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¿Cuánto cuesta fijar un precio? - Primera
parte
Nota de la Redacción: Con motivo del
enorme éxito que han tenido las notas de
Trabajo relativas a emprendimientos
personales y microempresas, a partir de
ahora contaremos con la cooperación
permanente del destacado columnista D.
Andrés Silva H., quien abordará los
distintos aspectos que van desde la
creación de la propia empresa hasta su
consolidación, despejando las
inquietudes frecuentes de los lectores.
Por:
Andrés Silva Haro
¿Cuánto
cuesta aquello que deseamos adquirir?
¿Cuánto vale? ¿Cuál es su precio? La
diferencia no es sólo una cuestión
semántica. Si bien se utilizan como
sinónimos, en estas líneas aprenderemos su
diferencia y la mejor forma de poner un
precio a algo, con beneficios reales para
ambas partes.
Al hablar de “costo”, implicamos el
“esfuerzo” o “sacrificio” que debemos hacer
para poseer lo que deseamos. El costo puede
ser, por tanto, muy alto o muy bajo respecto
a la importancia que le damos. En la balanza
mental de pros y contras, lo que determinará
la decisión final es el resultado de la
ecuación entre lo que me importa poseerlo
y lo que debo sacrificar para lograrlo.
“Eso lo vale”
Imagine el lector que es un gran apasionado
por el deporte y este fin de semana juega su
equipo favorito en el duelo que definirá el
título de la temporada. Los precios incluyen
cifras mucho más elevadas que las de
costumbre. Bajo otras circunstancias, usted
dudaría ante ese precio. Pero lo que le
importa asistir a ese evento vale
mucho más de lo que le cuesta el
boleto. Lo mismo ocurre en cualquier campo
de decisión donde el valor que
usted le otorga a algo determina el
punto de “justicia” o equilibrio de
precio entre lo que pagará y lo que ha
de recibir. En su ejemplo contrario, imagine
el estereotipo de una pareja donde ella ama
el arte y él el deporte, sin compartir entre
ambos sus pasiones. Para ella ese precio que
ha pagado es descabellado y para él ese
mismo precio en unos boletos a la ópera le
parecerán impagables.
Este ejemplo sirve para comprender el
fenómeno psicológico y valórico que se
produce ante cualquier decisión de
sacrificios contra adquisiciones, incluso en
aquellas situaciones donde el dinero no
tiene participación, como las decisiones
emocionales, afectivas, éticas o religiosas.
Pasar la noche sin dormir cuidando a un hijo
es un sacrificio que se da con gusto, así
como esperar semi-congelados el arribo de
quien amamos que regresa de un largo viaje.
En definitiva, pagamos con gusto el
precio de lo que valoramos como justo.
En sentido contrario, si sentimos que
cuesta demasiado respecto a lo que lo
valoramos, no pagaremos el precio y la
transacción no quedará cerrada.
Fijar un valor, fijar un precio
Lo anterior explica el fracaso de muchos
intentos comerciales o caritativos en la
fijación del precio de su oferta.
Tradicionalmente han sido los departamentos
de finanzas o el mismo empresario quienes
han fijado los precios, considerando
variables ajenas a un estudio acabado del
mercado en el que planean operar.
Consecuencia de lo anterior, el precio
suele ser un criterio financiero fijado
al considerar factores de costos de
producción o precios de la competencia,
por ejemplo, o mucho más frecuente, como en
el caso de emprendimientos llamados Pymes
(*), por la necesidad de ingresos
del empresario.
El complejo proceso para fijar un precio
Para fijar un precio es necesario equilibrar
una compleja y delicada ecuación. En ella
cuentan las respuestas a 4 factores
fundamentales:
-
¿Qué ofrecemos?
-
¿Quién compra?
-
¿Donde ofrecemos?
-
¿Cuánto me cuesta?
Nuestra oferta
El orden de cuestiones no es azaroso. No por
capricho hemos ubicado el problema de costos
al final del proceso a diferencia del
método tradicional de fijación de costos.
Nos dirigimos a personas y proponemos un
método pensado en su psicología y
comprensión, por lo que el interesado tomará
cuenta por si mismo de que en el proceso
variará el concepto original y su estructura
de costos, tal como teóricamente la había
enunciado.
Vayamos paso por paso. En primer lugar,
definiremos exactamente nuestra oferta.
Y decimos oferta y no producto o servicio
porque lo que sacamos al mercado es algo
mucho más complejo que el objeto físico o el
trabajo que realizamos por el cliente.
Lo que ofreceremos (productos o servicios)
se compone tanto de factores objetivos como
subjetivos. Una manzana es objetivamente
sólo eso, sin embargo, pude ser analizada
por su forma, color, sabor, cualidades
particulares (orgánica, transgénica,
importada, etc.). Todo eso lo apuntaremos en
un papel, haciendo el esfuerzo de pensar con
objetividad. Pautaremos todo cuanto existe
en nuestra oferta de especial, de único, de
trabajado, de aportes personales y
diferenciadores, así como todo cuanto puede
asemejarse a la oferta de las distintas
competencias y sustitutos que enfrenten
nuestra oferta. No importa cuánto nos
signifique a nosotros mismos el entusiasmo
por nuestra oferta: el cliente la comparará
desde su posición (conocimientos, valores,
necesidades, etc.). Y eso es lo que cuenta.
Pensar en el otro
Visto lo más objetivamente nuestro
ofrecimiento, pensaremos en quienes
recibirán nuestra oferta. Aquí conviene
listar con la mayor creatividad posible a
todos los eventuales interesados en nuestro
producto objetivo.
Este ejercicio es particularmente
interesante en sus resultados considerando
que normalmente se piensa en el producto
desde nuestra oferta subjetiva, esto
es, desde lo que nosotros imaginamos,
proyectamos y sentimos de nuestra
oferta.
La razón es sencilla: desde nuestra
subjetividad aumentamos imaginariamente el
potencial de nuestra oferta reduciendo así
el campo de clientes al que apuntaremos.
Para pensar en los potenciales clientes o
usuarios, debemos preguntarnos, primero, en
los potenciales interesados en el producto
en si mismo, libre de nuestras precisiones
subjetivas. Eso nos abrirá la mente y
descubriremos muchas otras zonas del mercado
al que podríamos acceder y que desde el
planteamiento original no lo pensamos.
Como segundo paso, apuntaremos las
cualidades que en lo personal atribuimos a
nuestra oferta. Para cada una de esas
cualidades anotaremos los potenciales
interesados. Y si completaremos de diseñar
el “mapa de interés”.
Luego trazaremos una malla que nos permita
ordenar atributos y valoraciones. Sobre la
cruza de resultados determinaremos tanto el
grado de valor que suponemos se le dará a la
oferta y, por consecuencia, la probabilidad
de cierre de compra que obtendremos. Por
otra parte nos permitirá enfocar
adecuadamente la política de comunicación,
resaltando a cada grupo los atractivos con
mayor fuerza sectorial.
Lo anterior permite, como tercer resultado,
ajustar los requerimientos de investigación
de mercado que nos permitirán confirmar
nuestras intuiciones y reforzar el
planteamiento del producto.
Finalmente, el resultado final del ejercicio
ajustara la presentación material y
simbólica de nuestra oferta, haciéndola
atractiva y cercana al consumidos y los
canales que cooperen con la llegada a
nuestros públicos.
En la próxima nota desarrollaremos los otros
aspectos que determinan un precio y veremos
ejemplos aplicando la teoría que compartimos
con ustedes.
----------
(*)
Pyme:
Acrónimo de Pequeña y Mediana
Empresa
¿Tiene dudas , consultas o comentarios
respecto a los temas abordados en esta
nota?
Comuníquese con nosotros a este correo:
emprendedores@buenvivir.org
indicando, si es posible, la nota a la
que hace referencia. La correspondencia
destacada será publicada en un futuro
“Taller de Emprendedores” que
crearemos
en esta sección si el interés del
público así lo impulsa.
(*)
Andrés Silva Haro,
Semiólogo e investigador especializado en
Psicología Social es mejor conocido por
nuestros lectores desde la sección de
Pensamiento que dirigía en esta publicación.
A través de la programación de notas
relacionadas a Trabajo y Empresa,
compartirá las conclusiones y experiencias
de su extensa labor aplicada a la generación
de empleo tanto a través de emprendimientos
personales como del surgimiento de
organismos sin fines de lucro
auto-sustentables.
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