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La perfección como ideal

La perfección no es un asunto antojadizo que varía de tiempo en tiempo aupado a las olas de la moda. La perfección es el la realización del fin último. En la criatura, cumplir el fin para el cual fue creada. En el acto, cumplir el fin último que expresa su ideal.

Todos estamos llamados a la perfección aunque tal esfuerzo signifique luchar contra un mundo decaído que clama por la apostasía de lo perfecto.

Un mundo que dio las espaldas a la perfección

Se exige la “naturalidad”, entendiendo por ella la claudicación de todo principio civilizado, precipitando al hombre por los derroteros de sus instintos progresivamente más primitivos. Imponen la “sinceridad”, diciendo de forma muy poco sincera que se quiere la incontinencia verbal y emocional. Demandan “tolerancia” para obligar a la no autocensura del pensamiento, aceptando todo cuanto no tenga sabor a verdad o moral, con un relativismo sonriente y  pasmoso que sólo se vuelve fanático y dictatorial con los que no aceptan tal imposición.

En las artes, se celebra el acto espontáneo como acto creativo, sin reglas, fines ni proporciones que le acerquen a la belleza, bondad o verdad. Las modas, en fin, traerán ridículos y extravagancias vendidas como el último aullido de lo moderno.

La perfección es una escuela de vida

Nuestra naturaleza humana no se sirve únicamente de la comprensión de nobles principios y altas ideas. Requiere de ambientes materiales y humanos que tanto la favorezcan y estimulen como eviten su decaimiento y apostasía. Renunciar a la perfección es malograr nuestra propia existencia. Un suicidio existencial.

Requiere nuestro cuidado y atención vigilante para tender en todo al bien y a la verdad con toda el alma, hasta con la última fibra de nuestro ser.

El entorno en el que desarrollamos nuestra vida, desplegamos nuestras capacidades y potenciales y donde, en fin, formamos a nuestras familias y ciudadanos, debe invitarnos a vivir bien, hacer bien, querer bien. Un clima de beneficencia y de benevolencia nos llaman siempre a más y mejor. Se conforma así un clima de auténtica belleza y alegría, libre de las amenazas del error, el vicio y la maldad.

La ascesis de la perfección

Pero este esfuerzo no es gratuito. Precisamos poner límites, conteniéndonos a través de la invitación al orden, jerarquizando nuestros afectos y disciplinando el mundo material. El desorden material invita al desorden moral, y de éste al error en las ideas hay sólo un paso.

Esta disciplina necesaria dista mucho del sistema agrio de corte jansenista o espartano, pero no quiere tampoco caer en la molicie o el regalo a la demandante sensualidad. Se trata de un equilibrio afectuoso, impregnado de luminosa virtud.

La perfección se vuelve una ascesis, en fin, desde que contraría las inclinaciones de la carne, que por su naturaleza decaída tenderán al vicio y al error. Ese esfuerzo constante se vuelve un hábito. Y el hábito del bien es la virtud.

Medios para la perfección

El primer medio es el cuidado del entorno donde se desarrollará la virtud, que es la perfección de los actos. El ambiente debe reflejar belleza, pureza, alegría y luminosidad contrapesado con la serenidad, templanza y austeridad. Un ambiente grato y seductivo que invite al cuidado sin ocio, a la virilidad y feminidad según convenga el caso. Tal ambiente producirá varones y mujeres con amor por la perfección, sin temor por el esfuerzo, sacrificados, amantes del bien y del deber. Con gusto por conquistar siempre un poco más. Con ese equilibrio de alma que refleja lo heroico y la humildad. Con sentido de belleza.

El ideal por la perfección encuentra entonces su mas alta vocación en el llamado supremo dado por el Dulce Redentor: “estote ergo vos perfecti sicut et Pater vester caelestis perfectus est”, esto es, “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Evangelium secundum Matthaeum V, 48).

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