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La elegancia en el comportamiento

Por D. Rafael Etcheverría

Una de las artes más difíciles de conquistar es la elegancia. La elegancia, como cualquier arte, tiene reglas y se afina por la continua repetición hasta lograr la perfección. Como dijimos en el artículo precedente, la elegancia no se reduce a cumplir un puñado de normas sociales. Eso se aprendería fácilmente y una máquina podría ser "elegante". La elegancia es el esplendor de lo propiamente humano, porque se conquista y forma desde lo único que le hace persona: el alma.

Si bien existen escuelas, modas y tendencias en la elegancia, ésta se expresa siempre de modo individual, de manera tal que se es elegante, moralmente bello y superior, sin importar la hora o el entorno ni la actividad que desempeñemos.

La belleza en el comportamiento corona nuestro ser

De todas las artes de la elegancia que enseñaremos desde esta columna, la más difícil de dominar es la del comportamiento. Ha dicho el refrán que "aunque la mona se vista de seda, mona queda". Se puede ascender económicamente, se puede adquirir renombre popular, se puede acaso vivir en la farándula y lograr aparecer hasta en los cepillos de dientes. Acaso podemos amasar fortunas y adquirir quizás algún traje de marca conocida. Pero no importa en que zona de la ciudad vivamos ni que poder adquisitivo poseamos. La elegancia del comportamiento revela nuestro íntimo ser, nuestra cultura y valía. Se trata, en el fondo, de moral, de belleza y de perfección.

Esta elegancia va, entonces, mucho más allá de lo adecuado de un vestir o de una acertada intervención social. La elegancia auténtica se manifiesta solos y en compañía de los demás, así como seremos elegantes desde que despertamos hasta que nos entregamos al sueño, sin importar la condición social o económica de quien nos acompaña o el ambiente en que nos desenvolvemos. Nace por sí misma, sin necesidad de ser forzada por las circunstancias. Florece en las cuestiones más prosaicas con tanta claridad como en los actos más nobles.

Reconocer la elegancia

Una persona elegante no se reconoce por su desprecio a los demás. Por el contrario, se reconoce por su caridad heroica, su trato considerado para con pobres y ricos, sin mudar de ardor por conveniencias o gustos. Se muestra atenta y solícita con un enfermo y con un sano, cueste el sacrificio que signifique tal trato.

Reconocemos a una persona elegante por su forma y modo de elogiar, de estimular, de promover las cosas buenas, bellas y verdaderas. La elegancia es proactiva y estimuladora.

La elegancia elogia cuando podría criticar, escucha cuando podría hablar, cuando calla pudiendo decir habladurías o aumentar rumores. Desecha un mal pensamiento y abriga lo bueno, ganando mucho más las voluntades que haciéndose obedecer a punta de forcejeos y malos ratos. Sabiendo que está por encima de las circunstancias, no se rebaja a descargar su enfado o cólera, pero tampoco se rebaja al halago servil para conseguir favores.

Reconocemos la elegancia en quien es capaz de dominar un grupo de airados sin levantar la voz o en quien se abstiene de humillar a los demás, pudiendo hacerlo.

Una actitud elegante es prestar atención los demás, interesándose en asuntos que desconocemos o poco nos importan. Será elegante quien cumple con su deber sin considerar el beneficio o la opinión de los demás. Es elegante, por ejemplo, si se decidió atender una llamada y responder sin preguntar quien llama para decidir si se continúa o no el diálogo.

Una persona elegante jamás hace notar el esfuerzo o costo de un agasajo a los demás. Tampoco mide un sacrificio razonable si con ello lleva felicidad al prójimo. La cortesía siempre es elegante y la mudanza de estilo para agradar a los demás, jamás es elegante.

La elegancia nos evita el bochorno de hablar de dineros en una charla informal, así como de asuntos cruentos o impresionables. La elegancia aromatiza nuestra palabra eliminando la impertinencia de palabras hirientes o de mal gusto. Ni pensar en las soeces. Siempre será elegante guardar silencio ante una impertinencia, haciendo notar, luego, lo inoportuno o injusto que fue aquel momento.

La elegancia, por tanto, es una cuestión de generosidad. Es la respuesta delicada de la caridad. La elegancia nos vuelve atentos, sonrientes, amables, cooperativos, valiosos. Mirar a los ojos mientras nos hablan, sonreír a quien trata de agradarnos, perdonar una injuria, guardar silencio ante una maledicencia, reprimir un impulso natural pero incivilizado, ¡son tantas las muestras de un alma ennoblecida por la civilización!

Emulando la increpación de los Primeros Padres de la Iglesia, cuando se repudiaban las virtudes cristianad como perniciosas para el imperio, podríamos decir de la elegancia, hija natural de la virtud: "¿que sería de nosotros si todo el mundo, desde la cabeza de la nación hasta el último de los hombres, viviese y practicase la virtud de la caritativa elegancia? Si quienes mandan y quienes obedecen fuesen mutuamente amables y considerados, apegados al alegre cumplimiento de sus deberes, teniendo en vista siempre el bien de los demás, ¿acaso este delicioso arte de la buena convivencia no sería un anticipo del Cielo en la tierra?"

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