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La
fiesta de padres e hijos
Por: Mg. Cecilia Valdivia
Terry
Directora de Educares
Cuando
la vida nos sonríe resulta fácil decir esto, sin embargo, ya sea en primer o
segundo plano, el dolor y las contrariedades siempre nos acompañan. Cuando hay
momentos difíciles ¿se podrá decir que la familia es una fiesta? ... Para muchos
de nosotros es hasta imposible, pero desde una antropología trascendente se
puede hacer del sufrimiento un trampolín hacia una gran alegría.
Una de las características de la alegría propiamente humana es que puede
convivir con el sufrimiento, pues está basado específicamente en el amor. Por
ejemplo, la madre Teresa de Calcuta ante los enfermos, o la sonrisa de la
enfermera ante alguna persona que está en el dolor: una sonrisa que consuela y
no ofende.
Los padres como líderes de sus hijos y anfitriones de la gran “fiesta” deberán
“invitar” a su familia a tener y mantener la esperanza, proporcionando
fundamentos sólidos y perennes para enfrentar a sus hijos con su realidad y
hacerles comprender el sentido de la vida, el sentido del cansancio, de las
dificultades y del sufrimiento. Y así, procurarán liberar a sus hijos de
búsquedas innecesarias, capacitándolos para que disfruten en todo momento de su
propia realidad, sin descompensaciones ni escapismos.
Una familia sin fiesta es una familia aburrida
Organizar la gran fiesta, no es buscar por todos los medios entretenerse y
divertirse para no aburrirse. Esta es la gran paradoja; la sociedad de la
diversión se aburre. ¡Y que vengan ofertas de entretenimiento! Para las familias
instaladas en la cultura del aburrimiento, la moda es su bandera y en ella
buscan la novedad que les saque de la monotonía. El problema está cuando esta
dinámica de “ir a la moda” deja de ser algo extraordinario y se convierte
también en ordinario, aburrido y rutinario.
Los padres, y con ellos sus hijos, se aburren cuando comprueban que la novedad
material ilimitada no existe y se frustran al esperar extraordinarios, en un
mundo ordinario de familia y trabajo.
Casi sin percatarse, el padre en cuestión tenderá a “desviarse” de su misión, es
decir, tenderá a divertirse como prioridad existencial, dejando de ser el líder
que los suyos necesitan.
Como suele suceder, no es un problema de todo o nada; bueno o malo.... No
estamos diciendo que divertirse sea malo, es estupendo y valioso, pero en su
debido orden.
La diversión es necesaria, los padres necesitan de esos momentos de descanso y
esparcimiento donde disfrutar con lo que les gusta, sus aficiones, etc.
Es importante que piensen en sí mismos y así estar en perfectas condiciones para
organizar la gran fiesta...
En la cultura del aburrimiento no hay fiesta sino vacaciones, no hay adornos
sino decorados, no hay “un fondo” sino “unas formas”, no hay líderes sino
manipuladores.
La auténtica novedad la da el amor
El padre que quiere hacer de su familia una fiesta busca también la novedad,
pero su novedad no se limita a lo que ofrece el ambiente, sino que es capaz de
encontrar una novedad interior y ve cada momento como lo que es: nuevo e
irrepetible. Aunque los factores externos no varían demasiado, es el amor con
que hace las cosas lo que da la novedad.
Cuando se pierde la novedad interior se vive con inquietud interior, es decir
una ininterrumpida búsqueda de cosas nuevas que sustituyen a la inagotable
sorpresa del amor, y es necesario recalcar que con “amor”, sólo se disfruta en
una fiesta cuando uno está porque quiere, es decir, cuando ama. Si uno asiste a
una fiesta de forma forzada u obligada, la participación se torna pasiva e
indiferente.
El que vive para escapar del aburrimiento no se mueve precisamente por amor,
sino por un deseo trivial de autosatisfacción o banal autoafirmación. Como
mucho, podríamos hablar de amor a uno mismo.
El que ama quiere el bien común y no busca autosatisfacerse ni autoafirmarse,
sino que se satisface y se afirma en el amor, en la fiesta, en la donación de sí
mismo al amado. Este amor lleva a los padres a la entrega generosa, donde
encuentran alegría en ver a los hijos que crecen, se desarrollan y se hacen “más
grandes” que ellos mismos.
Un padre que vive reservándose para sí, sin emplearse a fondo en el hogar, no
podría vivir en la fiesta, pues una característica básica del anfitrión es que
se entrega a los convidados, pone en la mesa lo mejor de sus productos: el mejor
vino, los más sabrosos platos, gasta lo que tiene con generosidad porque hay
algo importante que celebrar y no tiene sentido seguir reservándose. Una fiesta
es la “elegancia del espíritu” pues muestra esa pose interior que nos permite
disfrutar de cada momento. El padre que transmite elegancia de espíritu invita a
sus hijos a una experiencia crucial de la fiesta: la contemplación.
Los padres deben provocar que sus hijos se encuentren con las artes y el
pensamiento. Una persona con capacidad de contemplación sabe, incluso, disfrutar
mejor de una cerveza, de una conversación amable, de un gesto, de un trabajo
bien desarrollado.
PASAR UN BUEN DÍA
“Celebrar una fiesta” significa “pasar un buen día”, pero ¿Qué es un buen día?
Acá entra en juego la concepción que cada uno tenga de hombre. Para algunos, un
buen día será aquel en el que hemos tenido muchas oportunidades de amar, en que
nos hemos realizado un poco más como personas.
“Un buen día” desde la cultura de la fiesta, no es aquel en el que sale bien,
tenemos mucha suerte y no hay ningún problema, sino aquel día en el que, a pesar
de los contratiempos y las dificultades, hemos luchado por hacer las cosas bien
y más aún, “bienvenidas las contrariedades”, porque el día en que haya
obstáculos será muy difícil aprender y crecer, y por lo tanto, también será muy
valioso.
Estimados Padres, que esto sirva como reflexión acerca del amor hacia sus hijos
y con su práctica, el triunfo de ellos llegará a ser su mayor felicidad.
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