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¿Cómo evitar desastres en la adolescencia?

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“Nuestro hijo de trece años fue llamado por el psicólogo escolar por meterse en problemas en el colegio. Su personalidad ha cambiado mucho en el último año. (…) El psicólogo nos recomienda meterle en algún tipo de actividad organizada, ya que, según él, con este tipo de acciones juveniles disminuye el riesgo de verse involucrados en líos, drogadicción o sexo. (…) Me gustaría conocer su opinión al respecto. Nos sentimos muy mal como padres al imponer nuestro criterio a quien ya es todo un adolescente.

Raúl y Graciela, Argentina”

Respuesta

Como para cualquier desorden moral, el ocio es el caldo de cultivo para los vicios. Abandonar a un chico que además pasa por conflictos emocionales y de adaptación es corromperle. Y ustedes, como padres, serían los directos responsables. Los padres deben ser los primeros en preocuparse por la salud espiritual del hijo, tal como se desvelan por la salud física.

El ingreso al fenómeno moderno llamado “adolescencia” supone que, en primera instancia, el muchacho crece y se niega a crecer, deseando haber crecido. Tal juego de tensiones le angustia. Un sistema cultural tan inorgánico le fuerza a incorporarse a un grupo de semejantes en el que no calza. Eso los vuelve aislados, huraños, agresivos. O bien, promiscuos y ansiosos por agradar para ser aceptados. Dentro de esta lucha se incorporan los desórdenes morales que menciona.

Tenemos, entonces, tres fuerzas que le llevan a la ruina moral:

a) la presión del grupo de pares (pandilla o amigos) que le presiona para separarse de su mundo anterior (padres, educación, fe, etc.), con esos concepto de mundo y visión de la vida;

b) la despreocupación de sus padres, aún cuando sea con las justificaciones que enumera, como temer no respetar su libertad y

c) el ocio.

Proyecte una tarde de adolescentes desorientados, errando por ahí. Sólo es cuestión de tiempo y oportunidad para caer en los siniestros más imprevisibles. Exhiba usted lo que sea, etiquetado de “prohibido” y tendrá consumidores curiosos y compulsivos, anhelantes de asumirse “independientes” y “liberados”.

Su psicólogo no se equivoca en la sugerencia. Al contrario. No existe mejor consejo que el dado por ese especialista en salud mental. Estudiados los grupos organizados de jóvenes entre 12 y 17 años, revelan un alto nivel de integración, sana relación con sus padres y autoridades seglares y religiosas, buenas calificaciones, una vida social activa, compromiso social y, lo más importante: se reconocen contentos consigo mismos. 

¿El secreto? Tan antiguo como el problema que nos menciona. Ninguno de estos jóvenes tenía oportunidad de caer en las tentaciones habituales de los adolescentes abandonados a sí mismos y las malas juntas. Los jóvenes participaban de al menos una actividad extraescolar que demandaba sus energías físicas, morales e intelectivas. Se sentían importantes y protagonistas de algo que valía la pena. Se mostraban considerados con los demás, ansiosos por desplegar más de esas valiosas capacidades que iban descubriendo y conquistando frente a los nuevos desafíos. Eran elogiosamente calificados por sus conocidos en el colegio, parroquia y grupos sociales. No mostraban interés por las drogas o sexo y prácticamente no bebían alcohol. Ellos se mostraban orgullosos de sentirse responsables y responder por ello.

Eso podemos decir respecto a su hijo. Sobre ustedes, como padres, hay más que decir. Existe una relación directa entre el interés activo por los hijos y el buen desarrollo de éste. Los padres que se sienten motivados por sus hijos, ya desde antes de la adolescencia, saben que hacen éstos en sus tiempos libres, conocen a sus amistades y saben leer en sus gestos y emociones como en un libro. Siempre sabrán cuando hay problemas. Quizás no de forma exacta, con detalles, pero lo sabrán. Sienten la voz del instinto paterno que les alerta, con ese vago malestar de no alcanzar a discernir qué es exactamente que les preocupa del hijo, pero lo sienten. Como los pastores, se alertan instintivamente ante el lobo y sabiamente toman medidas apacentando las ovejas y guardándolas del peligro. Ellos jamás serían de los padres que se escandalizan luego, excusándose en su ignorancia.

Los buenos padres saben que es imposible que sus hijos no tengan oportunidad de relacionarse con sexo, drogas o actos reñidos con la sociedad. Pero el interés activo de los padres establece la enorme diferencia entre estar en riesgo, incluso bajo la tentación, y caer en tales siniestros.

Finalmente, sobre si es bueno o malo decidir por el adolescente, diremos lo mismo que dirá el sentido común. En primer lugar, es más que lícito, porque es necesario. La explicación es simple: ustedes sí saben que es lo mejor para él. En segundo lugar, que es un recurso equilibrado, que se aplica cuando la condición lo exige. No debe ser ni permanente ni inexistente.

El secreto de todo este problema está, repitámoslo una vez más, en el cuidado activo, en el interés concreto y real por su hijo. Velar por la integridad y salud física y espiritual de él implica cuidar que no tenga carencias. Y si las tiene, acudir en su ayuda, orientarlo, darle medios para crecer.

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