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Cómo desarrollar la voluntad
Si
observamos con atención, muchas de nuestras grandes derrotas en la vida se
originan en la falta de voluntad. No se trata tanto de falta de deseos, o de
medios, sino de no tener la fuerza de voluntad necesaria para hacer prevalecer
nuestra meta ante los obstáculos y esfuerzos que nos separan de alcanzarla.
Pero la voluntad
ha desaparecido de los modernos textos de psicología. Ya no se enseña, no se
predica. Y se necesita más que nunca.
A confesión de
todos cuantos descubrieron este concepto, quien domina el arte de la voluntad,
cuenta con un poder magnífico, que abrirá las puertas a sus sueños y los hará
realidad en cuanto sea posible… e incluso conquistará imposibles. Se dice que
éste – el de la voluntad – fue el secreto más poderoso de los jesuitas, que les
permitió la conquista del mundo e influenciar a naciones enteras para
desarrollar su potencial.
El peso de la
voluntad
Como personas,
nuestra expresión natural es la voluntad. Podemos enfrentar, crear y recrear el
mundo gracias a la voluntad. Pero esa facultad, para que se potencie y nos
otorgue la plena individualidad, hay que ejercitarla, educarla, hacerla crecer.
¿Qué pasos
seguir? Un orden sencillo y realizable no puede olvidar estos cinco puntos
elementales: tener un propósito (enfoque), intención, motivación, evaluación y
deliberación.
Con esto tenemos
lo que podríamos definir como la “maquinaria” de la voluntad. Y de nada sirve
una máquina sin un objetivo, sin una labor que cumplir.
Tal objetivo será
nuestra meta, el final del camino que tenemos que recorrer. Una meta deseada,
querida, de la cual estamos firmemente convencidos.
Lo segundo
requiere un poco de introspección, de observarnos por dentro, con objetividad.
Se trata de averiguar los “por qué” de nuestros desvíos de la meta. Conocer las
causas de esos “autosabotajes” que frustran nuestros intentos, impidiendo
alcanzar nuestro objetivo.
Para servirnos de
guía, podemos hacer una pequeña lista de aquellas barreras, esas “otras
motivaciones” que entraron en conflicto con nuestra meta, mirar con seriedad
todas aquellas veces en que fuimos irresponsables, dispersos, inmaduros y
apuntar qué fue exactamente lo que ocurrió y qué consecuencia tuvo, por qué no
se pudo, etc.
¡Cuántas otras
veces fueron nuestros distintos “yo” los que entraron en conflicto! Somos unos
en el trabajo, otros en sociedad, otros en la intimidad del hogar, otros en
nuestra vida religiosa, otros como padres, otros como hijos, etc… Apunte todo,
todo lo que interfiere, lo que apoya y complementa, lo que dicta algún otro
punto de vista en su interior. Llegaremos, así, a un momento de alineación de
estos roles, de estas sub-personalidades, que potenciarán incalculablemente
nuestra máquina de la voluntad.
¿Cómo lograremos
ese motivo sin estar íntimamente movidos a alcanzarlo? La motivación es nuestra
respuesta. Muchos han exagerado la importancia de este punto pero, sin embargo,
nadie puede despreciarla o negar el papel fundamental que tiene en aplicar el
resorte interior que nos impulsa. Motivos podemos tener muchos. Algunos motivos
son meramente físicos, otros emocionales, otros intelectuales. Podemos estar
motivados por una causa ética, religión, intereses sociales, artísticos,
sentimentales, familiares, laborales, simbólicos o tantos otros igualmente
poderosos.
Dicho esto,
sopesamos el movimiento en una balanza interna: la mejor balanza del mundo,
porque nos afecta en lo más íntimo.
Pensemos, pausada
y serenamente: esto que deseo, que quiero tanto, que imagino en sus detalles
para alcanzarlo, ¿por qué lo hago? ¿para qué? ¿qué enfrentaré? ¿por dónde me
moveré? Aquí ingresan nuestros valores personales, el peso que tienen los campos
de nuestra vida y todo lo que implica nuestro mundo interior y exterior ordenado
valóricamente.
Trataremos,
entonces, de tomar conciencia de nuestra posición y nuestra actitud ante todo el
abanico de consideraciones que desplegamos ante nuestros ojos.
Finalmente,
nuestros preparativos llegan al puerto de salida. Aquí, movidos y claros
respecto a lo que queremos y sus consecuencias, sopesaremos todas las
condiciones formales del problema, es decir, el “cómo lograrlo”, y las
respuestas a todos los problemas que prevemos que se puedan presentar.
Hemos concluido
nuestro viaje por el interior de la maquinaria de la voluntad.
Ahora, ¡manos a
la obra!
Ahora, el primer
enemigo que encontraremos será la dispersión. No podemos conquistar todo de un
solo golpe, con un mínimo esfuerzo ni a un mismo tiempo. Tendremos, entonces,
que jerarquizar, priorizar y descartar. Aprender a renunciar a todo en lo
inmediato es el primer paso para hacer efectivo nuestro entrenamiento de la
voluntad. Se trata de aprender a decidir nuestras preferencias inmediatas.
Mientras más
aprendemos la experiencia de la voluntad, mejores y más expertos nos volveremos
en el arte de decidir. Nos convertiremos en más potentes y efectivos. Los
ensayos y errores nos irán fortaleciendo y madurando en la responsabilidad.
Hemos decidido libremente, somos responsables de nuestros actos.
En esta ocasión
sólo hemos abierto este tema a su consideración. En otros artículos iremos
respondiendo sus consultas y ampliando el apasionante mundo del poder de la
voluntad, para desarrollarla y servirse de ella como instrumento de logros,
mejoría y superación.
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