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El
juego, aprendizaje social
El
juego señala las etapas de la evolución de la mentalidad infantil y constituye
para el niño una escuela de vida social. En una sociedad sana, estos pasos que
mencionaremos se dan naturalmente. Es posible que su hijo no se desprenda hoy de
los juegos electrónicos, o que esté demasiado interesado/a en bailar, mostrarse
o flirtear para atender a "cosas de niños". Si ese es el caso, considere la
posibilidad de ayudarle a reencausarse según su edad. Aquí le explicaremos
cuáles son las etapas más adecuadas para cada edad, y por qué. Cuanto más
preservemos la inocencia infantil, y le ayudemos a vivir el período que le
corresponde, más sano y mejor desarrollado estará el niño para enfrentar la vida
adulta hacia la que se encamina.
Al principio, el niño se complace en lo irreal. Los cuentos
de hadas consiguen su favor. En este mundo encantado, todo es posible. Basta
formular un deseo para verlo realizado. Vivir en este encantamiento, aunque sea
en sueños y por unos momentos, elimina siquiera a ratos las limitaciones que la
vida le impone, dándole cierto sentimiento de omnipotencia frente a sus
posibilidades reales.
Hacia los siete años, el
interés del niño cambia de objeto. Su sentido real, su espíritu de invención,
sus posibilidades de realización se afirman. Para simular el ama de casa, la
chiquilla ya no se contenta con objetos simbólicos: en la bella edad de la
imaginación todo podía servir para representar cualquier cosa. Hoy hace falta
una verdadera sartén, en miniatura, platos de verdad, ollas de verdad, tazas de
verdad, así como también harina de verdad, azúcar de verdad, lentejas de verdad.
El chico tampoco se contenta ya con un bastón; para jugar a guardias y ladrones
o a que es un héroe, exige una espada, un pantalón vaquero, un sombrero de
plumas, un uniforme o disfraz "de verdad". Ya se ven los pasos que se han dado
en pocos años en cuanto a exigencias de realismo.
A los ocho años aparece y se
agranda el interés por los juegos de mecano y de construcciones complicadas,
imitando muy de cerca el trabajo de los mayores. Son muchos los niños que se
manifiestan como ingeniosos y de mucha inventiva. La niña pasa su tiempo
vistiendo y desvistiendo a sus muñecas; quiere bañarlas en una palangana de
verdad con agua de verdad. Está orgullosa de un delantal y de una cofia de
enfermera, y del termómetro, los apósitos y todos los implementos verdaderos que
pueda procurar.
A los nueve años los niños
ganan destreza y dominio sobre sí, por lo que aprecian mucho todo lo que realza
esta nueva capacidad: cortar, serrar, ensamblar, modelar, son sus ocupaciones
favoritas. El niño muestra con gusto sus obras maestras. Parece que le agrada
más cortar y serrar. También desarrolla un gusto por la fuerza, haciendo
batallas, luchas, juegos de manos, que a veces degeneran en verdaderas disputas,
batallas en las calles, bando contra bando, e incluso en videojuegos... La chica
en cambio gusta de juegos más creadores, como las manualidades, la cocina,
arreglarse y construir cosas.
El juego desarrolla el
sentido social del niño. Al principio el niño juega solo. Luego se inicia una
evolución: empieza a jugar al margen de grupo. A los seis años comienza el
verdadero juego social; aparece la competición. Siempre quiere ganar y no admite
el perder. Los otros tienen también la misma ambición: consecuencia, choques. Si
pierde, se retira del juego, y, obrando así, se castiga a sí mismo. El deseo de
participar en la alegría común lo lleva al grupo y al mismo tiempo lo acostumbra
poco a poco a aceptar, de mala gana al principio, de mejor talante después, el
ser vencido y perder. De este modo, poco a poco adquiere un cierto dominio de
sus instintos y de su ambición para doblegarlos a las exigencias de la vida
social. A los ocho o nueve años, le interesan los juegos de sociedad. No aguanta
las trampas de los demás y progresivamente se ve empujado, para evitar las
reacciones de sus compañeros, a renunciar por su parte a usar de ellas. El
rodaje social de los años precedentes comienza a surtir sus efectos: a los ocho
años, los juegos en común se hacen menos borrascosos, el niño acepta mejor las
reglas de la competición y el riesgo de perder. Cuando entra el gusto pro los
exploradores, el amor del juego de grupo y la necesidad de un esfuerzo común
para alcanzar la victoria del bando acabarán por adaptar a la vida social al
individualista de anteayer y al anarquista de ayer. De este modo, el atractivo
juego habrá contribuido, por su parte, a civilizar al pequeño hombre.
La niña realizará su
evolución social por caminos más personales: más que el juego, le llevan a la
observancia y al respeto de las leyes comunes, su innato deseo de agradar y su
necesidad de verse apreciada. Sus gustos personales - saltar a la cuerda,
disfrazarse y actuar - la empujan también a contactos sociales, la obligan a
plegarse a las exigencias de una vida común.
Todo esto evidencia el papel
del juego en la vida infantil y demuestra hasta qué punto la búsqueda de la
alegría es un factor poderos en la evolución del ser humano. Bien estaría que
los padres no consideraran el juego infantil como una distracción semejante a
las suyas, que son simples derivativos para sus tareas profesionales. Pero si es
innegable que el juego desempeña este papel en el cuadro escolar, aún desempeña
otro más: el de ser el terreno de experiencia, de aprendizaje y de
adiestramiento de los músculos, de actividad y de creación, de adaptación a la
vida social. Por lo demás, ¿qué otra cosa podría hacer el niño sino jugar? Su
temporal torpeza, su debilidad física le impiden por un tiempo hacer todo
trabajo útil. Y no menos por las abundantes negativas de los mayores. ¡Cuántas
veces, por temor de roturas, por deseo de acabar pronto, no impiden éstos al
niño obrar por su cuenta y prestar algún pequeño servicio! El niño,
generalmente, lo haría complacido: le gusta ayudar a su madre en los cuidado que
presta al hermanito, preparar la mesa, buscar el plato, hacer un recado...
siempre que no le arranque bruscamente de otras ocupaciones. ¿Por qué tantos
adultos se oponen, tan a menudo y con tan poca habilidad, a las iniciativas
infantiles, excepto a las que quizá les resultan una ayuda en su ocupación? Un
respeto mayor de la personalidad naciente del niño, facilitaría grandemente su
desarrollo y su alegría. En todo caso, el adulto debería concebir en forma más
comprensiva el lugar, importante útil, que el juego tiene en la vida
infantil.
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