Dignare me, pugnare pro te, Virgo Sacrata! Da mihi virtutem contra hostes tuos!

     Revista cultural de distribución gratuita |

   Breves

» Quienes somos

» Comentarios

» C.E.F.

Contenidos gratuitos

Sin fines de lucro, pensamos

en servir integralmente al lector

Más de 20 secciones

La publicación más completa, aumentada periódicamente

Pensado para usted

Voz de los sin voz, presentamos la tradición a la modernidad

Cómo vencer los miedos y temores de sus hijos

Consulta

“Junto con felicitarles por la excelente idea de formar una revista como esta, paso a plantearles un problema bastante común, pero al que no encontramos una orientación convincente. Se trata de cómo manejar los miedos en los niños. Los tenemos de edades distintas, entre los 12 y los 2 años, y ya es una epopeya lidiar con cada tipo de miedo o temor. Sentimos que explicarles no sirve de nada, y que burlarnos con ellos (no de ellos), tampoco avanza mucho en la solución. Desde ya quedamos muy agradecidos por la respuesta y por la variedad de temas que nos van ayudando a vivir mejor.

Enrique y Ana, Santiago de Chile”

Respuesta

Los miedos y los temores forman parte de nuestra historia personal y familiar con una fuerza que sólo quienes la experimentamos podemos valorar. Sabemos que no es poca cosa, por muy racional que luego pueda parecernos.

Bajo el ataque de miedo, recordaremos, no hay razonamiento que nos saque del terror. Atendiendo esta dificultad, desarrollaremos una estrategia muy elemental para ayudar a padres y tutores a trabajar los temores en los niños.

Dos formas de “realidad”

El padre que a medianoche es llamado a gritos por el menor que atraviesa por un ataque de pánico puede tomar con calma todas las medidas para explicarle que, en realidad, no se cuelan monstruos por las ventanas y que el dragón espantoso no vive bajo su cama. Para el progenitor, esa realidad es patente. Sin embargo, para el chico el miedo y su terror también es “real”: lo siente y le teme.

El equilibrio se encuentra no en imponer uno de los dos criterios omitiendo - por parte del padre o del hijo – la otra forma de “realidad”. La clave está en el juego armónico que ingresa en ese momento.

Entre estas dos formas existe una tercera, no menos frecuente: los miedos y temores traspasados de padres a hijos, en el que concursan ambos en el refuerzo de que el miedo tiene sentido y que es real. Padre e hijo pierden, por tanto, el control de la situación.

El difícil papel paterno

Frente a su papel en el dominio del miedo, los padres suelen sentir culpa. Les remuerde la conciencia paterna sentir que actúan con insensibilidad ente aquella angustia que duele al menor.

Otros se resienten al sentir que fracasaron como padres en su tarea formadora y protectora. Se avergüenzan, por tanto, de que sus hijos tengan miedo. Y, actúan con dureza para suprimir estas manifestaciones o bien, caen en un permisivismo que compense su fracaso.

Estas actitudes sólo producen un efecto claro y real: el deterioro de la imagen y función paterna. Niegan la realidad del miedo y refuerzan positiva o negativamente el temor.

El papel del miedo

Durante el proceso de crecimiento, la construcción del mundo y la determinación de límites se sirven de los miedos para impulsar la madurez. En otras palabras, los temores son normales en el crecimiento de los niños.

Nosotros mismos, como adultos, experimentamos crisis de angustia, miedo y hasta pánico frente a estímulos que relacionamos con amenazas e inseguridad. Sea un crujido en el piso a medianoche, un movimiento en la calle, un paisaje o cualquier otro género de “detonantes”, se gatillan en nuestro interior distintos estados de ánimo de temor íntimamente relacionados con los que experimentan nuestros hijos.

La diferencia está en que la madurez nos dio herramientas para controlar estos ataques y en nuestros niños el proceso recién se está produciendo.

Lo central, por tanto, es hacerles sentir que es natural experimentar esos sentimientos y que es posible derrotarlos.

El progreso del temor

Como recordamos en nuestras vidas, los temores van mudando su naturaleza y forma con el paso del tiempo y las circunstancias incorporadas a nuestras vidas.

Así, en los niños el miedo acompaña sus edades y carga de experiencias, más sus aprendizajes.

Apenas recién nacidos venimos al mundo con dos tipos de temores: a caer y a golpes ruidosos repentinos. Son miedos innatos en el ser humano.

Luego enfrentamos la crisis del octavo mes, que bien puede manifestarse entre los 6 y los 10 meses de edad. Se trata de aquel terror a los desconocidos. Acostumbrados a reconocer voces y rostros, las figuras extrañas les causan inquietud. Se sienten angustiados, amenazados.

Apenas cerramos este estadio, pasamos a otro muy semejante, pero de distinta naturaleza. Como criaturas inexpertas, no alcanzamos a comprender que las cosas y personas existen aunque desaparezcan de su visión. Desaparecer equivale a dejar de existir. Imaginemos, entonces, hasta qué grado de angustia alcanzará un bebé que siente que pierden su existencia personas a las que vincula con protección y seguridad.

Si acaso los padres están en la condición de evitar separaciones bruscas o prolongadas, contribuirán poderosamente a que sus hijos adquieran mayor seguridad emocional.

Las interacciones más concientes con el entorno producirán en los menores una cualidad novedosa: se hacen capaces de interpretar gestos y signos. Por ello, cerca de los dos o tres años, los niños atraviesan por los miedos a la oscuridad y a los rostros cubiertos. Privarlos de estos signos visuales les golpea con una crisis de angustia. Dejar de ver equivale a perder la capacidad de entender e interpretar las seguridades del entorno. En su forma prototípica, es la etapa del miedo durante la noche en habitaciones oscuras o miedo a los payasos. 

Con la toma de conciencia del propio cuerpo y de los peligros del entorno, el niño comprende el sentido de “amenaza a la seguridad e integridad personal”. Es la etapa de los miedos a lastimarse o a perder la salud por formas distintas. Tienen terror a sufrir daño corporal, real o imaginario. Es el período en que piden una venda adhesiva para una pequeña lastimadura o rechazarán un alimento mal cortado, ya mordido o un juguete roto.

La incorporación de relaciones con pares y de nuevos conocimientos que trae consigo la etapa escolar va a inaugurar nuevos tipos de temores. Son los miedos a perder a los padres, a morir, al rechazo de los pares, reprobar en el colegio o a quedar ciegos. Con distintas intensidades y modalidades, estos temores irán mudando hasta finalizado el proceso de la adolescencia.

8 pasos para actuar frente a los temores

El primer paso es comprender que, si bien la causa del miedo es irreal, la experiencia de miedo sí es real.

Esta aceptación dará a los padres la clave de acceso al mundo de inconsciente infantil, y desde esta tierra mágica poder acompañarles en sus experiencias y maduración.

En términos adultos, significa no faltarle el respeto, en este caso, a la experiencia infantil. Por lo tanto, quedan descartados el castigo y la burla a su temor.

El pequeño necesita saber que conocemos y entendemos sus temores, que sabemos de qué habla. Sólo así aceptará nuestras palabras y cercanía cuando tratamos de tranquilizarlo y, posteriormente, a superarlos.

Hablar de su miedo ya le ayudará a trabajarlo. Nosotros somos sus aliados, estamos de su parte, combatiremos de su lado. Somos sus amigos y puede expresarse con libertad. Incluso así tendremos más información con la cual trabajar y apoyarle en el futuro.

El segundo paso es no prohibirles tener miedo. Debemos enseñarles que es natural sentir temor. El general George Patton lo decía resumidamente: “Los héroes no son personas que no tienen miedo. Lo tienen y mucho. La diferencia está en que actúan a pesar de que tienen miedo.”

Entre los 5 y 8 años, como reacción y dominio del temor, los niños suelen negar que sienten miedo. Los adultos jugarán un gran papel reconociéndoles que es natural, y que ellos mismos, a esa edad, también experimentaron temor.

Hablar de esos temores les ayudará en un paso clave de la maduración: no sentir vergüenza y asumir que, con el tiempo, disminuirán y serán superados.

El tercer paso es no menospreciar la inteligencia de sus hijos. La única forma de vencer los temores es comprendiendo las razones lógicas, pero este acceso a la comprensión no siempre está disponible. Sin embargo, el esfuerzo debe ser siempre el mismo.

Nuestro trabajo por explicar lo que ocurre puede comenzar con una explicación sencillísima casi poética cuando la edad no les permite comprender argumentos mayores. Otras veces servirán formas de enfrentar la situación sin angustiarse, como enseñarles a contar entre trueno y trueno para saber cuán lejos se encuentran de nosotros. Lo importante es darles siempre una explicación adecuada al grado de comprensión del menor. No importa que tan tonta suene, mientras le explique de alguna forma lo que ocurre, tranquilizándole y dándole algunas herramientas para manejarse ante esa amenaza que le angustia. Los temores no desaparecerán pero bajarán a un nivel tolerable para su hijo.

El tercer paso es adoptar una actitud correcta. Los niños, ya lo habrá notado desde que nacen, tienden a imitar a los mayores y, con mayor razón a sus propios padres, en quienes tienen un modelo y les asocian con la protección.

Las madres aprensivas o los padres desmedidos emocionalmente trauman de por vida a sus hijos. Ellos aprenden los mecanismos del miedo a través de usted. Sus propios miedos son traspasados, quiérase o no, a los menores y, probablemente, usted mismo podría reconocer muchos de las aprensiones paternas en su propia vida.

Los padres que mejor influyen en el desarrollo emocional de sus hijos son aquellos que actúan con decisión ante situaciones de temor, incluso en aquellas oportunidades en que ellos mismos experimentan la angustia. “Hacer de tripas corazón” es el camino adecuado en estos casos. Los hijos le tendrán como un modelo de heroísmo y seguridad.

Lo anterior, sin embargo, no significa que usted no pueda sentir temor ni reconocer que lo experimenta. Por el contrario, es sumamente importante que comparta el paso por esta vivencia a los menores.

Reconocer, por ejemplo, que también sintieron temor junto a ellos en aquella oportunidad, pero que lo superaron y actuaron correctamente les indicará tanto que no sólo ellos viven el miedo así como que el temor es superable. Lo mismo es válido no sólo para el instante posterior a una experiencia común de temor, sino para sus propias experiencias pasadas, compartidas con los menores como ejemplos de superación de los miedos.

El cuarto paso es preparar la experiencia de miedo. Se trata de una experiencia enriquecedora para los menores. Los padres pueden optar entre muchas formas de preparación, tales como llevarlos al lugar del temor antes de la experiencia de miedo o incorporar a los relatos y conversaciones fragmentos que ejemplifiquen aquello que temen. Aprovechando un momento donde no tengan relación con los elementos del miedo, podemos pasearlos por el lugar que les produce angustia, o aplicarnos en una narración donde el protagonista padece el mismo temor y lo vence de forma sencilla pero rotunda, invitándolo a imitarle aunque sin generarle la imagen de que tenemos la expectativa de que nuestro pequeño lo abandonará por completo a la primera oportunidad.

Recuerde que los miedos suelen incrementarse cuando los pequeños experimentan etapas de angustia, generalmente vinculadas a cambios o tensiones familiares. La inseguridad suele ser un gatillo poderoso para hacer aflorar miedos nuevos o viejos que ya se creían superados. No pocas veces generamos estos climas propicios a la angustia sin darnos cuenta. No hace falta que se les hable directamente de los problemas familiares, los cambios o las angustias paternas para que ellos capten la inseguridad. Sus “antenas” receptivas funcionan las 24 horas del día. Por lo mismo, es determinante que les haga participar – a su medida y en proporción a su edad y madurez – de los cambios y tensiones que enfrenta la familia, cuidando ver que lo que transmitimos se justifica como necesario de inocular en el alma del menor.

El quinto paso es interiorizarse y asumir su perspectiva del miedo. Quien haya lidiado con un menor asustado bien sabe que las explicaciones de los adultos sirven de muy poco, aún cuando las “comprendan” racionalmente. Después de todo, si el dragón en el armario no está cuando abrimos las puertas para demostrar que no existe, el monstruo puede volver apenas crucemos la puerta y apaguemos la luz.

Una buena fórmula es “ponernos de su lado”, combatir el miedo desde su óptica. Podemos inventar juntos un arma, crear una oración “poderosa” para rezar en ese momento o publicar un decreto de expulsión y prohibición de monstruos confeccionado entre los padres y los hijos, aprovechando esos momentos de afianzar la cercanía y la garantía de protección.

El sexto paso consiste en intuir los temores escondidos. No es por simple capricho que los niños en ocasiones se vuelven tercos. Muchas veces les atrapa un temor real que no saben explicar. Sólo “saben” que “no quieren eso” que les pedimos y hasta forzamos a cumplir. Acercarse a extraños, hábitos de higiene, tareas hogareñas o en los centros educativos suelen ser máscaras de temores ocultos, íntimos y lacerantes. Intente charlar con el menor hasta lograr entender a qué le teme y trabájelo con mucha paciencia y cuidado de su integridad psíquica y espiritual.

El séptimo paso nos alerta a no ceder a las manipulaciones del miedo. Con mucha frecuencia el menor capta que a través de estos mecanismos nos volvemos vulnerables y cercanos. Recurrirá, por tanto, a estas rutinas para que le consintamos caprichos y mimos, tales como pasarse a nuestra cama, recibir regalos o colgarse en nuestros brazos. La solución es mantener un equilibrio entre el desinterés por los problemas del chico y una sobreprotección que refuerza el hábito del miedo.

Finalmente, el octavo paso nos pone en la situación de interpretar la tensión emocional. Enfrentados a los temores infantiles, debemos regirnos por parámetros racionales. Esto implica analizar con nuestro cónyuge el punto en que se encuentran los menores afectados por el miedo. Ver, por ejemplo, cuánto ha durado esta etapa, si acaso es normal a su edad, si es un miedo nuevo o uno que se reinstala en su pecho, el grado en que altera su vida, etc. Siempre será conveniente recurrir a una ayuda profesional para comprender mejor el proceso del menor y los medios para trabajarlo.

El amor como profilaxis

La exposición de los menores a la fealdad o violencia en la televisión, los hábitos morales y la influencia de las modas inconvenientes cooperan a crear angustia y ruptura de modelos ideales en la mente infantil. Influye de igual modo el alejamiento materno por motivos laborales, las discusiones maritales e incluso temores sociales como amenazas de guerra o cesantía. Jamás despreciemos su capacidad de incorporar nuestros fantasmas adultos.

Requeriremos hacer gala de toda nuestra habilidad y mejor tacto para manejarnos adecuadamente con los menores.

Coinciden expertos en psicología infantil con formadores espirituales en que la mejor profilaxis para evitar los temores y vencerlos es el amor. Los niños con altas cuotas de autoestima son menos propensos a ataques de miedo. Y si los experimentan, manejan más herramientas para trabajar sus angustias.

El modelo paterno es igualmente determinante. Los matrimonios que conservan el buen hábito de rezar en común incorporan a los menores las ideas de unión familiar y protección divina, así como la tranquilizadora certeza de que Dios y Sus ángeles jamás les abandonan. De aquí el énfasis que haremos en recomendar buenas lecturas espirituales, historias y anécdotas de santos comentadas al calor de la vida familiar. Como con las enseñanzas de los cuentos, el recuerdo de las experiencias de los santos les inocularán recuerdos y referencias de acción y reacción que facilitarán su manejo de la angustia.

Inculcarles amor a Dios, confianza en sí mismos y la convicción de que – a su escala - pueden superar el miedo como antes pudieron sus padres y mayores, será la mejor estrategia posible para sus hijos.

Y. en fin, lo determinante será hacerles vivir en un clima de realidad del pecado y del mal, donde la vida no está exenta de sufrimiento y de situaciones difíciles. Pero que con esfuerzo, valor y fe, podemos salir delante y vencer. La mejor enseñanza que podemos dejar a los chicos es, precisamente, nuestro ejemplo, enseñarles a hacer lo mismo.

¿Tiene conflictos o dudas respecto a sus hijos?
Si desea oraciones por esta causa
ingrese aquí, y en caso
de querer mantener correspondencia con nosotros
para comentar algo o recibir consejo
sobre su caso, nos agradaría recibir su carta.
Haga
click aquí para escribirnos.

Regresar a portada »

 

 

 

Revista Digital BuenVivir.org  ·  www.buenvivir.org   ·  El buen vivir nace de elegir correctamente  ·  Contáctenos haciendo click aquí

© 2oo6 Copyright Editorial Surgite!