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El
poder curativo del perdón
(Respuesta a la consulta de Ana G., Madrid, España)
Pocas
pasiones humanas son tan comprensibles como el odio y el rencor. En efecto, es
natural en el hombre el impulso a reparar la injusticia que siente ante un
atropello, abuso o arbitrariedad.
La historia de
los ofendidos esconde, normalmente, elementos que en estricta razón demandan una
venganza que alivie, descargando la rabia y la impotencia. Rara vez se
manifiestan casos de odio por situaciones sin una lógica que les dé motivos. Ni
son historias de casos imaginarios, inconexos con la realidad. Sea como sea que
se interpreten los hechos, el ofendido tiene razón. Al menos, una razón. Y el
ofensor, sin duda, un motivo, al menos un motivo, para haber actuado así.
El perdón, ante
los ojos del herido, aparece como una debilidad moral si no como una ridícula e
injusta exigencia. ¿Cómo perdonar al desgraciado que marcó nuestras vidas por
años, destruyendo en nosotros las posibilidades de ser felices?
La ofensa nunca
es una sola, porque acarrea consecuencias, quiera o no el ofensor. La víctima
queda mutilada, minusválida psicológicamente, para continuar su vida normal. La
huella del crimen permanece como una cicatriz sangrante que se abrirá cada vez
que algo en su vida le retraiga a los días del golpe. Y así, la vida emocional,
laboral, económica, moral o espiritual queda mutilada. El ofensor será
responsable, por tanto, no sólo de la ofensa original sino además de todas las
consecuencias de su delito. Es una deuda enorme que crece y se acumula con el
tiempo.
Proyectada en el
tiempo, la ofensa es como una bola de nieve que aumenta con el rodar de los
días, hasta devastar una vida y las de quienes le rodean.
Visto así, el
perdón se antoja, más que nunca, como un atropello a la justicia, como una
muestra de debilidad o de sometimiento ante el criminal.
Sin embargo,
madurada la persona y ampliada su perspectiva de la vida, comprende la fortaleza
y magnitud de espíritu de quien perdona. La magnanimidad se reserva a las almas
grandes, no a las pequeñas y medrosas. La grandeza de alma está para quienes
ejercen actos heroicos que contradicen las pasiones naturales de su alma, no a
quienes se dejan arrastrar por ellas, haciéndose semejantes a los más elemental
y primitivo, a lo inmediato del animal.
El perdón - desde
el punto de vista psicológico - es uno de los menos comprendidos recursos
curativos. Es también, de lejos, uno de los menos explotados de los remedios
humanos. El perdón involucra un acto de la voluntad para superar la parte animal
de sí mismo y renunciar al impulso de la venganza.
Por tanto, lejos
de ser pasivo y sumiso, es un acto de gran fortaleza, actividad y madurez.
Implica una visión superior de la vida y de la naturaleza humana. Y un eficaz
corte con las consecuencias que nosotros mismos permitimos que tomase la
injuria, abandonándonos a la desesperación y amargura de vida, pues fuimos
nosotros quienes renunciamos voluntariamente a vivir lo que creemos que el
ofensor no nos permitió con la herida. Fuimos nosotros quienes sumergimos en el
dolor y la pobreza emocional a quienes nos rodearon todo el tiempo que
transcurrió desde aquel momento. Nosotros, y no el ofensor, quienes nos privamos
de vivir plenamente nuestras vidas.
El padre
abusador, el jefe cruel, el criminal… todos los géneros de culpables abandonaron
algún día el recuerdo del delito y continuaron su vida. ¡Y somos nosotros
quienes mantenemos en nuestro interior presente y activo aquel daño!
El perdón es el
bisturí invaluable que corta el cordón umbilical que nos une con el dolor y lo
alimenta, manteniéndolo vivo.
El perdón no es
lo que atenta contra nuestros intereses. Son el rencor, el resentimiento y el
odio quienes atentan contra nuestros propios intereses. Perdonar los agravios
que sufrimos nos libera del sufrimiento y nos hace otra vez dueños de nuestra
vida.
El perdón nos
libera del círculo vicioso de las mutuas rencillas, rencores y represalias.
Cuántas veces más frecuentes son aquellas ofensas que recibimos de quienes nos
rodean, sean nuestros parientes, cónyuges, amigos, colegas… Todos quienes
cobrarán la primera oportunidad de desquitarse con nosotros por nuestra
venganza, que procuraremos desquitar apenas se nos de el momento. De un pase
mágico, nos convertimos en lo que más odiamos.
Perdonar es lo
que nos libera de este vicio infernal, trayendo a todos – a ofensores y
ofendidos – la paz y la conquista de una vida mejor y más plena. Perdonar no
justifica ni libera al ofensor de culpa y cargo. Perdonar es liberarnos de los
sentimientos y emociones negativas.
Por eso el perdón
es superior y más beneficioso que la venganza, sobretodo en aquellos casos en
que es más difícil perdonar porque se involucra nuestro orgullo y sentimientos
más queridos.
La infidelidad
conyugal, por ejemplo, con su carga de traición, burla al respeto y el amor
herido, es probablemente uno de los actos más heroicos al perdonar. El impulso
natural es a proteger nuestro orgullo ofendido, a buscar ciegamente una forma de
castigo, ya sea el divorcio, el maltrato o el pago con la misma moneda, cuando
no el crimen cruento y abierto.
El perdón,
conciente y maduro, no ignora las causas que movieron a uno y a otro, sino que
por sobre todos los motivos, pone el fin superior de la felicidad y bienestar.
Las disfunciones emocionales - como las de la intimidad conyugal - provienen de
esa carga creciente de ira no desatada, de la incapacidad de soltar la memoria
que nos hiere, de esa debilidad de carácter que imposibilita la renuncia a la
venganza, por mucha conciencia que se tenga de las consecuencias para todos. “No
puedo perdonar. Por más que lo intento, no logro perdonar”, dirá el ofendido.
Pero en verdad, no intentó perdonar poniendo todo de su parte. El perdón es un
acto íntimo, independiente del otro. Por eso mismo puede darse con independencia
del cambio del otro, sin impedir tomar las legítimas medidas frente a una acción
indebida, siempre que sean medidas justas y no venganzas justificadas. Hablar
con el ofensor, buscar medios para impedir la reincidencia, la búsqueda de
caminos para mejorar la relación, son medidas maduras, que si se enfocan con más
fuerza de la que aparentemente se necesitaría, de seguro inaugurará una vida
superior a la que llevaban hasta el momento.
Pero… ¿cómo
acabar con el resentimiento? Primero, haciendo con seriedad un auto examen
psicológico, una revisión madura de nuestra conciencia. Es estúpido pretender
que el perdón sea inmediato, apareciendo de la nada. Por mucho que pueda curarlo
todo, no es un remedio gratuito.
Es necesario,
para perdonar, indagar en lo que ocurrió y en sus causas. Es casi imposible
esperar un perdón automático. Para perdonar el ofendido requiere haber
descargado de alguna forma su ira, reconocer lo que tuviese de culpa en el hecho
y sus secuelas… y considerar las consecuencias de su rencor.
Médicamente el
rencor, la incapacidad de perdonar, también tiene efectos dañinos. Quien no
puede perdonar manifiesta en el tiempo un apagarse la vida en él, consumiéndose
en su rabia, perdiendo el sueño, trastornando la digestión hasta, por ejemplo,
ulcerarse o incluso volverse delicados hasta la hipertensión. Muchos de los
síntomas cardiacos y digestivos, las disfunciones del descaso y la pérdida del
deseo conyugal, la hosquedad en el trato con los demás e incluso la pérdida del
empleo o relaciones sentimentales provienen de la ira acumulada en quien no es
capaz de perdonar.
Quien tiene la
fuerza de perdonar experimenta un cambio radical. Desciende sobre sí una
sensación efectiva de descanso interior, de entusiasmo por la vida, una energía
espiritual renovada… un “renacimiento” en palabras de quienes perdonaron,
liberándose del rencor.
No perdona quien
no siente amor. Sin amor, el alma se seca, se resquebraja hasta límites
vergonzosos de nerviosismo y debilidad emocional. Con amor podemos perdonar, y
se manifiesta en aquel perdón hermoso que procuramos por el bien de los
ofensores. En ese momento, aquel instante mágico del perdón derrama sus
beneficiosos efectos. Las amistades, los matrimonios, las carreras
profesionales, vienen a ser como soñamos amargamente haber sido imposibles. Y en
el fuero más íntimo de nosotros, el perdón nos regala con la liberación de
nuestra depresión, el rompimiento con vicios y dependencias, la recuperación del
entusiasmo y creatividad, en fin, con el anhelado control de nuestras vidas para
hacer con ellas lo mejor de nuestros sueños.
El perdón, en
definitiva, logra el mayor milagro en la vida del ofendido: dar sentido y
liberarlo de las pesadas cadenas que destruyeron su vida por tanto tiempo.
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