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El sentido del compromiso

Por David Mace

El compromiso es el tradicional período de espera que precede al matrimonio, y proviene de la época en que los padres o tutores elegían marido para sus hijas. Con el correr del tiempo, en la mayor parte de los países este tipo de casamiento fue cayendo en desuso, y la iniciativa pasó de los padres al pretendiente, primero, y a la pareja después.

En principio se esperaba que el hombre se declarara formalmente, arrodillándose ante la mujer y expresando sus sentimientos con gran elocuencia. Si ella lo aceptaba, el asunto se sometía a la aprobación de sus padres, que tenían derecho a oponerse. En caso de que no hubiera objeción, la pareja se consideraba comprometida.

En los últimos años, la declaración formal se pasa casi siempre por alto. Hombres y mujeres se sienten en pie de igualdad; comienzan a hacerse amigos, generalmente hablan del asunto y convienen en casarse.

Mas hoy la seriedad del compromiso parece estar en tela de juicio. Antes era excepcional que éste se rompiera, pero ahora es cosa común.

¿Acaso deberíamos renunciar al compromiso por considerarlo anticuado? Yo creo que hoy se necesita más que nunca ese período de espera. La mayor parte de los especialistas en asuntos matrimoniales convienen en que cumple tres propósitos principales:

1. Transición: Existe bastante diferencia entre la relación extática y libre de cuidados de dos jóvenes que acaban de descubrir que están enamorados, y la serena y firme confianza mutua de quienes se sienten dispuestos a afrontar todas las responsabilidades de una vida plenamente compartida. La principal función del noviazgo es llenar la brecha entre ambas actitudes. El hecho de estar comprometida da a la pareja una idea de lo que significa que se la considere como una unidad social.

2. Prueba: El compromiso es, o debe ser, una severa prueba de compatibilidad, ya que los dos jóvenes están a punto de entablar una relación que no sólo los vinculará el uno al otro, sino también a sus familias. El que se casa se une en alto grado a la familia de su cónyuge, pues éste es un producto del ambiente familiar. Tanto la novia como el novio deben conocer a sus respectivas familias, verse en la intimidad de sus hogares y hacer frente en forma realista a las dificultades que surjan.

La verdadera prueba, sin embargo, consiste en la aptitud de cada cual para adaptarse a su compañero. Esto no se puede saber a menos que ambos deliberadamente analicen sus diferencias.

Cometen una grave equivocación quienes, por evitar discutir, dejan estos temas a un lado. Casi todos los conflictos que se rehuyen durante el noviazgo tendrán que afrontarse más tarde. Y en caso de que las desavenencias terminen siendo insalvables, es preferible romper un compromiso y no un matrimonio.

Este período permite que las parejas se equivoquen mucho menos que en los casos impulsivos en que, sin mediar esta etapa, se enfrentan de un momento a otro con las dificultades de la vida en común.

3. Preparación: El matrimonio implica muchos nuevos privilegios y responsabilidades, y es necesario prepararse para ellos con tiempo. La mayor parte de las parejas comprometidas comienzan a ahorrar para hacer frente a sus necesidades futuras. Adquieren muebles y cosas para la casa. Deben decidir en dónde vivirán; si la esposa trabajará fuera de su hogar; cómo manejar sus ingresos y qué puntos de vista e ideales están dispuestos a compartir. Casarse antes de aclarar cuestiones tan decisivas es agregar más problemas sin solucionar a los ya considerables que representa el matrimonio.

El compromiso debe durar el tiempo suficiente para que ambos novios lleguen a un acuerdo sobre estos asuntos. Salvo que se trate de personas mayores que se casan a una edad madura, no es sensato que la espera dure menos de unos seis meses. Y para las parejas muy jóvenes y sin experiencia, convendría que fuera más larga. Las investigaciones prueban que los noviazgos prolongados dan por resultados matrimonios mejor constituidos.

No rechacemos, por tanto, ese compás de espera. Reconozcamos más bien su gran mérito y empecemos a ponerlo en práctica sabia y acertadamente.

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