Otra de las grandes paradojas de la postmodernidad es el
postulado contradictorio de una liberación de la moral paralela al moralismo
valórico.
En efecto, hoy más que nunca se hace causa de suprimir los
referentes éticos “absolutos” o “impositivos.” Tenemos, por un lado, la
hiperorganizada explosión de espontáneas “parades” reivindicatorias de
cualquier causa que agrupe a más de dos marchistas dispuestos a fotografiarse
proclamándolos. Los impulsos reclaman la protección de sus “derechos” y la
supresión de los deberes conexos. Sin moral “objetiva”, basta un mínimo
movimiento del deseo para imponer a la mayoría su derecho de ciudadanía. Se
imponen, así, sus “particularidades” hasta disponer del férreo brazo legal
para castigar con celeridad cualquier opinión en contrario.
Elevándonos hasta los grandes sistemas sociopolíticos, la
“liberación de la moral objetiva” se hace cuestión de Estado y tema preferente
de debates nacionales y elecciones partidarias. Se demanda un Estado laico y,
de ser posible, anticlerical. Con una mano se reconoce la autoridad moral de
los líderes religiosos populares, mientras con la otra se les niega la
libertad de expresión o aún el derecho mínimo de solicitar coherencia a sus co-religionarios.
En este contexto, la única religión que encarna la ética y la moral objetiva
será la que lleva todas las de perder. A la Iglesia Católica se le reclamará
lo que a ninguna otra se le exige. Y se le prohibirá cuanto se permite y
estimula a las otras.
Tenemos, entonces, una característica de la lucha
posmoderna, que viene a ser la liberación del deber mandatorio, de la ética
absoluta, de la moral objetiva.
El otro brazo caotizador de este Moloch viene a ser la
proclamación ad nauseam de los valores, expresión ‘ética’ de la
‘neo-moral’ posmoderna.
Si el ‘valor’, invento tan relativista como utilitarista, se
le escapó a las mentes más brillantes de toda la historia de la humanidad, los
genios productores de best-sellers vinieron a salvar esta ‘pasada por alto’ y
brindan al hombre postmoderno producciones omnímodas para llenar cada ‘nicho’
de mercado o necesidad práctica.
Desde libros a series de televisión, pasando por esquemas
educativos y legislaciones ministeriales, la cuestión de los valores ha venido
a ser una cuestión de fondo en el esquizofrénico aparataje productor de
cultura postmoderna.
La comercialización valórica
La expresión que probablemente expresa con mejor nitidez el
punto que desarrollamos es la ‘cultura valórica’ en el mundo empresarial
Hábil en medir las temperaturas y apetitos de las personas
(1), el mundo empresarial reaccionó con singular efectividad en esta mutación
cultural (2).
Desde este mundo - cuyas millonarias inversiones en
investigación social han sido el verdadero soporte de los avances de campo –
nos viene el impulso vital que impone la cuestión ética en la política de
comunicaciones empresariales.
Asistimos a una ebullición de entidades y regulaciones
ético-valóricas. Ya desde la ciudadanía o los consumidores o ya sea desde el
interior mismo de las empresas o agrupaciones empresariales, brotan códigos de
conducta, comisiones e investigaciones cuando no políticas de mecenazgo o la
filantropía bajo forma de públicas alianzas con instituciones de beneficencia.
Los hombres que transitamos entre los dos milenios fuimos testigos del
surgimiento de otro invento que removió las bases sobre las que se estructuró
el mundo de la producción y comercio milenario: el capital simpatía. Semejante
capital forma hoy parte vital del capital de marca.
No es casual, entonces, el celoso cuidado con que se vela
por la acumulación y crecimiento del nuevo capital. Traducido a moneda, el
punto se aclara aun más: una empresa que administra e invierte en
capital-simpatía, que marca su accionar con capital-valórico desarrollando un
perfil ético, reporta un retorno casi 9 veces superior a las empresas que
carecen de un claro “compromiso ético”
(Keneth H. Blanchard,
“Ethics in Management’” in ‘Ethics in American Business’, Nueva York, 1998).
Una mutación de semejante calibre proyecta el concepto
tradicional de agentes económicos a entidades sociales, que buscan y se
ordenan para captar espacios de legitimidad social, por la vía de los valores.
Surgen los especialistas en gerenciamiento de valores, armados de herramientas
y tecnología capaz de generar, administrar, acumular y rentabilizar la
legitimidad valórica. Irrumpe la “escenificación en valores” de importancia
vital para la empresa.
Para comprensión del lector lego, lo podremos así: la
empresa se funda en el derecho natural de propiedad (3) y en la libre
iniciativa. Esta base económica permaneció sin desaparecer hasta hoy: el brazo
postmoderno impuso un cuestionamiento de la legitimidad empresarial a través
de la permanente construcción en los valores. La empresa necesita comunicar,
reaccionar y construir bajo estas normas seculares, hasta poseer su
legitimidad y poder venderla o tasarla.
Avancemos un paso: no son los valores el centro de gravedad
de la legitimidad, sino la capacidad de comunicar. Y desde ésta premisa se
revaloran los “valores”. Se delata así el aspecto utilitarista de éstos. La
“ética” se administra. Las líneas administrativas adquieren “porciones de la
oferta valórica” y operan las colosales “cirugías plásticas” organizativas con
que cimientan las estrategias promocionales a través del nuevo mandamiento
llamado “comunicación”. Las píldoras “valóricas” revitalizan interna y
externamente a la empresa u organismo de tal manera que ya el “valor” no se
relaciona con la moral o la ética, sino que avanza a su fin natural: una
cuestión estratégica, instrumental.
Dos casos paradigmáticos
Una ilustración pondrá más patente la cuestión que venimos
tratando. Uno de los ejemplos más nítidos es el drama “Tylenol y Johnson &
Johnson”. Es la muestra perfecta de teatralización dramática en beneficio de
la empresa en torno a una crisis. Frente a la muerte de 7 consumidores de
Tylenol envenenado con cianuro por un psicópata (1982), fue montada una
colosal maquinaria de estrategia valórico-comunicacional. Sin acabar de
recoger toda la información del siniestro - y mucho antes de que se
cuestionaran las responsabilidades legales en juego - la empresa, en un gesto
melodramático, pronunció un ‘mea culpa’ publicado ad náuseam por la
prensa ansiosa del morbo vendedor de tiraje y rating. Pero, el efecto valórico
calculado no contaba con sólo este gesto: anunció el retiro de 31 millones de
frascos del mercado, declarando que no importaban los 100 millones de dólares
de pérdida cuando corría riesgo un solo ser humano. Ante los medios de
comunicación impresionados con la aspaventosa ética empresarial, tomaron nota
del enorme compromiso valórico del comercio cuando publicaron la
implementación de una línea telefónica abierta a las consultas del público y
la generosa recompensa de 100 mil dólares a quien ayudara con la captura del
criminal.
El ostentoso sacrificio económico de la empresa, los rostros
afectados y la rápida respuesta valórica conmocionaron al público. No se
trataba de un simple ente económico en busca de lucro tras la venta de sus
mercaderías: en este caso se trataba de un grupo de personas con corazón y
valores comprometidos, regido por un deber ético que despreciaba las pérdidas
económicas cuando se trataba de una cuestión humana. La radicalidad de las
medidas superaba las meras buenas intenciones. Los valores difícilmente son “medibles”,
por lo que el alarde de honestidad y rectitud moral enriquecía más y más el
capital-valor de la empresa.
Quedaba demostrado que no se trataba sólo de proclamar
valores empresariales con ayuda de la publicidad como de ordinario acontece
con las empresas “esquizofrénicas”. Aquí se asistía a una eficaz
administración de la ética. La imagen superlativa proyectó a la empresa mucho
más allá del tipo de golpe bajo que eliminó a muchas empresas. Aquí (4) se
transformó un desastre, una catástrofe ruinosa, en un evento de prensa, en un
hecho noticioso administrado por la misma empresa en su propio beneficio. De
hecho, apenas 11 semanas después de la primera noticia que sembró un terror
universal para con sus productos, la empresa había recuperado nada menos que
el 80% del mercado y para 1984 poseía con soltura la totalidad. 4 años
después, Fortune consagraba el honor de su portada al presidente Jim Burke. El
tratamiento de “corazón” con la noticia había triunfado.
Si el agua mineral Perrier siguió el ejemplo, administrando
el desastre de la venta de algunos envases contaminados con productos de
limpieza para posicionarse - luego de las medidas de seguridad - como la
empresa más segura en venta de aguas envasadas, hasta aumentar su mercado, no
todas las empresas han comprendido esta administración valórica.
Nestlé gastó más de 20 millones de dólares para levantarse
del golpe recibido (1977) por más de 1.200 organizaciones que la boicoteaban
por promover el uso de leches en polvo en países subdesarrollados que
desconocían el procedimiento higiénico de manipulación del alimento, con los
consiguientes desastres sanitarios. Si hubiese seguido un análisis de fondo,
Nestlé habría comprendido que a efectos valóricos no importaba que el boicot
de INFACT no cuestionara la calidad o seguridad de sus productos: estaba
atentando contra tres de los valores más paradigmáticos de la postmodernidad,
y se burlaba de un cuatro valor supremo. Nestlé conculcaba los valores de la
seguridad, la salud/higiene y la infancia. De paso, saltaba el valor agregado
de la aprobación de algún grupo de consumidores organizados. El resto fue una
suma de errores y desastres estratégicos. En 1982 su director general
declaraba: “hará falta toda una generación para restaurar nuestra imagen”.
Resurgir y restauración
Retomando la idea central de estas líneas, el resurgir de la
moral no se trata de una cuestión objetiva, virtuosa, cercana a su raíz
religiosa. La postmodernidad rescata la “moral” como etiqueta y hace de los
”valores” una herramienta utilitaria en beneficio de intereses propios,
individualistas.
No existe, por tanto, una contradicción entre el predicado
laicista, antimoralista de la postmodernidad que destierra o combate a la
religión y el predicado postmoralista que revaloriza la ética y los valores
como categorías absolutas de legitimidad en la postmodernidad.
La apostasía de lo central, lo vital, deja a la
postmodernidad dos caras para conducir por su peso natural a un caos general
que derrumbará los cimientos de la civilización. Anticlericalismo y la
hipervalorización son dos caminos para converger en el mismo final. No hay
resurgir verdadero si no existe restauración auténtica, no basada en valores
sino en principios eternos, objetivos y superiores a los criterios de utilidad
manipuladora.
Si usted desea comunicarse con esta sección, puede dirigirse
directamente a
pensamiento@buenvivir.org
(1) Respecto a la
cuestión de la determinación de necesidades reales y necesidades asumidas,
prometemos un próximo artículo. Sentamos a discusión, a modo de introducción
remota, el paradigma con que expresara el psicólogo Jerome Bruner: “Los tres
titanes modernos de la teoría del desarrollo – Freud, Piaget y Vygotsky –
pueden estar constituyendo las realidades en nuestra cultura en lugar de
haberlas simplemente descrito”
(‘Realidad mental y
mundos posibles’, Jerome Bruner, Gedisa, Barcelona, 1998).
(2) Esta singularidad del
aprovechamiento no es una culpa del “monstruo capitalista” sino una
característica propia de la lógica empresarial. No es una propiedad exclusiva
de sistema de propiedad privada y libre iniciativa, como pinta la progresía,
sino que viene a ser, en realidad, una cualidad exigible a su propia
naturaleza, que es un intercambio de bienes o servicios mutuamente
beneficioso. De ser así, podríamos acusar de la misma ‘lógica perversa’ al
mundo político, artístico, religioso o incluso al deportivo o intelectual.
(3) El derecho de
propiedad de basa tanto en el derecho natural como en el sobrenatural. De este
último baste decir que 2 de los mandamientos protegen este derecho haciéndole
sagrado. En efecto, “No robarás” y “No codiciarás bienes ajenos” expresan el
rigor con que Dios cela el Orden con que dispuso la Creación entera,
haciéndola buena. Contrariar (negar o abusar) de los principios de propiedad
privada y libre iniciativa atenta directamente contra Dios mismo, autor del
orden universal.
(4) Sin embargo, no
debemos extremar las generalizaciones respecto a los manejos de crisis. No
todas las empresa su organizaciones poseen una eficiencia semejante a Johnson
& Johnson. Como asesor de imagen especializado en crisis compruebo a diario la
inoperancia institucional que no logra unificar las políticas de sus distintos
departamentos, de manera tal que sus manejos son caóticos a pesar de que
cuentan con “políticas de valores” y desarrollados grupos de comunicadores.
Este desastre estratégico se explica, precisamente, porque la esquizofrenia
postmoderna mantiene separada la ética entre conducta, el pensamiento y el
sentir, por señalar un solo tipo de multiplicidad de “yoes”, donde cada “yo”
se mantiene incomunicado de otro. Por ejemplo, el empresario tiene un “yo” en
el trabajo, con su propia ética, y otro “yo” en su familia, con su propia
ética. Y así con éste mismo sujeto y sus “yo” como colega, jefe, empleado,
paciente, consumidor, venderos, feligrés, espectador, etc. Los “yoes” se van
multiplicando y fragmentando, sin producir conflictos entre el operar de uno y
sus consecuencias, con el operar de otro y sus consecuencias. Va “pasando” de
un “yo “ a otro “yo” sin que exista una suerte de “yo” superior a todos,
permanente, capaz de generar como mínimo un conflicto por las contradicciones
o infracciones a los valores que cada yo sostiene. De existir interés,
podríamos desarrollar un artículo sobre esta problemática de la postmodernidad.
Andrés Silva,
analista de medios de comunicación y psicólogo social, se ha especializado en
el estudio del caos y crisis geopolítico-culturales. Ha diseñado diversos
planes de comunicación para organizaciones sin fines de lucro, aplicándose
fundamentalmente al desarrollo de nodos valóricos de influencia social.
Conferencista e intelectual católico, ha impulsado y cooperado en numerosas
iniciativas apostólicas, entre ellas Asociación Cultural Regina Angelorum,
Revista Cristiandad.org, Encuentro Católico, Alianza Internacional de Oración,
Enfoques de Actualidad, Hijos del Cielo, Radio Digital “La Voz de la Divina
Misericordia”, Editorial Surgite! y actualmente participa del directorio de
Revista Buen Vivir.