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Cambiar para vivir
Por: Andrés Silva
Investigador en Psicología
Social y Semiología
La
historia personal – como la de la humanidad – no se muestra pareja. Los períodos
de paz y de orden siguen con períodos de caos y conflictos. Pero, ¿esto
significa que siempre deba ser así, como si de una ley universal se tratase?
Las tormentas de
la vida dejan siempre saldos de víctimas numerosas. Náufragos materiales,
morales o espirituales que sucumben al embate de los malos tiempos. Otros, pocos
pero notables, parecen reponerse y hasta hacerse más fuertes y listos, como si
aprovecharan los temporales para hinchar las velas del barco de sus vidas.
¿Qué hace la
diferencia? Lo que hace a unos fuertes y a otros les mata es la capacidad del
cambio. Es una fuerza interior poderosa, capaz de elevar o hundir a dos personas
que atraviesan la misma circunstancia.
Los superiores
toman la experiencia trabajándola hasta conseguir habilidades y destrezas
nuevas, capaces de colocarles en ventaja respecto al nuevo estado de cosas. En
su mente y actitud, las circunstancias que cambiaron servirán para sacar sus
talentos a relucir. Pero, ¿significa esto que no se vean moral o anímicamente
afectados por los golpes de la vida? No. Incluso muchas veces son acicateados
por dolores mucho más intensos. La diferencia está en cómo resuelven su dolor.
No son seres
superiores, dotados de algún tipo de poder místico, ni criaturas extraordinarias
favorecidas por una suerte caprichosa. Son personas como todas, diferentes tan
sólo en esta capacidad de cambio. Una capacidad humana que todos – sin excepción
– poseemos.
El registro del
dolor
Los tiempos malos
no son igualmente dolorosos. Para unos, las heridas que sangran provienen de
injusticias terribles. Para otros, abusos físicos o verbales que nunca se
repararon. En otros más, sus emociones sangran continuamente. Y hay quienes, en
fin, cargan consigo sufrimientos psicológicos, morales y materiales, angustias e
incertidumbres difíciles de enumerar por su cantidad y variedad.
Lo común de todas
estas heridas son sus huellas. Estas marcas que llevamos con nosotros se
traducen en temores y golpes a nuestra autoimagen. Nuestra autoestima herida
será el filtro con que comenzaremos a escoger actuar o no - y cómo hacerlo -
ante la vida.
Con el tiempo, lo
curioso es que aquella circunstancia fue pasajera, la “mala racha” quedó atrás,
pero seguimos apegados a su efecto y aferrados a la manera que escogimos de
sentir, pensar y actuar.
¿Por que,
entonces, construimos el futuro desde ese recuerdo del pasado? ¿Por qué
renunciamos a las nuevas oportunidades? ¿Por qué nos empeñamos en recrear diaria
y continuamente el recuerdo doloroso y nuestra impotencia se prolonga mucho más
allá de lo concebible? Ya lo anticipamos: falla el poder del cambio.
El mito de Sísifo
Como en el mito
griego, quienes se resisten al cambio levantan cada día, desde la mañana hasta
la noche, una pesada roca que nunca llega a concluir su camino. Al despertar la
roca les aplasta y consumen el día ocupándose de la roca, obsesionados con ella,
sin pensar en todos los caminos y ayudas posibles para liberarse de la carga.
El trauma que
sufrimos nos ha “capturado” internamente, impidiéndonos reaccionar, muchas veces
por nuestra propia culpa. Hicimos de la mala experiencia la vara que mide
nuestras nuevas vivencias. Nos medimos con la medida del dolor y el
resentimiento. Nos miramos al espejo deformado por los daños que sufrimos. Estas
cadenas son las que nos impiden ser libres y tomar las riendas de nuestra vida,
aquí y ahora, de cara al futuro.
Hemos llegado a
convencernos respecto a nosotros mismos, a los demás y a la “vida”. Desde esas
creencias asumimos lo que es posible y lo que no será e incluso fantaseamos con
una “suerte” que nos tocó vivir que nos hace menos afortunados que a los demás.
Desde nuestra ventana, todos los pastos son más verdes. Así comenzamos el lento
proceso de autodefinirnos en la vida y esperar los cambios que nos traiga. Y
reiniciamos – como Sísifo – la diaria rutina de repetir las malas experiencias
una y otra vez, de envenenarnos día a día con los malos pensamientos y temores.
Liberarnos de la
opresión
Estamos
encadenados al pasado y nos condicionamos para el presente. Escribimos a ciegas
nuestro futuro. ¿Esto debe ser así?
Como el lastre
que impide elevar un globo aerostático cuyo destino es alcanzar el cielo, así
son los hábitos mentales que nos aferran al fracaso. Está en nuestras manos
soltar el lastre, romper las cadenas y sogas que nos atan a nuestros traumas y
nos hacen construir nuestra imagen y actitud ante una vida que ya ha cambiado
muchas veces desde entonces, o que si nos afecta hoy mismo, podría marcarnos
para siempre.
El primer paso
para esta liberación que aparenta ser imposible es la humildad. Las
circunstancias de la vida no nos toman tan en cuenta como pensamos. Lo que sí
influye y es cómo reaccionamos, que actitud tenemos ante la vida. La diferencia
entre quienes triunfaron y quienes aun se encuentran en el piso tras los golpes,
es la clave.
De alguna forma,
quienes se encuentran “capturados” por sus recuerdos y resentimientos, logran
“revivir” día tras día – no importa cuan diferentes sean unos de otros – su
historia de dolor y discriminación. Sólo cuando rompen la cadena comienzan a
ocurrir los verdaderos cambios, esas vivencias que les parecían que “sólo le
ocurren a otros”.
Ahora, poco a
poco, comenzarán a formarse nuevas creencias y convicciones. Pero habrá una sola
y gran diferencia: las nuevas creencias estarán libres de ilusiones, porque
tenemos en nuestro registro la experiencia del dolor y la frustración. Esto da
las ventajas que superan a los demás, porque sabemos qué evitar y cuánto duele
caer en lo mismo. Nos hace más certeros y exitosos, preparados para el futuro.
De alguna forma,
el filtro que habíamos escogido para observar e interpretar el mundo, nos hacía
ciegos e inoperantes. El nuevo filtro nos hace ver con una precisión
infinitamente más efectiva y nos dota de una capacidad de actuar realizando
nuestros anhelos.
Mirando un trauma
o hecho doloroso hacia atrás, veremos cómo los hechos no cambiaron. Lo único que
ocurrió fue no permitirnos cambiar. En eso y solo en eso estuvo la diferencia.
Con razón milenaria, el ideograma chino de “crisis” también significa
“oportunidad”.
La fortaleza de
lo superior
El mismo dolor
hizo a unos fuertes y a otros los mantiene desangrándose. Unos aprendieron,
otros siguen aferrados a su dolor. Los cambios de la vida, como los de
temperatura y clima en la naturaleza, hicieron crecer a los primeros. Les hizo
fuertes y cargados de frutos.
Los cambios,
negativos y positivos, son una escuela constante para quien desea aprender, y un
estímulo formidable para desarrollar nuevos talentos y habilidades. El mismo
Edison, al ser consultado por cómo se sentía después de haber fracasado diez mil
veces antes de sacar su bombilla eléctrica respondió: “Yo nunca fallé. Tuve, sí,
diez mil oportunidades para aprender algo nuevo.”
Romper con el
pasado requiere también otro cambio en la actitud: abandonar el pensamiento
inmediato y facilista. Desechar lo que complica es la medida para seguir
fallando, porque nadie en la vida trabaja para nosotros ni puede impedir que
ocurran cosas malas. Abandonar ante el primer problema no es el camino del éxito
que lamentamos no alcanzar.
Pasar de
contentarse con reaccionar ante la vida y hacer cambios en esas reacciones es el
primer paso. El segundo, una vez alcanzada la convicción de desear ser libres y
comenzar los cambios, será la proacción, de la que pronto hablaremos con más
profundidad.
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