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La elegancia en el ambiente de trabajo

Por D. Rafael Etcheverría
Director Honorario

Sin dejar de lado las cualidades de buen gusto en el vestuario, quisiera referirme brevemente al ambiente de trabajo.

Ya dijimos que los signos exteriores, como la ropa, eran un vocabulario no verbal que narraban de nosotros mucho más de lo que suponíamos a primera vista. Lo mismo se dirá, por tanto, para todas las formas y modales que nos vinculan a los demás. Es decir, también es aplicable a la decoración, vocabulario, peinado, aseo, modales, y el sinfín de cosas que van más allá de lo que decimos explícitamente.

Nuestro espacio de trabajo refleja nuestro interior

Sobra decir que el ambiente en que trabajamos debe reflejar orden, pulcritud, austeridad y limpieza. No importa que función desempeñemos, o si aquel lugar se encuentra en un espacio doméstico, estas normas son indiscutibles.

Si hay orden interno, necesariamente éste orden exige el externo. El orden interior exige el orden exterior y el desorden le violenta hasta el extremo de hacerse insufrible. Sin caer en neurosis, cuidar el orden fomenta el buen desarrollo de nuestras ideas y las acciones.

La pulcritud es la nota de perfección en la proporción de las cosas, dictándonos íntimamente el sentido de cantidades, calidades y otras cualidades de los objetos y bienes que rodean nuestro trabajo.

La austeridad nos invita a templar nuestros ímpetus. Tempera nuestras pasiones y entusiasmos, evitándonos tanto los derroches de elementos como las extravagancias injuriosas para nuestra dignidad.

Finalmente, la limpieza es el reflejo interior de nuestra pureza interior. Así como el orden interno se refleja en el externo, la limpieza es la pureza en los elementos. Y va más allá de las condiciones de higiene elementales que no es preciso referir. Se trata de otorgar a los elementos, en su disposición y estado, la luminosidad y pureza que requieren para valer por sí mismos y estar en el ambiente.

Estos cuatro aspectos se refieren, entonces, mucho más al respeto que nos merecemos a nosotros mismos que sólo a las condiciones de cuidado de los demás como suele suponerse.

Formando un entorno elegante

No sobra repetirlo una vez más: la elegancia no tiene relación necesaria con cosas caras ni mucho menos con modas inaccesibles para el común de los mortales. La elegancia es el buen gusto, y eso puede lograrse aún con elementos sencillos, pero nobles.

Mantengamos esta referencia como primera cuestión antes de imprimir la nota de sobria elegancia a nuestro lugar de trabajo.

Como segundo aspecto, recordaremos que un espacio de trabajo no es una sala de exposiciones ni un vivero. Sin duda, es atractivo el repertorio de muñequitos comprados en mercados folclóricos del extranjero, las muchas e interesantes fotografías que fue acumulando con los años e incluso, sumamente imponente la colección de diplomas y papeles varios a tono, pero aún con todo eso a favor, no es la oficina un lugar adecuado para exhibiciones. Lo mismo vale para la profusión selvática o coleccionismos diversos.

El abigarramiento confunde y aturde a las visitas, impide pensar con claridad y pureza de visión. Por demás, no es rara la oportunidad en que tales manifestaciones son percibidas como una insolente y ofensiva e intimidante ostentación.

Esta norma vale sobretodo a la hora de calcular la cantidad, calidad, proporción y disposición de objetos con que nos rodearemos. Permita movimientos libres, sin obstáculos físicos o visuales.

Sobre la calidad y cualidad de los objetos, evite esos muñequitos con rasgos infantiles o con mensajes cursis. Tanto las demostraciones de afecto de novios y novias como las de las esposas o esposos debemos respetarlas como lo que son: manifestaciones íntimas de afecto personal. Nunca resulta ser de buen gusto hacer pública la vida privada. Eso vale para todo. Incluso para las más tiernas muestras del afecto infantil. El respeto le pedirá que lo reserve para los espacios privados, donde primariamente comparte con sus seres queridos. Si acaso desea tenerles a la vista, escoja una bella fotografía y colóquela en un marco sobrio y elegante. Las palabras sobrarán.

Lo antes dicho no significa que no tengamos por lícito que imprimamos nuestro carácter personal al lugar de trabajo. Por el contrario, el buen gusto nos aconsejará trazar algunas notas personales en el espacio donde desarrollamos una parte tan importante de nuestras vidas.

Hay signos personales que no chocan con la elegancia. Tiene a su elección una infinitud de toques que marcarán el entorno con su personalidad. Un adorno discreto, un cuadro o afiche sobrio e incluso una planta pueden ser excelentes opciones, entre muchas, que le representarán en el lugar de trabajo.

Recuerde que aquello que nos expresa como toque personal, habla de nosotros y a un mismo tiempo será nuestra compañía por horas. Piense bien antes de escogerlo y, si le es posible, asesórese por profesionales.

Por experiencia personal, puedo recomendar una opción raramente utilizada y que aporta grandes recompensas: las tiendas de museos. Usualmente son parte ignorada de las rutas de compras de accesorios, pero aún por módicas suma accedemos a objetos de gran calidad y belleza, acomodados al gusto y cultura de cada cual.

Los complementos son importantes

Dicho lo esencial del ambiente, concluiremos recordando que el centro de trabajo no debe convertirse ni en tocador femenino ni en depósito de adminículos deportivos masculinos.

En el lugar de trabajo debemos cuidar de nuestro aseo personal con tanto esmero como el que aplicamos en otras circunstancias. Entre los elementos esenciales de la mujer que mantendrá en el lugar de trabajo, debemos contar con elementos de higiene bucal, cepillo para el cabello y crema de manos, pañuelos de papel, medias de color neutro, aguja e hilo, imperdibles y analgésicos. Para el ejecutivo sólo agregaremos una corbata discreta y una rasuradora descartable.

Intente mantener su escritorio lo más despejado posible, sin objetos y obstáculos que dificulten un manejo civilizado de los elementos dispuestos sobre él. Si posee cajones, procure que dentro de éstos siempre cuente con un lápiz grafito y uno de pasta, goma de borrar, pegamento y cinta adhesiva, libreta de apuntes, etc.

Comparta usted o no la fiebre antitabaquista, es un signo de mínima educación ofrecer las comodidades básicas a quien tiene el hábito de fumar. Por tanto, mantenga con usted encendedor y cenicero. Un signo de indiscutible elegancia es dar un paso más allá y guardar una caja de cigarrillos de buena calidad para ofrecer a quien se vea en la pena de no contar con ellos en ese momento. Sin embargo, mantenga los elementos de fumar lejos del alcance de la vista, tanto para no incentivar a que fumen en el espacio de trabajo como porque la mayoría de las veces son implementos estéticamente repudiables y desprolijos.

Como ideal, todo lugar de trabajo debe contar con una biblioteca, por despretendida y menuda que sea. En ella colocaremos discretamente algunos volúmenes elementales que no sólo hablan de nuestra buena educación, sino que cooperan con abrirnos la mente y resolver consultas.

Sugiero armarse de un grupo elemental de títulos, entre los que figure algún diccionario que resista un mínimo de consultas, una enciclopedia respetable, diccionarios de sinónimos y antónimos, algún manual de respuestas a consultas lingüísticas, un atlas universal actualizado, diccionarios idiomáticos y una edición de calidad de las Sagradas Escrituras, que, lejos de incomodar a los visitantes, dará a usted un sello de respetabilidad y solidez moral capaz de generar confianza, a la vez que le servirá de alimento espiritual en los tiempos libres. A este grupo elemental de libros agregue usted otros de similar nota que aumentarán su repertorio de ideas, conocimientos y columnas espirituales.

Finalmente recordaremos el centro de trabajo, que por ser ambiente en que pasamos tantas horas, debe ajustarse a sus gustos y brindarle comodidad y alabar de usted su educación, gracia y buen gusto.

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