrados confirmaría nuestra sospecha: entre muchas otras prendas de autenticidad del amor jurado, faltó la intimidad.

Pero, ¿qué es propiamente la intimidad? Emulando a San Agustín definiendo el tiempo, diríamos que “todos sabemos que es, pero no podríamos definirlo”. Sin embargo, sí podemos distinguir cualidades o elementos que nos permiten identificarla. Y quien la encuentra en su propio matrimonio, debe darse por feliz y trabajar por acrecentarla y conservarla como tesoro precioso. Quien no la encuentre en su relación, que no desespere, pues siempre puede ser creado el ambiente y forjada la intimidad en la pareja, aunque con gran esfuerzo. Pero quien la posee asegurará que vale en mucho el esfuerzo.

Aceptar y reconocer

Quizás el más importante de sus elementos es reconocer los propios límites y visualizar al otro. Este acto interno, de formación de los mundos internos es el la base fundacional de la intimidad. Fijando nuestros límites, aceptando los de nuestra pareja, es forjar la intimidad en sus primeros pasos.

Así, cada uno podrá manifestar sus límites, sus carencias, sus vacíos y hasta sus sentidas deficiencias. Y esta exteriorización de humanidad, de falibilidad, se sabrá contenida en un vínculo de amor, donde ausente el juicio o desprecio, se da paso a la contención y al leal auxilio para superar las dificultades que conlleva y los problemas que se enfrentarán hasta salir adelante. Es reconocer, por demás, que somos distintos, pero que estamos juntos. Este movimiento mutuo, de uno para el otro, se da, precisamente, en esa íntima confianza que se sabe no traicionada ni enjuiciadora, por muchas y graves que sean las carencias y necesidades que haya que superar en el camino. Porque, precisamente, se reconocerán no como acto de ufana ostentación de defectos forzosamente sufribles por la pareja porque “somos así”. No. Por el contrario, es un acto de cristiana humildad el reconocimiento de las faltas y la solicitud de auxilio para construir lo que deseamos llegar a ser, dar y compartir.

Valorar y atesorar

Como segundo elemento, que dará peso a la intimidad, encontramos la capacidad de dar valor al otro. Es ese reconocimiento intuido y sensible de que somos lo más importante para el otro, y que el otro es lo más importante para nosotros. La fuerza conmovedora del valor y aprecio nos lleva a desear atesorar momentos, situaciones, pensamientos y vivencias compartidas o individuales donde el otro es elector principal de nuestras vivencias. Es ese “me haces sentir especial” que ilumina los ojos y sana cualquier herida. Y es, por triste oposición, esa frustrante amargura de las relaciones frustradas que confiesan no haber sentido la auténtica vivencia de haberse sentido especiales, diferentes a los demás. Una valoración, en fin, que no se funda en una candente necesidad del otro ni del fogoso llamado al otro para saciar las propias pulsiones. Es una valoración del todo con todo, de carne y espíritu, donde realmente y en muchas dimensiones, nos hacen sentir especiales y somos realmente felices con poseer a un ser que vivimos como único y especial,

Confiar y dar confianza

Un tercer elemento, que da vivacidad a la intimidad, es la calidad de la mutua confianza. Poder confiar un secreto, una confesión o cualquier instancia donde la confianza goza de credibilidad y da garantías a la intimidad. Saber que se puede confiar un secreto, compartir algo íntimo que se abre y cierra en el matrimonio es parte de los reflejos invaluables de la intimidad.

Sin romper los espacios de recogimiento interior, de legítima y necesaria privacidad, la intimidad abre a los esposos en proporciones cada vez más enriquecedoras, avalando el crecimiento de la unión matrimonial. Si todas las personas tienen secretos, todos los matrimonios también cuentan con ellos. La contención que aporta la intimidad da un marco fértil a esa apertura y donación de si mismo, sin temor a la traición, el rechazo o la manipulación.

Abrirse y ser flexibles

Con todo, la intimidad no es una panacea como el romanticismo querría desfigurarla hasta la frustración. La realidad humana del matrimonio, con defectos, carencias, vacíos, anhelos e ideales modeladores de la unión de los esposos también abre los ojos al natural distanciamiento que traen los años de rutina, los cambios internos y externos y las diversas contingencias de la vida en la tierra. Por eso la intimidad se vuelve una referencia de la autenticidad del afecto matrimonial, en tanto que a pesar de los distanciamientos, siempre vuelve a aparecer y continúa creciendo. No se pierde por la pérdida de los atractivos corporales o sentimentales. Va más allá, intuyendo el valor íntimo, esencial, del otro y el ideal que desea alcanzar.

La intimidad, entonces, supera el temor constante de pérdida del otro, de tener que esforzarse constantemente por “ganarse” la compañía de la pareja, temer “caer en desgracia” ante ojos críticos y desvalorizadores.

Para forjar la intimidad es preciso conocer bien al otro, amarlo, desear pasar el tiempo junto al cónyuge, compartir, conversar, aprender a convivir, los silencios, esto es, aprender a sensibilizarse.

Por lo tanto, la intimidad no es cosa fácil de conseguir. Requiere un esfuerzo enorme y un tacto delicado. Se forma en lo cotidiano, en el trato diario, en lo rutinario. La intimidad no se compra con eventos extraordinarios y excepcionales, espaciados en el tiempo, si bien serán formidables auxilios para enriquecer la relación.

Así los esposos aprenderán a tomar conciencia del otro, de cuánto nos resulta valioso todo lo que viene de su parte, todo lo que existe en esa persona que nos ama y quiere bien, en la misma forma que nosotros tomamos conciencia que le amamos. Con el tiempo nacerá la capacidad de dar y recibir sin resentimiento ni reservas. Eso también es intimidad.

No hay penurias, reveses económicos, infortunios materiales, quiebres de salud, traiciones, abandonos, conflictos, discusiones e incluso formas de traición al amor matrimonial que no puedan ser vencidos y superados por el verdadero deseo del bien del otro, expresado entre otras formas por la intimidad. Por este fruto del verdadero amor, comenzamos a estar seguros del otro. Esto es el tesoro de la intimidad.

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