|
¿Hemos recuperado a la familia?
Por: D. Andrés
Silva
Psicólogo social
A
primera vista, soplan buenos vientos para la familia. Es un tema de moda. Ha
cobrado tal fuerza que, por ejemplo, es ubicuo el esfuerzo comercial por
apropiarse de la defensa de los valores familiares en la publicidad de sus
bienes y servicios y hasta colorea sus imágenes institucionales.
Incluso la política tiñó de entusiasmo “familiarista” hasta
a los sectores enemigos de la familia. Artistas, atletas y personajes de la
farándula exhiben con orgullo los signos que evocan su apego por la familia.
Quedaron atrás, en apariencia, los humos tóxicos y
narcóticos del incendio de Mayo del ’68 y sus efectos colaterales.
Ni para los intelectuales más progresistas repiten los
eslóganes que vociferaron desde las cunas ideológicas. Hoy en día la familia ya
no es esa tenebrosa estructura reproductora que perpetuaba las relaciones de
propiedad y dominación represiva. Ya no se escapa de la familia apenas se puede
ni está de moda tener conflictos comunicacionales padre-hijo.
De hecho, la tendencia en encuestas es que los hijos
prolonguen su estadía bajo el techo familiar y que declaren que se entienden con
sus progenitores. Para el ciudadano postmoderno, la familia encabeza los valores
por los que lucharía, e incluso estaría dispuesto a cualquier sacrificio.
Superados los traumas de los años '60-'70, los sondeos de
opinión denotan que hoy en día la familia es “el” espacio donde las personas se
sienten cómodas y tranquilas. El pensamiento ultraliberal opuesto a la
institución matrimonial ha quedado superado por un deseo de formar familia como
proceso de conquista y éxito.
El acrimónico alarido “Familia les odio”, que fuera señal
emblemática y liberadora del progresismo revolucionario fue superado por una
mayoría que desea para sus hijos la experiencia que los encuestados tuvieron
para sí mismos en una familia.
Finalmente, la popularidad de la hiperfragmentación de las
corrientes religiosas, encabezadas por el catolicismo y algunos de sus “nuevos
movimientos intraeclesiales”, ha permitido el sostenimiento de corrientes de
opinión que restituyen a la familia el prestigio que gozara en el pasado pre-revolucionario.
“La familia está de vuelta” proclaman los reportajes de
actualidad, que reciben un “la familia se ha rehabilitado” como amén entusiasta
de sectores que simpatizan sentimentalmente con la nostalgia de la “idea de
familia”.
Pero en verdad no existe tal figura si se piensa con
claridad, sin ambigüedades. Tal popularidad, que la coloca incluso como un valor
fundamental que proteger desde las políticas estatales y empresariales, no
significa la restitución de la familia en sí misma. No existe tal ‘retroceso’ a
la familia en sí.
La prótesis ideológica que hoy se denomina con el término
“familia” no se vincula con las relaciones de deberes éticos, morales y
religiosos que fundamentan la institución familiar. Tampoco implica la relación
de vínculos y figuras de roles que dieron sentido histórico a la familia.
El “auge familiar” corresponde en realidad al “sentimiento
de familia”, a una construcción relativa y amplia que abarca cualquier relación
afectiva que se figure como “familia”. Tal ambigüedad desbanca la construcción
de relaciones y deberes, proyectándolas al ámbito subjetivo del “como se quiere
relacionar”, de forma temporal y limitada por el individualismo*.
Con raras excepciones, el número de matrimonios celebrados
por ley decrece, dando paso a la unión libre y caprichosa. Los divorcios
aumentan y con ritmo aún más acelerado, crecen las cifras de nacimientos
ilegítimos, fuera del matrimonio. Pero lo más interesante de esto es observar
que ninguna de estas conductas aberrantes es colocada al margen de la sociedad,
sino que son acogidas solícitamente por la cultura predominante.
El concepto matrimonial ha sido vaciado de su sentido, para
ser rellenado por un sentimiento de realización íntima y personal, reclamada
como derecho inalienable del ciudadano moderno. Todos “tienen derecho” a una
“familia”, no importa como se constituya. La proyección misma de los derechos
sobrepasa los límites de la mera formación, suponiendo derecho al concubinato,
amancebamiento, divorcio, anticoncepción, maternidad extramatrimonial o
artificial, familias poco numerosas o constituidas por seres del mismo, hasta
ahora, sexo.
La verificación de estos derechos exige el acompañamiento de
las legislaciones respectivas y la proscripción de reclamos en sentido
contrario, recusándose estas últimas conductas como desviadas. En términos
conminatorios, serán denunciadas en cuanto se figuran explosiones despóticas de
deberes tiránicos opuestos a las elecciones individuales inalienables.
El nuevo grupo de valores pide una familia ya no dominada
por deberes estrictos, sino por la convicción íntima que esa reunión temporal de
personas reportará felicidad y placer al individuo. Todo cuanto vulnere el
derecho a la felicidad puede – y debe – ser descartable.
Se quiere concepción, pero poca y limitada, sin imposición
moral de concebir más allá de lo planificado en común. La familia se niega a ser
numerosa y exige la anticoncepción también al interior de la familia. El
criterio de legitimidad se dará, entonces, por la capacidad de reportarnos
placer.
El divorcio, la unión homosexual, la anticoncepción, la
eutanasia, el aborto, la manipulación genética y todos sus anexos serán
legítimos y legalizables en la medida que garantizan la ‘felicidad’ del
individuo.
La familia que se festeja y protege en el sistema
posrevolucionario no tiene dimensiones morales, sino tan sólo cumple el papel de
revestir de prestigio y contexto las satisfacciones de las relaciones dentro de
la autonomía individualista.
Las nuevas tecnologías de fertilización y plástica
quirúrgica mutaron las relaciones de paternidad, maternidad, filiación y
definición sexual. Este caos vincular aparece como un preocupante factor de
locura no percibida. En efecto, hoy en día una mujer puede ser fecundada por un
hombre muerto o un sujeto cualquiera de la calle de que desconocerá su identidad
de por vida. Esta mujer genitora y la mujer gestadora pueden estar disociadas e
incluso puede una abuela gestar a su nieto o nieta. La fecundación puede
producirse sin hombre ni relación venérea.
El derecho al hijo prima por sobre la constitución y mandato
moral que da sentido a la familia. Y este derecho justifica cualquier contexto o
mecanismo, conduciendo a la disolución posmoral de la familia y sus relaciones
implícitas.
Y esta disolución extiende ámbitos otrora familiares a
quienquiera que reclame su derecho a ser feliz. Las encuestas revelan creciente
aceptación de la propuesta para extender a las familias de concubinos el acceso
a la reproducción artificial, haciéndola extensiva incluso a parejas
homosexuales. Ante esta familia de supermercado, el orden familiar se desmorona.
Al reclamo del derecho a la neofertilidad conduce
necesariamente el derecho exigido a la discriminación selectiva de hijos,
descartando las opciones que no aportan la felicidad de una “paternidad
satisfactoria”. En definitiva, el aborto selectivo no es más que la consecuencia
necesaria del derecho a la libertad individual en el ámbito reproductivo.
A contraluz, la familia ya no aparece victoriosa y
triunfante, rehabilitada tras “simples devaneos de adolescentes atolondrados y
revolucionarios idealistas”. La familia en verdad sufrió las consecuencias de
embates mucho más graves y profundos que los amenazados por entonces. Y en las
zonas o países donde aún conserva mayor integridad el proceso de desmoronamiento
es imparable.
La familia ya no es un fin en sí mismo, ante cuyo altar todo
sacrificio es posible. La familia ya no goza ni posee derechos por sobre sus
miembros. La familia hoy en día no es más que la extensión de los derechos
individualistas. Es un simple espacio con nombre romántico, donde se adocenan
reclamos variopintos a la felicidad y satisfacción personal. La subjetividad
predomina sobre lo objetivo, sobre el deber absoluto.
Del prestigio que aún goza el recuerdo familiar, los padres
mantienen la vigencia de determinados deberes para con sus hijos. Pero son
deberes apenas necesarios para sostener en el tiempo ese espacio común, para
aportar la satisfacción de realizarse como padres. No se tratará de deberes
superiores, capaces de obligar a grandes sacrificios personales a favor de los
hijos ni menos de permanecer con ellos por toda la vida.
En cuanto prótesis ideológica, la neofamilia es un contexto
ambiguo en constante redefinición, en permanente reconstrucción. Bajo este juego
libre de intereses y deseos, los individuos se agrupan y separan por el tiempo y
forma que garantice sus derechos a la felicidad. La “familia” ha pasado a ser un
instrumento de realización personal, de espacio emotivo necesario para cumplir
con las metas íntimas de superación y vivencia absoluta de la vida.
La desaparición de la imagen paterna, no es sino un reflejo
de la crisis enorme, inaudita en sus extensiones, que se verifica en torno al
derrumbe de la familia.
La postergación de la natalidad para cumplir con los deseos
profesionales y evitar la frustración de la no-maternidad como carencia de
satisfacción íntima es un factor más que suma al enjambre de causas del deceso
de la natalidad a niveles que garantizan un autogenocidio.
Ahora bien, tal suicidio colectivo no significa un rechazo
“al hijo”. Juzgar esto sería no comprender el fondo del problema. Aquí se trata
de libertad y derecho a la felicidad: el hijo sí, pero cuando y como se quiera.
No hay imposición que cumplir o contra la cual rebelarse negándola. Por eso va
mucho más allá del narcisismo que reclama las satisfacciones del Yo puro.
Si experimentamos un revivir de la familia, si empresas,
Estado y particulares la reclaman como algo valioso, es por todo cuanto nos
remite su palabra. Se otorgan facilidades para que el padre y la madre operen
bancos y sistemas desde casa para no perderse la experiencia paterna. Y es que
no hay que olvidar que, por no tratarse de una negación absoluta a la familia,
se quiere al hijo. Pero no se quiere una imposición que indique cuántos hijos ni
cómo. Este espacio ambiguo permite a un mismo tiempo la satisfacción de la
paternidad y la supresión de una moral que limite los deseos personales que, de
otro modo, se verían coartados por las imposiciones de una familia numerosa o
demandante del cumplimiento de deberes opuestos a la realización de
satisfacciones íntimas o profesionales.
El resurgimiento de la familia en una sociedad posmoral y
posfamiliar no responde a una restauración de la institución familiar, con su
moral y deberes categóricos. Pero la crisis tampoco obedece a la visión infantil
de un mandato hedonista puro, que se opone de por sí a la natalidad o a la
unión familiar permanente.
La cuestión central está en que la ruptura de los límites
ético-morales, introduce un factor caótico del deseo categórico, que no se priva
de nada y que no se exige coherencia porque siempre es deseo absoluto,
garantizado por el derecho a ser feliz.
Sobrevistas las anteriores consideraciones, el celebrado
“regreso de la familia”** no aparece más que como un espejismo formado por el
humo de un incendio colosal, del cual sólo puede renacer si asienta sus bases en
la misma causa que le originó: el deseo del bien, el amor al prójimo y la
fidelidad a principios y mandamientos que ya procurados a tientas en el
paganismo garantizaron el crecimiento de la civilización, la paz y la
prosperidad armónica entre los pueblos.
----------
* Un individualismo que por sus frutos se revela paralelo al
colectivismo. Conservando la repugnancia por ambos sistemas, es importante
rechazar la trampa ideológica que carga al individualismo todos los males,
despejando de sospechas al colectivismo, sistema que ha causado más hambre,
muerte, opresión y destrucción en toda la historia.
** Con estas afirmaciones no se ha querido afirmar la
inexistencia de afirmaciones particulares de familia, vivencia a la que
probablemente se siente vinculada sentimentalmente y por deseo un importante
grupo de familias. Sin embargo, persiste la cuestión del caos de vínculos éticos
opuestos gozando del mismo derecho de ciudadanía. Vicio y error garantizados, en
fin, por la generación de nuevos derechos ciudadanos intolerantes con las
exigencias lógicas y morales de los principios de la sana razón.
Andrés Silva,
analista de medios de comunicación y psicólogo social, se ha especializado en
el estudio del caos y crisis geopolítico-culturales. Ha diseñado diversos
planes de comunicación para organizaciones sin fines de lucro, aplicándose
fundamentalmente al desarrollo de nodos valóricos de influencia social.
Conferencista e intelectual católico, ha impulsado y cooperado en numerosas
iniciativas apostólicas, entre ellas Asociación Cultural Regina Angelorum,
Revista Cristiandad.org, Encuentro Católico, Alianza Internacional de Oración,
Enfoques de Actualidad, Hijos del Cielo, Radio Digital “La Voz de la Divina
Misericordia”, Editorial Surgite! y actualmente participa del directorio de
Revista Buen Vivir.
Regresar a portada
»
|