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La
personalidad del niño de cinco años
A
los cinco años, la evolución de los niños disminuye su ritmo respecto a los años
anteriores. Sin saber leer ni escribir en su mayoría, es ya mucho lo que han
aprendido.
Aún les queda por asimilar progresivamente toda la cultura de los mayores. Todos
los mecanismos fundamentales se hallan en su puesto, montados y ajustados; ahora
han de entender el funcionamiento. ¡Qué progreso más grande, bajo cualquier
punto de vista, con respecto al niño de pecho y aun con respecto al de dos años!
Su vocabulario llega a las dos mil palabras y sus frases son casi correctas:
puede expresar sus pensamientos y sus deseos.
Ha descubierto experimentalmente el tiempo: distingue, a grosso modo, pasado,
presente y futuro. Le encanta oír contar lo que hacía cuando era un bebé; sueña
con la época en que será grande: "Cuando yo sea grande...", prueba de que
percibe confusamente la sucesión en la duración, noción que el bebé de dos años
ignora totalmente. La distinción exacta entre ayer, hoy, mañana, la semana
pasada, la semana próxima, por muy rica que sea, no será, más tarde, más que la
precisión de algo ya adquirido y no una noción nueva.
El niño de cinco años tiene también cierto sentido del espacio: no es que
conozca los continentes o la distancia exacta de la tierra a la luna, pero,
además de la noción de su habitación, de la casa, del jardín, del barrio, tiene
ahora la noción de "lejos", palabra vaga e imprecisa, pero que sugiere una
impresión exacta.
Ha adquirido cierta noción numérica: puede contar hasta catorce, luego veinte,
luego cien, luego mil. Estos grandes números no representan nada preciso; en él,
sólo corresponde a una diferenciación entre lo escaso y lo abundante, lo lento y
lo rápido.
El niño poco a poco se ha introducido en el mundo de los demás: al juego
individual de los dos primeros años, al juego paralelo del tercero, sucede el
juego en cooperación del cuarto y del quinto años. Ha dejado de acapararlo todo;
la prioridad está bien delimitada y el instinto de posesión queda establecido.
Ya sabe ahora que es un chico o una chica. Ha observado la diferencia de sexos y
se interesa por su nacimiento: puede hacer muchas preguntas a este respecto.
Las nociones del bien y del mal no están aún completamente definidas. Sabe de la
existencia de "reglas" a las que debe obedecer; las acepta sin censurarlas u
objetarlas, aunque puedan no gustarle. La idea de orden y de obligación penetra
de este modo en él, pero la "aureola" estrictamente moral de las ideas es débil.
Comienza a distinguir lo verdadero de lo imaginario o de lo falso. Amanecer
tímido, pero abierto, de la moralidad.
Bajo el punto de vista filosófico o religioso, la causa (¿quién hace?), el fin
(¿por qué?), el modo (¿cómo?) son problemas que le interesan. Su concepto es mas
bien físico y material, pero al menos las nociones fundamentales ya han nacido
en su espíritu. Manifiesta poca emoción ante la muerte: lo entiende como algo
que acaba y no volverá. Cree en Dios y le reza. Es el Dios descrito por el
Génesis en el paraíso terrenal. Si bien el niño no tiene idea alguna de la
espiritualidad de Dios, entrevé algún tanto su trascendencia: Él está por encima
de todo.
Este sencillo resumen de las principales adquisiciones intelectuales, sociales y
morales del niño de cinco años muestra el dinamismo vital ardoroso que lo anima.
¡Qué cantidad asombrosa de adquisiciones verdaderamente nuevas, de concepciones,
de modos de pensar!
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