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¿Pagaría el precio del éxito?

Los premios de azar, la farándula, las recompensas a la industria de la diversión y tantas otras carteleras luminosas en la gran vía de la vida moderna refuerzan el sueño de éxito fácil y rápido. La misma publicidad de institutos educativos pareciera comprometer la relación de un título con el éxito.

El lector puede mentalmente pasar una sucesión de imágenes del éxito y hasta, con algo de maña, vérselas para seleccionar entre todas el tipo de éxito que tanto le gustaría poseer.

La pregunta central, entonces, es la siguiente: ¿por qué, si el éxito es tan deseado, la gente no llega hasta él? Los tratados de principios del siglo XX acusarían a la falta de voluntad y de esfuerzo. Los libros de autoayuda de fines del mismo siglo susurrarían que se trata de la autoimagen, autopromoción y autoamor. Los trabajos más recientes acusarían a la “maquinaria perversa del sistema neoliberal” o al mito opresor de turno.

Y, sin embargo, contra todo eso, hay personas que triunfan de verdad. No como luces fugaces que al par de años son solemnes ignorados. Hablamos de triunfo constante, de consagración de vida, de legado de un nombre.

La ilusión del éxito gratuito

El éxito así, de verdad, no es gratuito. Tampoco es fácil ni rápido. Ni pareciera ser una promesa para todos los hombres. Y éste es el secreto del porqué no todos lo alcanzan. Ni llegan a divisarlo.

La conquista del éxito no tiene “rebajas”, “liquidaciones” ni “saldos”. El éxito cuesta, en las palabras del gran estadista inglés Sir Winston Churchill para el éxito en la guerra, “sangre, sudor y lágrimas”.

Las tres razones de su logro

La gente suele comentar que el éxito lo alcanzan las personas por tres grandes razones.

La primera, por sus dones naturales. Se nace, afirman ellos, con las cualidades necesarias para triunfar. El éxito es un “regalo de los dioses”, contra cuyo decreto preescrito no podemos luchar. Los que nacimos sin los dones estamos fatalmente condenados a nunca alcanzarlo. Los que nacieron con la buena estrella, no importa qué hagan, lo alcanzarán. Como mucho, los mortales podemos mendigar una chispa del favor del Olimpo para conseguir, acaso, un triunfo puntual.

La segunda razón dice que el éxito llega por oportunidades: “estar en el lugar adecuado en el momento adecuado”. El azote del capricho de los dioses puede tocar a cualquier mortal. Nosotros no podemos más que seguir nuestras vidas ordinarias esperando que la suerte nos toque el hombro.

Ambas razones repugnan a la conciencia cristiana. Son fruto del materialismo, fatalismo y paganismo más abyectos. Dios no es un monstruo caprichoso que juega con los mortales para evitar el aburrimiento.

Ocurre, sin duda, que estos factores influyen en el éxito. Pero no lo determinan de manera tal que excluyan al resto. Hay determinadas cualidades humanas que predisponen a alcanzar el éxito. Hay ciertas condiciones que lo favorecen. Sin embargo, la historia de la humanidad la pueblan casos de personas que lucharon contra sus destinos, enfrentaron el ambiente y superándolo todo triunfaron y gozaron de la consagración del éxito.

La tercera razón, intuida en la antigüedad y explicitada en el seno del cristianismo, es la voluntad de ser útiles a los demás. No existe éxito egoísta. Hay una relación directa entre la cantidad de personas involucradas en una mejoría a consecuencia de ese éxito y la probabilidad de alcanzarlo.

En palabras del Señor: “quien quiera ser el primero, que sea el último y servidor de todos”.

El primer gran costo

Los costos del éxito podemos mirarlos como esfuerzos que, una vez conquistados, nos cimentan en el triunfo, o bien, como grandes cribas que van seleccionando a los atletas hasta otorgarles la corona de la victoria a los pocos que las superaron.

Cuantos aspiran al éxito anhelan verse rodeados de personas que les admiran, acaso dirigentes de una rama del comercio, las artes o las acciones sociales. Llegar al puesto más elevado de la esfera en que nos deseamos desempeñar es el sueño seductor. Sin embargo, pocas personas están dispuestas a sacrificarse por lograrlo.

Hollywood y la mitología tejida en torno al éxito nuevo ofrecen la idea del “descubrimiento”. De la noche a la mañana, somos “descubiertos” y catapultados a la fama. Pero “fama” y “éxito” no son lo mismo.

Para lograr el éxito, que es el triunfo permanente, la consagración del liderazgo en un campo de la acción humana, es preciso sacrificarse. Y el primer paso del éxito es, precisamente, el bulto que la enorme mayoría rehuye.

El primer gran abismo que separa a los exitosos de los que se limitan a aspirarlo es la preparación. Las personas de éxito se preparan y se ponen así en condiciones de merecer el triunfo, consagrando un gran esfuerzo para conseguir su sueño.

Para todos es evidente que quien triunfó posee cualidades directivas, pero lo que no aprecian es que esas aptitudes implican necesariamente la capacidad de organizar, de proyectar, de soñar, de tolerar la frustración del fracaso, de prever y de perseverar. Todo esto exige una larga preparación.

Tal preparación es una escuela, donde cada circunstancia es una oportunidad de ensayo. Un ensayo que no termina una vez “alcanzado el éxito”, sino mas bien un ensayo constante, permanente, porque exige perfeccionarse cada vez más para asegurar el éxito permanente.

Teodoro Roosevelt, por ejemplo, antes de cada discurso, preparaba al menos ocho borradores. Progresivamente iba depurando desde el primero, más tosco, hasta el último, más depurado y rotundo. Sólo entonces traspasaba el noveno o décimo discurso, ya más cercano a la perfección que esperaba. Y como él todos los grandes líderes en cada campo de la acción humana. Incluso la espontaneidad genial de ellos requirió años de estudio y perfeccionamiento.

El segundo costo del éxito

Una diferencia esencial entre quienes alcanzan el éxito y quienes jamás se acercan a él es el sentido de cooperación. Un axioma que aprenden los que se coronaron de éxito es que alcanzarlo depende en gran medida de la cooperación de los demás. Es imposible triunfar sin el “sentimiento del otro”, sin recordar que “el otro” existe. Es una mutua cooperación.

Las personas exitosas comprendieron en algún momento que por sí mismas pueden muy poco, y que, a cambio, con la ayuda de los demás, no hay límites al progreso. Para eso, los líderes aprenden a conocer las inquietudes y necesidades de los demás, a servirles en todo cuanto les es posible por sí mismos o involucrando a otros en ese auxilio. Aprenden a escuchar con atención, a observar las cualidades del prójimo y a interrelacionar esos potenciales, cubriendo las falencias con las cualidades positivas de cada uno. Pero esto implica un alto costo: pensar en  los demás y favorecerles apartando el egoísmo e individualismo natural en muchos egoístas que sólo desean triunfar a cualquier costo.

Pero, avanzando nuestra observación, notaremos una cualidad admirable en el líder que implica un costo alto, difícil de superar por la mayoría: quien triunfa y alcanza el éxito real no se ha contentado sólo con descubrir los dones en las personas, sino que siente una obligación personal el salir en su ayuda para desarrollar esas cualidades.

Dicho en otras palabras, este costo se convierte en una consigna vital: quien triunfa, y puede dirigir, siente una enorme satisfacción en los esfuerzos y triunfos de los demás.

En contraste con la falacia del éxito moderno, el verdadero éxito no “compra” lealtades al estilo de los grandes magnates que escalan en poco tiempo la cima de las especulaciones financieras. El éxito de verdad aprende desde la humildad, entendiendo que las lealtades se ganan y se merecen por la calidad humana que él encarna y el ideal que él mismo debe encarnar, puliéndose él mismo de cualquier defecto que la desmerezca. De otro modo, es incapaz de merecer la lealtad, cooperación y el éxito que espera.

El tercer costo para el éxito

Como el sacrificio de sí mismo y de las pasiones personales que implica la nobleza, el líder debe superarse a si mismo, elevando su visión por encima de lo inmediato, consagrando todo a ese fin.

Un antiguo profesor de la Universidad de Harvard, el influyente Henry Cabot, lo expresó con luces geniales: “se pierde el puesto de dirigente cuando se deja de dirigir”. En términos romanos, se pierde la corona cuando la corona de laureles de triunfo pasa de la cabeza a la almohada. Los líderes jamás se duermen en sus laureles, sino que hacen de éstos un acicate.

El tercer coste es no ceder a las tres “íes” del triunfo: la indiferencia, la ignorancia y la indecisión. No basta con alcanzar la fama, porque el éxito no es fama sino triunfo. La comodidad es enemiga del éxito y su costo es combatir la tentación de la pereza, que viene por los exitosos para esclavizarlos con engaños y autocomplacencias.

Quien triunfó va a dormir, cada noche, con la certeza de que el día que amanecerá será de una lucha más ardua, que le exigirá nuevos talentos, más preparación y perfección de las cualidades.

El cuarto costo del éxito

Quien alcanzó el éxito sabrá del cuarto costo que muchos menos estarán dispuestos a satisfacer para alcanzar la corona que creen tan fácil y advenediza. Y es un costo muy políticamente incorrecto: desvelos, sobrehoras, trabajo sin descanso. No se conquista el éxito sin un trabajo tan arduo que no hay descansos posibles.

A contramano de las luchas por reducir las horas de trabajo, el líder trabaja tanto cuanto es necesario para garantizar el triunfo y sostenerlo, conciente de que trabaja en beneficio propio y de los demás.

Nadie triunfó liberándose de responsabilidades o reduciendo su jornada de trabajo ni menos restringiendo el mundo por el que trabaja.

Hoy en día se incita a los hombres a liberarse de responsabilidades, a cargar al resto, a la sociedad, sistema o destino, las cargas morales y de esfuerzos por el bien común y personal. Se convence a las personas de que no está en ellas construir un mundo mejor. Se les invita a asegurarse el pan propio o, como mucho, el de sus seres inmediatos, como si éste egoísmo fuera una causa legítima – acaso la única – para luchar. “Seguridad económica” se ofrece a cambio de renunciar al éxito personal y, por consecuencia, común.

Quien no desee alcanzar el éxito, que procure un empleo con el mínimo de responsabilidades, sin desafíos y lo mas cómodo posible. Que reclame y exija que le liberen de obligaciones y le rodeen de deberes para con él. Que sueñe con hacerse rico y famoso por un golpe de suerte, mascullando porque el destino no le favoreció.

Pero quien desee triunfar de verdad, que se prepare a pagar los costos del éxito, consagrándose de cuerpo y alma a esta tarea, gastando todas las energías que posee en esta labor. Que se prepare a desvelos, perseverancia, solidaridad, inconformismo, incomodidades y servir a los demás.

Lo más valioso de la vida es que vale todo lo que luchamos por ella.

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