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La buena educación en la mesa
No importa cuan
cuidada sea nuestra apariencia ni el esmero que pongamos en guardar un nivel
aceptable de conversación: en torno a la mesa nos descubrimos bárbaros o
caballeros, damas o acémilas.
Pocos de los ramplones que - sin pulirse - se aventuran al examen, pasan sin
reprobar. Pero muchos menos de los que hacen gala de su civilidad serán
reprobados por los groseros si en convivencia coincidieran.
La educación es nuestra mejor garantía de gozar de las simpatías de todos y es
el único seguro posible a prueba de bochornos.
Digo esto para introducir a los lectores en el grupo de respuestas que fuimos
preparando en torno a las numerosas consultas que nos hacen llegar a propósito
de esta materia.
Los preludios de la urbanidad
Para facilitar la comprensión y la recta lógica de cada concepto, nos
acercaremos un poco a un banquete servido en homenaje a los selectos invitados a
éste, escogidos por el cariño y amistad que los anfitriones tienen para sus
comensales. Esta alta consideración para con ellos les habrá llevado,
naturalmente, a no ahorrar cortesías y galas para realzar el jubiloso momento
del encuentro. A mayor estima, más honores se reflejarán en la etiqueta y fineza
del trato, así como más delicadas insinuaciones harán llegar a sus seres tan
queridos.
Acomodados en algún espacio contiguo a la sala de comer, los invitados seremos
presentados si alguno no corresponde al grupo de conocidos. Cabe el gentil honor
a la anfitriona, por ser ésta el centro de las dignidades y porque la femenina
delicadeza apartará bochornos y les pondrá en contacto en un clima de afable
interés.
Una vez invitados a pasar, las damas precederán a los varones, situándose donde
les sea indicado por la anfitriona (si es informal) o por una pulcra y sencilla
tarjeta en caso de mesas formales.
Los caballeros corresponderán a tal título acomodando a las damas en sus
asientos y procurando que estén cómodas antes de tomar sus respectivos lugares.
En todo momento procurarán que por sus modales y uso del lenguaje, las damas se
sientan cómodas y distendidas. Bolsos, carpetas y utensilios de trabajo – si los
hubiera – quedarán aguardando nuestro retorno y jamás nos acompañarán a la mesa.
Los teléfonos móviles se apagarán inexcusablemente, para guardarlos en un
bolsillo o cartera. Los médicos y bomberos, a quienes se les permite mantenerlos
encendidos, dejarán los aparatos al alcance del personal de servicio, quien
tomará nota de los mensajes y eventualmente los transmitirán con discreción si
la urgencia lo demandara.
Sentados, conservaremos la espalda tan recta cuanto nos permita la comodidad.
Evitaremos desparramarnos sobre el asiento, curvarnos hacia delante o doblarnos
cual jirafas sobre el asiento de algún vecino.
La servilleta estará ubicada sobre la mesa y dispuesta con elegancia, esto es,
despojándose de la tendencia adolescente de enroscarla formando figuras
graciosas o rimbombantes combinaciones de color, llenando vasos, tazas o lo que
la creativa imaginación de alguna ocurrente - pero poco educada – mente haya
dispuesto para la comida.
Este auxilio tan civilizado, que a momentos parece no estar en boga pero que
jamás pierde vigencia, lo tomaremos - con cuidadosa desenvoltura - con la mano
izquierda. Evitemos la pacatería y la ramplonería. La servilleta se toma sin
desdoblarla completamente, idealmente acomodada como rectángulo, a nuestra
siniestra, con el doblez hacia el comensal de la izquierda. Esto se hace con
sencillez y naturalidad. Nadie tiene que percatarse de que tenemos una
servilleta. Todos la tienen y sobran los comentarios. Digo esto para quienes
hacen figurines de torero en plan de guasa. Y jamás, nunca, cuelgue la
servilleta del cuello, como en las películas de mafiosos.
La servilleta, recordémoslo siempre, es para usar, no es un adorno. Merece – y
debe – ser usada cada vez que hagamos uso de los labios con elementos
contaminantes de su pureza. Cada vez que sospechemos que han quedados hollados
por el rastro de los alimentos, usaremos discretamente de la servilleta para
limpiarnos.
Por tanto diremos que siempre usaremos de ella antes y después de beber de la
copa. Y aunque se comprende que el maquillaje jamás es llamativo - pero tampoco
inexistente – las damas deberán evitar marcar las servilletas con el lápiz
labial u otros maquillajes que lleven en el rostro.
Los alimentos son un complemento de la mesa, por lo tanto, restémosles
protagonismo no haciendo aspavientos con los brazos y gestos, ni movilizando
utensilios en recorridos ampulosos. Si bien nunca gesticularemos en la mesa,
absolutamente nunca lo haremos con el servicio en las manos. La esgrima es un
deporte noble y agradable que debemos practicar en el momento y con elementos
adecuados.
Al tomar los bocados, la espalda debe mantenerse naturalmente erguida y
saludable. No es correcto inclinarse para ingerir la comida. Deje que los
cubiertos hagan correctamente su trabajo, facilitando los cortes y acercando
éstos a su boca. Es sumamente correcto elevar el bocado verticalmente hasta la
altura de la boca y entonces acercarlo horizontalmente a los labios,
describiendo un ángulo armonioso y sin afectación.
El trabajo de los cubiertos incluye no despedazar los alimentos con los dientes,
sino que trozaremos en el plato cada porción, que tomaremos en cantidades
prudentes, sin exagerar por excesos groseros ni defecto de tamaños ridículos. La
sopa, por muy caliente que se nos presente, no se sopla bajo ningún concepto. Si
desea temperarla, agítela discretamente en el mismo plato. Las cucharadas del
sublime caldo se toman del centro del plato, no desde el borde. La cuchara se
hunde suavemente en el líquido, sin “bucear” ni salpicar con ella.
Muchos preguntan por la naturalidad y elegancia de los brazos en las comidas,
tema complejo para mantener la dignidad en una actividad muchas veces tan
cercana a lo animal. Recomiendo descansar los brazos apoyando las muñecas sobre
el borde de la mesa, en un equilibrio que les permita un reposo sin vulgaridad
ni afectación. Recuerde que si siempre es incivil mesarse la barba y los
cabellos, o la piel del rostro, en una comida, por una cuestión mínima de aseo,
quedan terminantemente excluidas éstas actividades propias de neuróticos
perdidos.
Este atención para con nosotros mismos la mantendremos para nuestros compañeros
de banquete, cuidando nuestro comportamiento, los temas y expresiones que
utilizamos, los gestos y actividades sobre la mesa. Si desea algún elemento que
no esté a su alcance, no se levante ni atropelle a los vecinos en una enfadosa
exhibición de elongaciones acrobáticas. Simplemente solicite que se lo alcancen,
en un todo de voz discreto, que pase inadvertido para el resto de los
comensales. Esta norma de tono de voz se mantiene para todos los ruidos posibles
de hacer en una comida. No haremos ruido ni con la boca, ni durante la ingesta
de alimentos, ni con los cubiertos, copas o platos. La regla se aplica también a
todos los ruidos con que herimos la sensibilidad de los demás y nuestra propia
dignidad. Tales inciviles actos son evitables al no comer con la boca abierta,
chocar los utensilios, servir líquidos y beberlos. Las copas no se llenan hasta
el borde ni en porciones tan mínimas que obliguen a tomarse la reiterada
molestia de renovar el pedido de líquidos. De ser posible, los anfitriones
dispondrán de una persona para vigilar que jamás falte líquido en las copas.
Adviértase a la misma servicial criatura que este ministerio debería cumplirlo
con caridad, sin invadir la privacidad de los comensales husmeando las copas
para rellenarlas, con un estilo propio de la Gestapo o de la KGB, inmiscuyéndose
en la intimidad de los comensales.
Los anfitriones están obligados al noble arte de dirigir a sus convidados.
Recuerdo a éstos que de ellos depende el ritmo de la comida, por lo que deberán
cuidar los tiempos. Nadie comenzará a comer antes de ellos ni terminará mucho
después de los anfitriones. Un buen ritmo es la naturalidad pausada. La mesa se
levantará una vez que todos terminaron de comer.
El personal de mesa comenzará a distribuir los alimentos siguiendo el orden de
jerarquía propio de la ocasión. Siempre se mantendrá la regla de cortesía al
servir por la izquierda del invitado y se retirará por su derecha.
Esta misma norma se sigue cuando se hace circular alguna fuente entre los
comensales: se recibe por la izquierda y se pasa por la derecha. A quienes
consultan, reseñaremos el ejercicio, nada complicado, de recibir un objeto en la
mesa: levante su mano derecha y extiéndala educadamente para tomar la bandeja o
utensilio que le ofrecen por la izquierda. Recibida la bandeja con la mano
izquierda, la pasamos de mano y con la misma diestra, ahora libre, tomamos una
cantidad discreta de los alimentos que se nos ofrecen. Ahora ofreceremos a
nuestro vecino la bandeja, sosteniéndola con la mano izquierda. Si la bandeja o
fuente cuenta con asas, el procedimiento natural será apoyarlo en la mesa y
girarlo para que el siguiente comensal pueda tomarlo con comodidad de las asas.
Las bandejas con asas no se pasan de mano a mano.
Respondo que siempre es educado tomar de los alimentos que se le ofrecen, aunque
sea una unidad y aún cuando no la comamos. Puede usted dejarla luego en el
plato, sin tocarla. Es de fina educación no rechazar alimentos ni apenar a la
anfitriona haciéndole notar nuestra rudeza de paladar o caprichos sin educación.
Un paladar fino es como un buen oído. Puede oír de todo por mucho que no se
pliegue a todo.
Es costumbre poco cortés hacer gala de nuestros remilgos y restricciones en los
alimentos. Salvo por razones médicas, o extremadamente justificadas, avisaremos
a la anfitriona nuestras restricciones alimentarias. Tal excusa la daremos en el
momento de recibir la invitación o bien, si se trata de una cuestión de último
minuto, pediremos licencia apenas tengamos noticias del siniestro o como mínimo
al ingresar al lugar del banquete, para dar tiempo a la anfitriona de disponer
las acomodaciones necesarias.
Resulta de gran descortesía asumir que no causará incomodidad arreglándoselas a
solas durante el banquete pues, como mínimo, causará desconcierto en los
anfitriones y comensales, que pugnarán por ofrecerle alternativas en el momento,
tornando sobre usted una atención y trastorno que evidentemente no desea.
Si al sentarnos vemos que se dispuso de un plato para ensaladas (a la izquierda,
un plato pequeño), colocaremos en ella la ensalada honrando el acierto de la
anfitriona que nos dispensó de mezclarla en el plato de la comida principal. Lo
mismo para todos los alimentos: porciones discretas, que cortaremos una tras
otra. No es civilizado destrozar los alimentos en un solo ataque.
El plato para el pan debería ser de rigor. Allí porcionaremos el feliz alimento,
evitando regar con migas en torno nuestro. Se parte en dos y desde esas mitades
tomaremos las porciones que llevaremos a la boca. Pocos espectáculos son más
groseros que la lucha despiadada de los dientes contra la pieza de pan, razón
por la cual es preciso enfatizar que el pan no se lleva directamente a la boca.
Los aditivos a su sabor, tales como mantequilla, mermeladas, pastas o cremas se
colocan en porciones pequeñas en el plato de pan. No se toman directamente de la
fuente, generando incomodidad para todos. Apenas en plan íntimo y casero sería
permitido, aunque siempre es evitable la bochornosa situación.
Sobre cuestiones reservadas a la informalidad, recordaremos que el ketchup y
otros ingenios tan a propósito de hamburgueserías y tiendas de salchichas, no
han de solicitarse a la anfitriona so pena de apenarla por el desprecio que
damos a sus esfuerzos de delicadeza culinaria con que nos quiso homenajear.
Consultan por necesidades o hábitos. A quienes tienen prescritas medicaciones,
que sean imposibles de adelantar o postergar para entregarse a tales menesteres
al amparo de la privacidad, diremos que si son pastillas, pueden depositarlas en
una mano, con discreción, ligeramente bajo la mesa, para luego llevarla a la
boca y beber el líquido que facilite su ingesta. Diría que el grado de civilidad
se mide en puntos que se restarán por cada comensal que note sus operaciones
personales.
Existe un utensilio de uso común en mesas que asumo popular por la novedad. Se
trata del mondadientes. Diremos que el único y exclusivo uso que se puede dar al
adminículo es ensartar comida formando brochetas o pasapalos. Los otros usos –
cuyas imágenes desisto evocar para no herir la sensibilidad del lector – quedan
incuestionablemente proscritos a tabernas de mal vivir, donde incluso tampoco
son de vista frecuente.
Quien se vea en la incómoda situación de tener que lidiar con una espina o trozo
duro en medio de los alimentos ya ingresados a la boca, evite exhibir la
operación ocultando con una mano la boca y operando con la otra la extracción
valiéndose de una cuchara, con la que transportaremos la impertinencia hasta un
borde del plato.
Si acaso tiene el hábito de fumar, tenga la cortesía de contenerse al menos
hasta finalizado el postre y que se retiren los no fumadores. Si acaso se
encuentra en franca desventaja, la anfitriona habrá dispuesto previamente un
espacio cómodo para los fumadores, donde se les hará llegar el café y los
chocolates. Si usted no fuma, mantenga su cordial civilidad no molestando a
quienes si hacen uso del tabaco. La urbanidad le susurrará al oído que debemos
respetar para ser respetados.
En torno al mismo aspecto, diremos que han de evitarse temas conflictivos,
amonestaciones y cuestiones escabrosas tanto como retener la atención exclusiva
sobre una persona. Descarto que pase por la cabeza del lector la incivil
compulsión de atraer sobre sí misma toda la atención. Si así fuera, por cortesía
disuada a los anfitriones de invitarle al banquete o bien insista su advertencia
de su mal hábito a fin de que lo tengan en cuenta si aún así insisten. Teniendo
en cuenta que lo usual es cursar la invitación, siquiera por cortesía espere a
la segunda o tercera insistencia para tomarla en serio.
El mismo Cristo escogió banquetes y comidas para su prédica admirable y oficio
de milagros sublimes. Las cenas y comidas son, por tanto, situaciones de
incomparable nobleza, a las que nos podemos acoger con todos los miramientos que
la caridad y buena educación nos recomienden.
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