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La
invasión de los cacólatras
Por: D. Andrés
Silva
Psicólogo social
La
compulsión por estandarizar propia de la modernidad fue superada, poco a poco,
por la imposición coercitiva del feísmo como expresión del mito de la “libertad
creativa”.
Bajo esta perspectiva, lo propio de la modernidad fue fijar estándares y
masificaciones de los criterios estéticos surgidos en el seno de su temperamento
y mentalidad. Se heredaban los principios de un clasicismo que suspiraba por una
idea romántica de la antigüedad clásica (grecolatina) con influencias
orientales, en particular el medio y lejano oriente.
Sobre este estado de espíritu irrumpió la aparentemente omnipotente facilidad de
la tecnología, capaz de reproducir el arte sin esfuerzos
y a bajo costo, así como facilitaba los instrumentos de creación y promoción.
El mundo asistía a un furor por la adquisición de arte ya desde los principios
de los espasmos de la moda. Sin embargo, y con todos los reparos posibles,
sobrevivían - precariamente - las nociones de belleza y fealdad.
Las sociedades modernas - en particular la pequeña y mediana burguesía -
tuvieron por primera vez acceso a la “cultura”, de manera tal que
progresivamente fueron incorporando a miembros de las nuevas generaciones en los
grupos creadores de artes. El arte devino en prestigioso, aún en los círculos de
artistas revolucionarios, rodeados para estos efectos de un aura indulgente de
romanticismo.
Con esto, idea y acto, tendencias y sensaciones, fueron unificándose,
expresándose y alimentándose mutuamente hasta formar ideologías, y de estas
verdaderas revoluciones en la sociedad, la economía, la ética, los sistemas
políticos y hasta religiosos.
Para la recta cultura, como magistralmente expresara Platón (427-347 a.C.), las
tres cuestiones fundamentales de la filosofía, esto es, del pensamiento e
inquietud humana, son el Bien, la Verdad y la Belleza. Sobre estas cuestiones se
erige la construcción humana y el hombre va desplegando sus facultades y
contrasta sus acciones y pensamientos.
De esta forma fueron construyéndose y expresándose las diversas culturas. Con
sus particularísimos modos de ser, pensar y sentir. Así vieron la luz culturas
como la china, hindú, etrusca, española, griega, azteca, japonesa, zulú,
inglesa, portuguesa, alemana o francesa. Tan distintas entre sí, de pueblos tan
diversos pero sin embargo, que expresaron lo mejor de sí conforme reglas
implícitas de la sana filosofía.
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EL BURRO
FLAUTISTA
de Tomás de Iriarte
Esta fabulilla,
salga bien o mal,
me ha ocurrido ahora
por casualidad.
Cerca de unos prados
que hay en mi lugar
pasaba un borrico
por casualidad.
Una flauta en ellos
halló, que un zagal
se dejó olvidada
por casualidad
En la flauta el aire
se hubo de colar
y sonó la flauta
por casualidad.
"¡Oh -dijo el borrico
qué bien sé tocar!
¡Y dirán que es mala
la música asnal!
"Sin regla del arte
borricos hay que
una vez aciertan
por casualidad. |
Esto - decíamos - fue
preservado al menos en sus líneas principales, hasta la modernidad. Los
criterios de “De lo sublime y de lo bello” de Edmund Burke (1729-1797) fueron
válidos - con mayores o menores énfasis y aceptaciones - hasta aproximadamente
los inicios del siglo XX.
En este punto es cuando se producirá la explosión de la carga revolucionaria
acumulada en los siglos anteriores, consecuencia obligada de las tendencias en
las escuelas artísticas precedentes que luchaban por expresarse en todos los
campos del actuar humano.
Para los revolucionarios del momento, el arte fue el gran vehículo para infectar
las grandes masas, que recibían de este auténtico “catecismo popular” las
lecciones de sus doctrinas. Se rompe ya no sólo con los principios de la
búsqueda del Bien y de la Verdad, sino también de la Belleza.
El Bien ya no era buscado como principio absoluto y superior a los hombres, de
manera tal que todas sus acciones y deseos eran la concreción del Bien común,
amparado por las formas sociales apropiadas a su temperamento y personalidad. Se
había suprimido tal búsqueda por las revoluciones cargadas de ira y odio entre
clases, superando los espasmos del egoísmo y codicia que les sirven de tenaza y
amenaza. La Verdad había sido suprimida, al eliminar a lo Divino de la vida
social y personal. Ya no se buscaba acceder a una Verdad única y universal, como
en la antigüedad procuraran sabios y filósofos. La verdad fue reducirla a un
conjunto de opiniones malformadas, llevadas de las narices por los ideólogos y
propagandistas de turno. La Bondad y la Verdad devinieron en asuntos relativos,
personales. El Mal se convirtió en instrumento y doctrina. La Mentira fue arma
de ataque y defensa de las revoluciones que se sucedían una tras otra, devoradas
por su padre y amenazadas por sus hijas.
Para acabar con la Belleza como principio absoluto, se procuró en una primera
etapa, irradiar un clima condescendiente, relativista, que permitiera aceptar
las nuevas tendencias artísticas.
Posteriormente fueron introduciéndose lugares comunes, eslóganes y hasta
cátedras cargados de tal énfasis en la “modernidad” del horror elevado a la
categoría de arte, que salvo excepcionales oposiciones, las capas sociales
carentes de una sana educación y firmeza de principios, fueron aceptando e
incorporando las novedades ideológicas.
No bastaba con que, sotto voce, las personas comunes murmuran lo feo, lo
horriblemente feo y discordante del arte moderno: había que obligarlas a
humillarse, asumiéndose ignorantes, no expertas - y por tanto no calificadas -
para opinar sobre los esperpentos servidos en bandeja en sus narices. El arte
moderno pasó a ser cosa de “aprecio de intelectuales”, de personas “cultas” y
“de mundo”, con tal apertura mental que cualquier cosa tiene cabida mientras se
incorpore en alguna categoría elogiada por “expertos”. Tanto será así, que se
forzará al alma a someterse a las tortuosas exigencias del feísmo que se
considerará “convivible” y por tanto “no reaccionario” el sujeto que
“acostumbró” sus sentidos a las formas “duras” del nuevo arte.
El movimiento posterior abrió las puertas al pandemonio posmoderno, idolatrando
un mito creativo, imprimando su etiqueta a cualquier acto espontáneo y, en lo
posible, sin reglas.
Unidos ahora caos y fealdad, se dio en una vorágine, auténtica espiral
autodestructora. Para el mundo postmoderno, fealdad y creatividad van unidas
como las cabezas del Ortro de Gerión.
Potenciado por los voceros mediáticos, figuras del espectáculo y togas
académicas, el ascenso de la fealdad, el culto idolátrico de los cacólatras,
amenaza con invadir y corromperlo todo.
Gracias a la entusiasta cooperación del comercio y la publicidad - otros dos
grandes formadores de opinión - los hogares, la vida privada y pública, la
enseñanza, la imaginería y arquitectura religiosa y social, las diversiones y
las modas, se van cargando de fealdad, de gusto por lo disonante, lo ruin, lo
vulgar. Ya no se trata de lucir al ultimo alarido de la moda. Se trata de la
invasión de la fealdad, y por tanto, de la negación de la propia dignidad y
trascendencia del hombre. Se trata de mutilar el auténtico progreso de los
pueblos y grandeza de la civilización.
Andrés Silva,
analista de medios de comunicación y psicólogo social, se ha especializado en
el estudio del caos y crisis geopolítico-culturales. Ha diseñado diversos
planes de comunicación para organizaciones sin fines de lucro, aplicándose
fundamentalmente al desarrollo de nodos valóricos de influencia social.
Conferencista e intelectual católico, ha impulsado y cooperado en numerosas
iniciativas apostólicas, entre ellas Asociación Cultural Regina Angelorum,
Revista Cristiandad.org, Encuentro Católico, Alianza Internacional de Oración,
Enfoques de Actualidad, Hijos del Cielo, Radio Digital “La Voz de la Divina
Misericordia”, Editorial Surgite! y actualmente participa del directorio de
Revista Buen Vivir.
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