|
¿Hacia los Posmodeportistas?
Por: D. Andrés
Silva
Psicólogo social
El
deporte como prótesis moralista para el hombre de la modernidad alcanzó su
paroxismo con la propuesta decimonónica del Turnen de Jahn, que le
elevará a la categoría de regenerador de la juventud y de la patria alemana. La
herencia de Kant vendrá a hacer del deporte la vía natural para desarrollar el
culto al deber y las responsabilidades ciudadanas. No hay texto moderno que
eleve al deporte como regenerador de la patria y forjador de las virtudes
civiles y personales.
Las escuelas inglesa, francesa
y alemana del siglo XIX – y hasta mediados del XX – encarnan esta fascinación
por la panacea deportiva. De hecho, hasta el terror por el deber y las certezas
doctrinarias que hereda la II Guerra Mundial, las políticas públicas se aúnan
con las disciplinas educativas para valerse de las actividades deportivas como
forja natural del sentido moral y prevención de desórdenes sociales y la ruina
personal.
En torno a este concepto
común, confluyen las escuelas más diversas y hasta opuestas. El cántico
laudatorio aúna las voces de Kant, Bergson, Brasillach, Arnold, Drieu y,
naturalmente, la fórmula irenea del Barón de Coubertin. En palabras de este
último, del deporte esperaremos “la musculación moral del hombre”.
No hubo dictadura en la
modernidad que no hiciera del deporte un arma de reconstrucción social. Desde
los colectivos de Stalin a las juventudes hitlerianas, el discurso de los
dictadores se embebe de los grandes rituales deportivos. Las Olimpiadas del
Berlín nacional-socialista son la imagen clásica del favoritismo por el uso del
deporte – o de las artes – como re-educación social. La China maoísta, la Cuba
castrista, la Italia mussoliniana, la Alemania de Honecker, la Camboya de Pol
Pot, la Rumania de Ceausescu, el Japón del Eje y el Vietnam o Laos tras la
Cortina de Bambú son visiones variopintas del paroxismo deportivo.
Un giro en el deporte
La ruptura con el mundo
antiguo, el terror por las afirmaciones categóricas y la construcción del
individualismo – relativo y subjetivista – comenzaron a desmoronar la formidable
prótesis cultural que la modernidad encontró en el deporte.
Como en muchos otros casos, el
deporte también se desvinculó del sentido del deber, de la moral, del bien
social y de las virtudes ciudadanas. La expresión posmoderna se vinculó, a
cambio, a la satisfacción íntima y a otras áreas de la realización personal y
del saludable cuidado de sí mismo.
Pero esto no significará, sin
embargo, que el deporte se desvincule de los ámbitos que el marketing de la
ética posmoderna ensalza. Si en su primer proceso le descubrimos exaltado en las
elucubraciones infanto-juveniles de los chicos exploradores como arma de combate
contra las actividades parroquiales, en sus derivaciones finales le
reencontramos como altar del equilibrio narcisista, superado de la “manía de la
moral”, accesible al vacío oriental y expresado como espectáculo individual. El
deporte ya no es un deber sino una vía de placer, de “verse y sentirse bien”.
Y aún este individualismo no
se desvinculará de lo social: la diferencia estará en que hoy se convierte en un
saludable “baño de masas”. Ni tampoco se distanciará de las políticas públicas.
Hoy en día el deporte encuentra un respetable espacio en el discurso oficial,
como eficiente vehículo de revalorización del individuo así como complemento en
la prevención de drogas y delincuencia.
La reconstrucción del ideal
deportivo
En cuanto construcción
cultural, el deporte ha mudado de sentido con la postmodernización de las
acciones humanas.
Lejos del idealismo
moralizante, del culto del deber puro de corte kantiano, el deporte moderno
devino un vínculo con el auto-placer, la auto-realización, el auto-conocimiento
y la socialización urbana. El deporte, entonces, ya no se relaciona con un deber
para consigo mismo y la sociedad, sino que se vinculará al ocio, a la superación
de metas internas y, por encima, al prioritario asunto del cuidado de la salud.
La reconstrucción del ideal
deportivo se impregna de la sensación. A través del deporte nos entregamos a
sensaciones placenteras y al encuentro de equilibrios perdidos por las fracturas
vitales de la cultura heredada de las revoluciones modernas. Las expectativas
decimonónicas son desplazadas por la esperanza de la auto-valoración, el
“auto-quererse”, la relajación, la evasión. El deporte nos transporta a las
formas físicas y psicológicas del placer para llegar, en su extremo, a
convertirse en una para-droga generadora de dependencias y compulsiones. El
éxtasis corporal de la postmodernidad traducirá sus impulsos simbolizando en el
deporte uno de sus más importantes emblemas culturales.
Los parámetros postmodernos de
lo deportivo
Dependientes de la adrenalina
y la corporeidad pletórica, el deporte postmoderno no se reduce forzosamente a
movimientos íntimos e individualistas.
Por el contrario, como por
obra de un pase mágico, tras el abandono del culto al esfuerzo y la voluntad
propia de la postguerra y revoluciones del psicologismo hippie-tribalista, el
culto deportivo contemporáneo exalta las demostraciones de esfuerzo y
resistencia, las emociones fuertes, riesgosas y extremas, las aventuras de
supervivencia y contacto silvestre.
Lo anterior se traduce en las
convocatorias y popularidades de las maratones, esquí, kayac, raids,
barranquismo, parapente, rafting, bungie, halterofilia, canyoning, body-building,
hydrosped, pilates, aerobic y yoga, por citas las más populares. Al paso se
aúnan los grandes cultos de masas, hipnóticos y enervadores colectivos, como los
torneos de balompié, balonmano, tenis, rugby o béisbol.
¿Este “revival” del deporte
significa un retroceso a las “antiguas formas”? Absolutamente no. Los individuos
modernos no se cultivan ni entrenan más que para sí mismos y su recompensa está
en el placer personal, en la satisfacción íntima.
Lo que los juglares del
“conservadurismo de formas” cantan es falso. No hemos vuelto al estadio anterior
(como si tal fuese en sí mismo un logro) ni mucho menos las conquistas modernas
se relacionan con los resultados esperados en el pasado.
El deporte hoy es una
actividad prodigiosamente democrática y democratizante. En su “licuadora
cultural” se mezclan clases, culturas y razas en procesos que, según los himnos
al deporte, “traspasan todas las fronteras”. La postmodernidad delira por el
acceso universal al deporte, instando de forma compulsiva a su práctica sin
temer contradecirse por sus prácticas imperativas y sancionadoras a la
disidencia de sus políticas.
Un segundo aspecto está en la
metáfora del cuerpo como capital, que cultivamos y fortalecemos a través de las
disciplinas deportivas, que obran como encargadas de acrecentar y garantizar la
perfección operativa y valorización del mismo. El deporte moderno es un logro
personal y una gratificación psicológica. Competimos contra nosotros mismos,
mejorando el propio potencial. En sus extremos se defenestra, incluso, el ánimo
de competencia a favor del “fair play”.
Es el advenimiento del
perfeccionamiento funcional, de los auto-reguladores y auto-controladores de los
resultados personales. Es el surgimiento del “personal training” y de toda la
tecnología y complementos que acompañan el culto al propio triunfo. Los cultores
deliran, adoran, la meta última: llegar a ser “mas” ellos mismos,
auto-construyéndose una y otra vez.
Tributario a este esquema, el
deporte también se constituye como espacio de socialización para individuos
supervivientes de un estado de cosas fracturado y antinatural. También el
deporte deviene obsecuente con la cultura del ocio y el esparcimiento hedonista,
cuya recompensa la encontrará en la certificación de su superación progresiva.
Aún más, la postmodernidad proporcionará un espacio educativo, bendiciendo la
proliferación de los stages. Y de estas estadías deportivas
personalizadas se cantarán loores por su función re-constructora de lo cultural,
base necesaria para la erección de un estado de cosas futuro donde los
fundamentos postmodernos regulen la vida universal.
Sin embargo, los elogios aún
son tempranos. No olvidemos que los consumidores habituales de estadías
deportivas son cultores esporádicos de tales deportes, por lo que los stages
vienen a ser versiones profesionalizadas de las estancias polideportivas que
ofrecen vida de montaña, campo o playa.
La ausencia de la voluntad
imperativa y del culto al deber tornan imposible el ideal de exigencia universal
del perfeccionamiento de las disciplinas deportivas. De hecho, cada vez más se
abandona la cuestión de disciplina en tanto que se informan las prácticas
deportivas como meras aficiones o cultos.
Al individuo postmoderno le es
imposible al exigencia de perfeccionamiento en tanto que el ideal deportivo
aspira apenas al “nivel medio”, democrático e igualitario, como acceso
universal. En otras palabras, la “profesionalización” deportiva generalizada no
es dable en el contexto cultural postmoderno, como tampoco lo sería la reducción
del deporte a una actividad excluyentemente lúdica.
La austeridad del
deporte-culto, la exigencia imperativa del deber, sólo encuentran un acto
reflejo – un para-deber – en las compulsiones culturales para la producción de
los meta-deportistas, amasadores de fortunas delirantes a cambio de su
representación mitificadota del progreso individual y su recompensa psico-emocional
a los aficionados.
Si usted desea comunicarse con esta sección, puede dirigirse
directamente a
pensamiento@buenvivir.org
Andrés Silva,
analista de medios de comunicación y psicólogo social, se ha especializado en
el estudio del caos y crisis geopolítico-culturales. Ha diseñado diversos
planes de comunicación para organizaciones sin fines de lucro, aplicándose
fundamentalmente al desarrollo de nodos valóricos de influencia social.
Conferencista e intelectual católico, ha impulsado y cooperado en numerosas
iniciativas apostólicas, entre ellas Asociación Cultural Regina Angelorum,
Revista Cristiandad.org, Encuentro Católico, Alianza Internacional de Oración,
Enfoques de Actualidad, Hijos del Cielo, Radio Digital “La Voz de la Divina
Misericordia”, Editorial Surgite! y actualmente participa del directorio de
Revista Buen Vivir.
Regresar a portada
»
|