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La
crisis de la imagen paterna
Por: D. Andrés
Silva
Analista social
¿Padres
“a la antigua”, duros, insensibles y autoritarios que regentan el hogar con la
mano dictatorial de dioses lejanos, según describe Kafka a su propio padre?
¿Padres débiles, inmaduros y emocionalmente inestables, según proponen los
“colectivos” postmodernos?
Los sondeos de opinión revelan un dato preocupante: sin
diferencias geográficas o culturales, los padres modernos temen haber perdido el
rumbo y declaran desconocer cómo ser padres.
La lucha interna es ardua, compleja. Por un lado, el
estereotipo decimonónico de un padre autoritario, severo, frío y de doble
discurso moral. Es la imagen clásica que el arte popularizó para ejemplificar el
padre del 1800 y principios del siglo pasado. Contra esta figura estereotipada,
se rebelaron los artistas y siguiendo sus ideas, se sumó la juventud y las
generaciones posteriores. Por otro lado, la imagen de un padre liberal,
eternamente adolescente, revestido de todos los atributos femeninos posibles,
salvo las ambiguas exigencias reclamadas a su sexo.
El choque de modelos es violento y doloroso. La autoridad se
ejerce con sentimiento de culpa. La eternización de la adolescencia -
prolongándose pasados los 40 años – enciende la hoguera del fenómeno moderno de
la crisis de la adolescencia, desconocido hasta el ingreso a las sociedades
hijas de la revolución industrial.
El descuido de los últimos años de vida de padres arrojados
a hogares para ancianos tanto como la inaudita proliferación de hijos
irregulares abandonados a su suerte desde los primeros días de vida, son
síntomas de una crisis no comentada ni cubierta por la prensa y los pensadores
populares según la moda de turno. Una crisis que abarca también el desamparo de
tutelaje para una infancia y juventud con creciente ingreso a la delincuencia,
hasta llevar a la justicia a castigar a los padres por el desgobierno de los
hijos, responsabilizándoles por el vandalismo infanto-juvenil. A esto se suma el
incremento en la tasa de embarazo adolescente, enfermedades psicológicas o uso
de drogas entre otras variantes de una juventud virtualmente huérfana.
En el otro extremo, padres culpando a sus padres de sus
traumas, limitaciones, carencias y conflictos, clamando por terapias o
medicamentaciones capaces de aliviar un conflicto que acumula presiones
amenazando con estallar. Los hijos demandan a sus padres por todo aquello que
pudo hacer y no hizo para guiarlo en su ingreso a la sociedad. Reclaman la guía
e impulso que no se les dio y la ayuda que se les privó, arruinando en el tiempo
sus vidas.
¿Se debe regresar al padre dictador o debemos prodigar
legislaciones hasta imponer el padre ausente?
Aquí, como en muchos otros casos de presión psicológica,
salta el resorte de la manipulación ideológica a través del mecanismo
miedo-simpatía: o se aceptan los presupuestos disgregadores del modelo
igualitario y ultraliberal o se deviene en un monstruo seco y autoritario acorde
al modelo dictatorial repudiado por la postmodernidad.
Sin embargo, tal modelo es sólo un estereotipo funcional a
los intereses de grupos ideológicos que requieren un fantasma aterrador para
guiar a los pueblos hacia sus fines particulares. El padre de ese modelo es hijo
de un sistema calvinista, seco, de autoridad por la autoridad, pero aun y con
todo eso, prototipizado cargándole adornos espeluznantes como la ausencia de
afectos, el displacer por la paternidad, la distancia extremada hasta la
ausencia de relación filial y, como requisito fundamental para repudio
universal, es un padre portador de moralidad puritana con la doble moral de
sermonear y no practicar. El padre autoritario mantiene el doble discurso que
será luego una decoración básica para criticar cualquier otro modelo a
derrumbar.
Como resulta evidente, nadie quiere un padre así. Y menos
cuando se percibe la universalidad de ese tipo de paternidad, a través de las
artes y de las corrientes de moda particular.
Pero contra todo esto, queda la libertad de investigar, de
sumergirse en las fuentes del momento y contrastar. ¿Existió ese padre
monstruoso y absurdo? En algunos casos, si, indiscutiblemente, como hoy existen
también padres monstruosos y aberrantes.
Pero el mundo proyectado a través de la correspondencia y de
las artes no interesadas en derrumbar el modelo paterno, demuestran una cordial
autoridad, cálida e interesada en el progreso material y moral de los hijos.
Muestra padres de familias tan numerosas cuanto pueden sostener. Los hijos son
causa de alegría y confianza en el porvenir. Son padres heroicos, capaces de
sacrificarse hasta lo impensable para asegurar el porvenir de su prole. Padres
que incluso en la ancianidad irán a la guerra para cerciorarse de la seguridad
de sus hijos. Son padres ejemplares en moralidad. Capaces de erigirse en modelos
de paternidad que los hijos intentan imitar y transmitir con orgullo a las
nuevas generaciones, que se sienten orgánicamente invitadas a superarles y
aumentar el patrimonio moral y material de la familia, una familia que no se
limita sólo al núcleo aislado de padres e hijos, sino que se abre en una
inabarcable red de lazos de sangre, que se traduce en confianza en el porvenir y
en la sociedad, donde no es muy difícil encontrar parientes. Son padres
merecedores desde la antigüedad de elegías y monumentos, donde la excepción era
repudiada moral y culturalmente.
La función paterna no se limitaba, por tanto, a la
reproducción, ahora limitada y calculada. Si la madre nutría material y
emocionalmente a los hijos, el padre les preparaba para vivir en comunidad,
forjaba en ellos el temple moral y les acompañaba tanto cuando salían del hogar
como cuando por las desventuras de la vida, requerían regresar al amparo del
techo familiar. Un techo que acogía regularmente – según sus posibilidades - a
los parientes necesitados, empobrecidos o afligidos por alguna enfermedad.
Ese padre cálido, dotado de la autoridad necesaria para
forjar el alma de sus hijos y transmitir a su raza las características y
garantías propias de su familia, vino a desaparecer con el fantasma del
autoritarismo, un fenómeno propio de las sociedades industriales, regidas ya no
por la moral y la religión sino por una ética laica, naturalista y severa, hecha
toda de culto al deber por el deber. El prototipo es el burgués urbano, cultor
público de la ética ciudadana y en privado seguidor de las pasiones que le
carcomían, en tanto éstas no se hicieran a tal grado públicas que pusieran en
peligro los intereses del Estado. Son padres que rompieron con la organicidad de
las familias de las que provenían, sin formación ni herencia de ese ambiente
familiar orgánico. No moralizaban ni educan ya en virtud de una ley y moral
superiores a ellos mismos para con las cuales debían responder y vivir. Pero aun
con todo, no eran los padres que el arte preconizó como el enemigo a destruir.
La paternidad postmoderna vive recelosa de ejercer. Teme,
por ejemplo, traumatizar a los hijos, herir las conquistas femeninas, perder
legitimidad social o acaso apartarse de la evolución social. Muchas veces, los
hijos maduran antes que sus padres y desprecian sus contradicciones y resabios
de autoridad ahora descontextualizada y carente de validez.
Junto con esto, a la crisis que enunciamos superficialmente
en las líneas anteriores se suman nuevos factores desencadenantes de crisis
concatenantes. Piénsese, por ejemplo, en la introducción de propuestas de
“nuevos modelos familiares”, la fertilización in Vitro, las políticas adoptivas,
la irrupción del narcisismo como justificación hedonista de la familia, etc.
Todo esto, en conjunto y aisladamente, derrumban el modelo de la imagen paterna,
caotizando la estructura familiar, psicológica y sociológica de los hijos,
protagonistas centrales de las sociedades futuras.
En definitiva, la cuestión no consiste en la falsa opción de
autoritarismo o libertinaje, sino en la restauración de una imagen paterna
orgánica, humana, capaz de aportar individuos equilibrados y responsables a una
sociedad aunada en la búsqueda del bien común, reflejo a escala de la familia
que les acogió y dio forma y ser.
De estas y otras consecuencias, continuaremos hablando en un
próximo artículo.
Andrés Silva,
analista de medios de comunicación y psicólogo social, se ha especializado en
el estudio del caos y crisis geopolítico-culturales. Ha diseñado diversos
planes de comunicación para organizaciones sin fines de lucro, aplicándose
fundamentalmente al desarrollo de nodos valóricos de influencia social.
Conferencista e intelectual católico, ha impulsado y cooperado en numerosas
iniciativas apostólicas, entre ellas Asociación Cultural Regina Angelorum,
Revista Cristiandad.org, Encuentro Católico, Alianza Internacional de Oración,
Enfoques de Actualidad, Hijos del Cielo, Radio Digital “La Voz de la Divina
Misericordia”, Editorial Surgite! y actualmente participa del directorio de
Revista Buen Vivir.
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